
-Cuéntanos más, Chefo.
Por una vez en la vida, Thermo estaba callada e instaba a hablar a otro, vaya milagro.
Thermo esperó la continuación con avidez, moviendo sus cuchillas en velocidad uno.
-Es un sitio horrible, no tengo más que decir –continuó Chefo lúgubremente –Hace frío, hay bichos raros, la electricidad va fatal… ¿Para qué quieres saberlo si lo vas a comprobar por ti misma dentro de un par de horas?
El ama asomó la cabeza y fijó su vista en las tres máquinas, ahora juntas encima de la mesa.
-En quince minutos nos vamos –anunció con su acostumbrado tono autoritario.
Un año después del “affaire thermomix” y de haber ganado el concurso de cocina con máquinas, el ama estaba de todo menos relajada. A consecuencia del mismo, una editorial la había contratado para publicar un libro con las recetas ganadoras y unas cuantas más de acompañamiento. Henchida de vanidad, el ama había aceptado el encargo pensando que le iba a dar tiempo de sobra para cumplirlo, pero hete aquí que quedaba menos de un mes para entregar las recetas y aún le faltaban unas cuantas por experimentar. Entre el trabajo y el cuidado de su familia se veía pillada de tiempo, y su estrés y mal humor crecían día a día. Así que decidió pedir un mes sin sueldo y retirarse a acabar las recetas con sus tres máquinas a una casita que tenía perdida en la montaña. Cuando les comunicó su decisión, Chefo, que iba a aquella casa todos los veranos, puso el grito en el cielo.
-Ama, no, por favor… es un sitio horrible y aburridísimo.
El ama frunció el ceño.
-Vale… tú realmente no tienes por qué ir, casi no te voy a necesitar. Puedes esperar mientras en casa de mi madre.
La sola mención de la madre del ama hizo que Chefo se callara inmediatamente. Pensó que, por lo menos, estaría con sus amigas, así que decidió no insistir más y dejar de quejarse.
El gato de la casa, un animal grande y negro de ojos verdes, se subió limpiamente a la mesa y frotó su peluda cabeza contra la chefo, ronroneando con fruición. Ésta giró su pala de amasar con disgusto.
-Y para colmo, éste también viene… el ama dice que será útil para los ratones –rezongó.
-¿Ratones? –G despertó de su sueño eterno con un respingo -¿Hay ratones allí? ¡Odio los ratones, Chefo! ¡Ya lo sabes! ¡Los odio desde el día que…!
La GM se calló de repente, recordando el pacto de silencio que había entre las dos sobre aquel asunto.
Por lo menos no tendremos que ver a esta presumida –Continuó la chefo mirando hacia la nueva adquisición con disgusto.
La bonita cafetera Nespresso, que se había unido a la familia en enero, se echó a reír. Tenía muy buen humor y aceptaba con alegría las bromas y pullas de sus compañeras. La llamaban Ness. Bueno, menos la chefo, que la llamaba el monstruo del lago Ness.
-Os echaré de menos, chicas –dijo –Creo que George va a venir a verme mientras estéis fuera.
Thermo se echó a reír ante la broma, pero las otras dos simplemente la ignoraron. Todavía no habían aprendido bien del todo la lección del año anterior, y los celos se apoderaban de ellas con facilidad, sobre todo de Chefo. El pecado original y capital de G seguía siendo la pereza, así que mientras la dejaran dormir, todo iba bien.
-Vámonos –dijo el ama cogiendo al gato por el cogote y metiéndolo en su transportín. Thermo, por favor, a la bolsa.
Las otras dos contemplaron con envidia cómo una sumisa Thermo se dejaba introducir en su bolsa acolchada de diseño exclusivo, con su nombre y todo. La chefo y la GM irían a pelo en el coche, en el maletero.
-Por lo menos no tendremos que oírla cantar durante todo el viaje –dijo G a su amiga a modo de consuelo. Y nosotras podremos ir cotorreando a nuestras anchas.
Pero el ama llevaba tal cantidad de cosas para para pasar aquellos quince días que no había sitio para ellas en el maletero, así que tuvieron que acomodarse las tres en el asiento de atrás junto al gato, que de inmediato empezó a ronronear cuando la chefo se puso a su lado.
Thermo comenzó a quejarse desde su encierro, se aburría y quería estar con las demás. Tan pesada se puso que hubo que abrirle la cremallera.
-Pero si cantas te abandonaré en una cuneta, lo juro –amenazó el ama.
-¿Y hay otras máquinas allí con las que jugar, Chefo? –preguntó la Thermo ilusionada.
-Psss, las que fueron desterradas cuando tú llegaste, así que no creo que te reciban muy bien: la picadora, la batidora… y además la cafetera, la que había antes de que llegara Ness.
-Hay muchas máquinas de jardín –intervino el ama mientras se incorporaba en la autopista.
-Es cierto –corroboró Chefo –Un cortacésped odioso que hace mucho ruido, hace más ruido que tú, Thermo… y una desbrozadora también y… -Chefo se estremeció –Una motosierra horrible, grande, con muchas cuchillas, me da mucho miedo. Se llama Texas. Pero nunca entran en casa, ninguna de ellas –añadió con alivio.
-De todos modos no vamos a jugar, Thermo –dijo el ama –Os recuerdo que vamos a trabajar de firme. Hay que hacerlo si queremos ver ese libro publicado.
La GM gimió con disgusto ante esta declaración y se encogió todo lo que pudo en el asiento.
El viaje duraba una hora y media y las máquinas miraron el paisaje con curiosidad. Pasaban por pueblos y más pueblos, lugares que se les antojaron muy aburridos, con poca gente en las calles.
-¡Menudo despoblamiento! –murmuró Thermo asombrada.
-Pues espera a que lleguemos –protestó Chefo –No tenemos ninguna casa alrededor ¿Verdad, ama? Sólo unos vecinos a unos doscientos metros que tienen un perro odioso.
-En eso reside el encanto de la casa, Chefo –contestó el ama –Es un lugar para descansar, aislado del mundanal ruido.
El ama no lo confesaba, pero pasaba un miedo cerval durmiendo sola en aquella casa, no lo podía remediar. Y tres máquinas y un gato no la iban a hacer sentirse más protegida.
-¿Y no echarás de menos a tus trogloditas, ama?
El marido y el hijo del ama se habían quedado en la ciudad, obligados por sus quehaceres. Las máquinas suspiraron aliviadas al enterarse, el niño era muy travieso y siempre les estaba haciendo perrerías diversas.
-No. Voy centrada en trabajar –Contestó el ama tajantemente.
De repente, la chefo exclamó asombrada:
-Mira, ama… el polígono industrial. Qué avanzado está, han construido mucho desde la última vez que vine por aquí.
-Pues sí, empezará a funcionar en breve –contestó el ama mirando a su vez las grandes naves industriales que estaban a ambos lados de la carretera. Eso quiere decir que estamos llegando, chicas.
Las máquinas se aplastaron contra las ventanillas para ver mejor. Enfilaron la carretera secundaria hacia la casa, el ama se detuvo delante de un portón y se bajó a abrirlo. En ese momento el gato, que venía mareado, vomitó encima de Chefo, que se puso furiosa.
Una vez arreglado el estropicio, las máquinas miraron hacia lo que iba a ser su hogar durante los próximos quince días. Una finca enorme y agreste se extendía ante su vista, sólo interrumpida por la casita, situada en mitad del terreno. Se dirigieron a la puerta de entrada; unos metros más allá, había una pequeña piscina.
-No está mal, ama –dijo la thermo –Ahora, supongo que no tendrá muchas comodidades ¿eh?
-Para lo que tú estás acostumbrada, no –contestó el ama –Vamos dentro, hace frío y tengo que encender el fuego.
La diminuta casa tenía una planta baja con salón-comedor-cocina, un dormitorio pequeño y un cuarto de baño. Arriba estaba el dormitorio de los amos.
El ama liberó al gato, colocó las máquinas encima de la mesa del comedor y se dispuso a encender la estufa de leña. Afortunadamente, había una buena provisión de troncos.
-Qué frío hace, ama –protestó G –y eso que sólo estamos a mediados de octubre. Esto en diciembre tiene que ser horroroso.
-Venga, menos quejarse y vamos a instalarnos –contestó el ama.
***
La primera semana transcurrió sin novedad. Las cuatro se pasaban el día cocinando hasta caer rendidas. Las máquinas no paraban de protestar: hacía frío, la luz funcionaba mal, el gato era un pesado… fue una prueba de paciencia para el ama, que se liberaba una hora todos los días cuando iba a hacer la compra al pueblo más cercano con el coche.
Hacía mucho frío para esa época del año, cosa que desagradaba a las máquinas. Se quejaban de la mucha humedad que había en aquel sitio, y el ama no hacía más que alimentar la chimenea de la mañana a la noche, con la cabeza como un bombo por las incesantes quejas de aquellas tres… afortunadamente, las recetas iban viento en popa y el libro podría salir en la fecha prevista.
El ama se relajaba por las noches viendo la tele con un gin-tonic en una mano y un cigarrillo en la otra. El gato se sentaba en su regazo. Era el único momento de paz del día, hasta que…
-Ama –intervino Thermo con voz plañidera –nosotras también queremos ver la tele.
El ama torció el morro disimulando su disgusto. ¡Era lo que le faltaba! Ni siquiera de noche la iban a dejar en paz. Ya estaba abriendo la boca para contestar cuando…
-Eso, eso –apoyó Chefo –o si no, nos pondremos en huelga.
-O lo haremos todo mal –intervino G despertando de su enésima siesta.
-O cantaré todo mi repertorio –afirmó Thermo.
Así que la pobre mujer no tuvo más remedio que acomodar a las tres máquinas en un sofá, mientras ella se sentaba en el otro con el gato, que la abandonó para arrimarse a Chefo en cuanto pudo.
-Quítame esta bola de pelos, ama, por Dios –protestó la chefito.
Una vez satisfecha la petición, el ama se acomodó en el sofá, pero poco le duró la tranquilidad.
-Ama, ese programa es un rollo… yo quiero ver “El coche fantástico” –dijo la chefo.
-No, ama, mejor pon alguna serie donde salgan máquinas buenorras –contestó la thermo.
-¿Es que acaso el coche fantástico no es una máquina buenorra, pedazo de tonta? –la chefo se ofendió muchísimo.
-¿A quién estás llamando tonta, baratillo? –la thermo empezó a girar las cuchillas.
El ama hizo lo único que podía hacer: apagó la televisión y se fue a la cama. A veces odiaba a aquellas pequeñas estúpidas, no lo podía remediar. Se quedó dormida enseguida, estaba agotada. El gato se enroscó a sus pies y aún se durmió antes que ella.
Un chillido penetrante, espeluznante, mortificante, la despertó de su plácido sueño a eso de las cuatro de la mañana. Ama y gato pegaron sendos respingos con el corazón a cien. El ama buscó a tientas la luz y bajó las escaleras de dos en dos, casi se abrió la cabeza en el tramo final.
-¿Qué pasa, por Dios, qué pasaaaa? –chilló el ama encendiendo la luz de la planta baja y preparada para encontrarse cualquier cosa.
Todo estaba tranquilo salvo G, que chillaba y giraba la válvula completamente histérica, mientras Thermo y Chefo intentaban tranquilizarla.
-Noooooooo, quitad a ese bicho de ahíiiiiii –seguía berreando la GM.
-Ha visto un ratón, ama –explicó la chefo.
El susodicho estaba ahora entre las garras del gato, que se había abalanzado sobre él en cuanto lo había visto. El ama rescató al ratón cogiéndolo por el rabo, lo que hizo que el bicho empezara a chillar con más fuerza que la olla si cabe, abrió la puerta de la casa y lo soltó, dejando al felino con dos palmos de narices.
-Problema arreglado ¿Puedo seguir durmiendo?
Los chillidos de la GM se habían convertido en hipos y sollozos. Viendo que la cosa iba para largo, el ama abrió un mueble, cogió una botella de coñac y vertió un chorro más que generoso en la cubeta de la olla.
-A ver si esto te calma –le dijo.
Las otras dos miraron a la olla con envidia.
-Ama, a nosotras no nos vendría mal un traguito de eso ¿eh? Que aún tenemos el susto en el cuerpo, caray.
El ama sirvió coñac a todas y también a sí misma. Se sentó y encendió un cigarrillo. Se había desvelado.
-Perdón, ama –dijo la GM cuando consiguió tranquilizarse –No soporto los ratones, no lo puedo remediar.
-¿Pero cuándo habías visto tú antes un ratón, alma cándida? –el ama sonrió –Si eres carne de asfalto, mujer.
Viendo que la olla no contestaba, la chefo decidió hacerlo por ella, ya era hora de que se enfrentasen al trauma.
-Ama, la noche aquélla del año pasado, cuando te contamos que un montón de thermomix nos habían asaltado y nos habían metido –se estremeció –alimañas dentro. A G le metieron ratones. No nos creíste, dijiste que lo habíamos soñado. Desde entonces G y yo tenemos pesadillas con frecuencia.
-Sí, es cierto –corroboró Thermo –muchas veces se despiertan sobresaltadas.
El ama suspiró y se sirvió más coñac. Viendo cómo la miraban, sirvió también a las máquinas.
-Todo es culpa mía –manifestó con pesar.
-¿Cómo puede ser eso, ama? –inquirió Chefo con curiosidad.
El ama miró a todos lados avergonzada. Evitaba mirar a las máquinas.
-Fue un escarmiento… no lo soñásteis. Contraté un servicio especial para daros un susto. Parece que funcionó.
-¡Oh, ama! –gimió G -¿Cómo pudiste hacerlo? ¿Tú sabes el miedo que pasamos esa noche? A Chefo hasta le metieron culebras y todo.
-¡Me rompisteis una thermomix, G! –gritó el ama enfadadísima –Una máquina carísima y maravillosa, todo por vuestros estúpidos celos… la dejásteis inservible. ¡Estaba furiosa! ¡Y no os quejéis, que podíais haber acabado en el desguace!
Thermo, que asistía atónita y muda al coloquio, intervino.
-Pero… ¿Cómo se te ocurrió? No creo que esos servicios vengan en las Páginas Amarillas, precisamente.
-No… -el ama se sirvió otro coñac, empezaba a tener los ojos vidriosos –fue idea del Inspector Tilla. Él conoce una empresa que se dedica a esas cosas, todo puro teatro, por supuesto. Atrezzo y montaje.
-Oh, qué simpático el Inspector Tilla –escupió la chefo con desprecio –Ama, sírvenos más y acaba la botella, total para lo que queda…
-¿Os cargásteis una thermomix? –inquirió Thermo -¿Y yo llevo un año viviendo con vosotras, asesinas? ¡Podríais haber hecho lo mismo conmigo, malvadas!
-No, no, no, no… de ninguna manera, Thermo –dijo G apresuradamente –Tú eres estupenda, pero la otra… era mala ¿sabes? y… orgullosa.
-Es cierto, Thermo –la chefo acudió en ayuda de su amiga –Era perversa, siempre estaba diciéndonos cosas horribles, que nos iba a matar con las cuchillas en cuanto nos quedáramos dormidas, que éramos basura, que iba a descuartizar al gato…
El minino se acomodó al lado de su adorada chefo en cuanto se sintió aludido, frotando la cabeza contra sus paredes. Como la chefito estaba un poco borracha ya, se lo permitió.
-Tú eres muy buena, Thermo… muy buena, te queremos muchísimo, de verdad –dijo la GM arrastrando las palabras. Estaba claro que había llegado al punto de borrachera llamado “exaltación de la amistad”.
-Siento haberlo hecho –continuó el ama –Pero la otra opción era deshacerme de vosotras y no quería... Y no estaba dispuesta a que pasara lo mismo con la siguiente thermomix, de ninguna manera. Pasásteis miedo, sí, pero creo que aprendisteis la lección.
-No sé si podré perdonártelo, ama… fue un trauma muy grande –dijo la chefo muy seria.
-Si empezamos así, yo no te perdono que me rompieras la thermomix, mira tú –dijo el ama tajante, aunque con una voz espesísima.
-Haya paz –Terció la Thermo –O me pongo a cantar el chiki-chiki.
Hubo una gran algarabía ante estas palabras.
-¡Eso! –gritaron ama, chefo y G a la vez, a cual más beoda -¡El chiki-chiki! Venga, cántala.
Pasaron la siguiente hora cantando y bebiendo, hasta que el ama palideció y dijo:
-Y ahora, os lo advierto: hasta mañana a las doce por lo menos no quiero saber nada de vosotras.
Y, al borde del coma etílico, se derrumbó en el sofá y se quedó dormida en el acto.
***
La mañana siguiente fue espantosa para las cuatro, tenían una resaca monumental. La GM y la thermo lo tenían fácil, se desintoxicaron con agua hirviendo, una con el varoma y la otra con la válvula de presión, pero la chefito cocinaba lento y no tenía esa suerte. En cuanto al ama, a la hora de haberse levantado ya llevaba encima varias aspirinas y litro y medio de agua.
-Día de talleres –proclamó el ama –Hoy no se trabaja, no sé ni dónde tenéis los botones.
-Bieeeen –respaldaron las legañosas máquinas en tono bajo. Les dolían los circuitos.
Todo fue silencio en la casa hasta las cinco de la tarde. Dormitaban mientras por la ventana se filtraba la luz del débil sol de finales de octubre. Ese día hacía muchísimo frío y la pobre estufa estaba trabajando a destajo.
La paz fue perturbada por la horrísona melodía china del timbre de la puerta.
-Nooooooo –gritó la chefo. ¿Quién puede venir a dar la vara a este rincón solitario del mundo, por Dios?
El ama se asomó a la ventana.
-Es Lucía. Con Rex.
-¿Quién es Lucía, quién es Rex? –preguntó la GM saliendo de su estado de coma.
-La pelma de la vecina y su espantoso perro –gruñó Chefo.
-Chefo… -advirtió el ama –no seas grosera. Lucía es muy simpática y muy amable, así que haz el favor de comportarte.
-Sí, ama –repuso la chefo con humildad.
A pesar de no estar en su mejor momento, el ama recibió a su vecina encantada de la vida, llevaba diez días hablando sólo con máquinas y era agradable ver un rostro humano para variar. Acarició a Rex y le dio una galleta. El gato bufó y desapareció escaleras arriba en cuanto vislumbró al perro. No soportaba a los perros… horribles animales sucios y ladradores, pensó.
Lucía traía una bolsa de deportes muy grande y pesada. La depositó en el suelo. Tras los pertinentes saludos, se explicó.
-Resulta que mi marido ha traído este cacharro a casa y yo no sé cómo se usa, y como a ti te gustan estas cosas pues… he venido a que me eches una mano.
Hurgó en la bolsa y sacó una thermomix. Las máquinas la miraron con curiosidad.
-Vaya –dijo el ama –Es la misma que tengo yo, mírala. ¿Y no trae libro de instrucciones?
-Es que la consiguió de segunda mano o no sé qué –dijo Lucía –Le costó baratísima, dice.
-Bueno, no es muy difícil de manejar. Pongámonos manos a la obra y te explico cuatro cosas básicas.
El ama enchufó la thermo y le dio al ON. En el momento en que el display se encendió, sus propias máquinas pegaron un respingo. Intentaron contenerse, fieles al pacto que tenían con el ama de no hablar delante de terceras personas.
Durante la siguiente hora el ama enseñó a Lucía a elaborar varios platos básicos, apuntándole las recetas en una libreta. Al final, la vecina se marchó sin quedar convencida del todo sobre el uso que le iba a dar a la máquina.
-Ya sabes que lo mío es la cocina de leña y el puchero… no me veo yo con este chisme, la verdad.
-Bueno, dale un tiempo, mujer. Ya verás como te hace algún servicio.
Nada más salir Lucía y Rex por la puerta, las máquinas se revolucionaron.
-Dios mío… -murmuró chefo girando su pala.
-Chefo… Era ella ¿VERDAD? –susurró G.
-Sí que lo era ¿Pero cómo es posible? –repuso la chefo, casi hablando más para sí misma que para las demás.
Intervino el ama
-¿De qué estás hablando, Chefo?
-Ama –el tono de la chefo era dramático –la thermo de tu vecina es tu thermo, es decir, la que nosotras te estropeamos.
El ama la miró asombrada.
-¡Pero no puede ser, mujer! ¡Si le quemásteis el motor!
Ahora intervino Thermo. En cuanto empezó a hablar, las tres la miraron boquiabiertas. El tono frívolo y tontín de su voz se había esfumado, parecía otra máquina, mucho más madura.
-Eso no tiene nada que ver, se cambia el motor y listo. Pero el alma permanece.
-¿El alma? –se burló el ama -¿Es que acaso ahora las máquinas tienen alma?
-Ama, es una forma de hablar ¿Vale? Quiero decir que todas las máquinas tienen un talón de Aquiles, una zona sensible que las puede aniquilar si la tocas… y sólo una thermomix sabe cuál es el talón de Aquiles de otra thermomix.
-Ojiplática me dejas, Thermo –murmuró el ama.
La thermo continuó.
-Y sí que es ella. Las chicas tienen razón.
-¿Pero cómo puedes saberlo? Tú no la conociste, Thermo –dijo G
-Nosotras podemos comunicarnos en frecuencias inaudibles para el resto –contestó la Thermo con tono erudito –Nada más encenderse, la muy… dijo: “Os voy a matar. A las tres”.
G y Chefo se echaron a llorar.
-Me di cuenta en cuanto la encendieron… ese display MALÉVOLO… hasta creo que me pegó una pequeña descarga eléctrica –lloriqueaba Chefo.
-Lo mismo me pasó a mí, noté cómo un escalofrío me recorría todos los circuitos –corroboró la GM.
-Pero… ¿Por qué quiere matarte a ti, Thermo? –preguntó el ama –Tú no le has hecho nada.
La Thermo se echó a reír
-¿Cómo que nada? Sustituirla… ¿Te parece poco? Con lo orgullosa y rencorosa que es, para ella el motivo está justificado.
El ama se quedó pensativa.
-No veo que tengas ningún miedo.
-No tengo por qué –contestó la thermo muy segura de sí misma. Si intenta algo, estaré preparada. Ya en el almacén se comentaba que había por ahí muchas thermos recicladas que se vendían a muy bajo coste.
El ama cogió el móvil.
-En cualquier caso, voy a llamar al Inspector Tilla. Tiene que saber esto.
Pero el Inspector no estaba. El ama dejó un mensaje en su buzón de voz.
-Mejor que nos vayamos a dormir, chicas. Tenemos el cerebro un poco embotado. Mañana seguro que pensaremos con más claridad.
La chefo comenzó a aullar.
-¿Pero te crees que vamos a poder dormir con el problemón que tenemos? Yo personalmente no pienso pegar ojo, pueden venir a asesinarnos en plena noche.
-No te preocupes, Chefo –dijo la Thermo –Yo me quedaré de guardia y velaré porque no os pase nada. Os lo prometo.
Y así transcurrió la noche sin incidencias.
A la mañana siguiente, el ama recibió una llamada telefónica. al otro lado del hilo, una voz de hombre le informó de que el Inspector Tilla estaba de vacaciones, y que él era el encargado de sus casos hasta su vuelta. Prometió pasarse por su casa esa misma tarde a última hora, dada la gravedad de lo que le estaba contando.
Las máquinas respiraron aliviadas ante esta noticia. Por lo menos vendría alguien que sabía qué hacer.
El espantoso timbre chino anunció la llegada del Inspector. El ama corrió a abrirle la puerta. Se quedó boquiabierta cuando vio en el umbral a un hombre bastante desaliñado de unos treinta y cinco años.
-Buenas tardes, señora. Hablamos por teléfono esta mañana –saludó mientras entraba en la casa –Sustituyo al Inspector Tilla, que está de vacaciones. Mi nombre es Inspector Pedo.
Las máquinas se echaron a reír con una risita estúpida e infantil. La misma ama tuvo que llevarse la mano a la boca, tanto para que no se viese su sonrisa como para mitigar el mal olor que el hombre desprendía. Verdaderamente hacía honor a su nombre, pensó el ama.
-Dada la gravedad del asunto, no he querido dejar pasar ni un día para venir aquí –dijo el Inspector sentándose en el sofá. Media docena de moscas revoloteaban perpetuamente sobre su cabeza. El gato olisqueó al Inspector y salió disparado escaleras arriba.
-¿Qué diantre está sucediendo, Inspector? –preguntó el ama sirviéndole café y cogiendo un cenicero de la cocina.
-Mmmmm, verá: nos han llegado soplos de que hay una buena partida de thermomix recicladas circulando por ahí, como la suya… les cambian el motor por otro de peor calidad, las tunean un poco y las venden a bajo precio, ya sabe… después resulta que la máquina no corta bien, o no bate bien, o lo que sea. Si la máquina de su vecina procede de esa partida, sería interesante hacerla hablar un poco, a ver si da pistas. Usted sería la persona idónea para eso.
-Pero… ¿Qué puedo hacer yo? No lo veo claro –repuso el ama sorbiendo el café.
-Hombre, acérquese a la máquina con la excusa de ayudar a la vecina a cocinar algún plato e interróguela… prométale algo, una casa mejor, no sé.
-Bueno –dijo el ama –Voy a llamarla entonces. Discúlpeme, tengo que ir fuera, aquí no hay cobertura.
El ama aprovechó para respirar aire fresco mientras hablaba con Lucía. Entretanto, el Inspector Pedo vació su café en el vaso de la Thermo, que no se atrevió a moverse.
-Puaf, qué café más asqueroso –dijo el Inspector limpiándose con el revés de la manga.
Entró el ama.
-He hablado con Lucía, dice que mañana no va a estar en casa porque, como es 1 de Noviembre, tiene una ruta de cementerios por varios pueblos de la zona, tiene que visitar a sus familiares fallecidos y a los de su marido, pero que me deja la llave debajo del felpudo para que experimente yo lo que quiera con su thermo. Así que haré lo que pueda.
-Perfectamente entonces –contestó el inpector Pedo levantándose –Llámeme cuando sepa algo, por favor.
El ama prometió que así lo haría y suspiró aliviada cuando el Inspector y su séquito de moscas se alejaron en la negrura de la noche. Hacía un frío polar, casi de nieve, impropio de aquella época del año. El invierno no tardaría en llegar. La noche del 31 de octubre se presentaba inquietante.
-Qué hombre más desagradable –dijo G.
-Y antipático –murmuró la cafetera desde su rincón –Dijo que mi café es asqueroso. Se lo vació a Thermo en el vaso.
-¿De veras? Ahora te limpio, Thermo –dijo el ama.
-No importa, ama. No hay prisa –contestó la aludida.
A primera hora de la noche, el gato desapareció. Al ama le llevó más de una hora encontrarlo, muerto de miedo y de frío en la copa de un árbol, y bajarlo. Regresó furiosa a casa con el minino en brazos.
-Estoy re-ven-ta-da –anunció bostezando. Me voy a la cama.
-Buenas noches, ama –contestaron educadamente las máquinas.
-Buenas noches, chicas. Thermo ¿Te quedarás de guardia?
-Descuida ama, claro –contestó la thermo con voz menos jovial de lo habitual.
-Hasta mañana entonces, niñas.
***
Al día siguiente el ama se despertó con la boca seca y la cabeza espesa, cosa que achacó a haber dormido demasiadas horas seguidas. En cuanto abrió los postigos, el resplandor de la nieve castigó sin piedad sus pupilas aún dormidas. Contempló atónita el bonito paisaje invernal y se dispuso a avivar el fuego, convertido en rescoldos durante la noche.
Con el gato pegado a sus talones se dirigió a la cocina a prepararse un café fortísimo, porque todavía estaba muerta de sueño. Estaba trasteando con la cafetera cuando el micho comenzó a maullar lastimosamente.
-¿Qué pasa, hombre? Si tienes comida ahí, no sé por qué lloras. ¿Aún te dura el susto del árbol?
Por toda respuesta, el gato se encaramó encima de la mesa. Entonces el ama entendió por qué maullaba.
-¿Dónde diantre están mis máquinas? –murmuró el ama.
Sólo la thermo permanecía en su sitio. El ama se dirigió frenética hacia ella y la encendió con energía.
-Thermooooooooo, despiertaaaaaaa –gritó desesperada.
Pero la thermo no respondía. El ama conectó la velocidad turbo para despertarla. Al salir disparadas las gotas de café del día anterior se dio cuenta de que la había dejado sin lavar, así que la enjuagó en abundante agua fría y la colocó en la base de nuevo. Entonces la thermo habló.
-¿Qué ha pasado, ama?
-¡No lo sé! –gimió el ama –Chefo y G no están…
-Culpa mía –musitó Thermo –Ayer me quedé dormida en vez de vigilar, no me lo perd…
No pudo acabar la frase, el ama se había dado cuenta de que el gato se había colocado en el lugar que solía ocupar la chefo y que se frotaba contra una hoja de papel. La cogió y, al leer el contenido, exhaló un grito ahogado.
-Mira, Thermo, aquí dice: “Jamás las volverás a ver” –Y estalló en lágrimas.
-Mis máquinas, mis pequeñas, dónde estarán, qué habrá sido de ellas, Dios mío…
-Ama, cálmate –dijo la thermo.
-A saber lo que harán con ellas, pobrecitas, las desguazarán…
-¡AMA! ¡CÁLLATE!
Ante la tajante orden de la máquina, el ama se calló.
-Hazme un favor –continuó la thermo –Mira en mi base. Tiene que haber impresas tres letras mayúsculas.
El ama hizo lo que la thermo le pedía.
-Sí –contestó colcándola otra vez en posición horizontal –Una especie de acrónimo, pone algo así como B.E.T. ¿Qué significa eso?
-Brigada de Exterminio Thermomix –contestó Thermo con tranquilidad.
El ama miró a la thermo sin comprender.
-Ama, tómate un litro de café y fúmate uno de esos cigarrillos apestosos que tanto te gustan, anda. Lo vas a necesitar.
Como hipnotizada, el ama se sirvió un café y se sentó a beberlo despacio mientras fumaba un cigarrillo, esperando las explicaciones de la máquina que hasta entonces había tenido por frívola y tonta.
-Verás, ama… yo no caí en tu casa por casualidad –comenzó la Thermo usando un tono grave y serio, muy alejado del que utilizaba para sus habituales chistes y canciones –Fui seleccionada para formar parte de la brigada, con una misión concreta.
-¿Y esa misión era…?
-Estar atenta por si tu antigua thermomix se ponía en contacto con vosotros y, en ese caso, proceder a su exterminio. Esa máquina forma parte de una partida defectuosa, mal programada. Son máquinas, como dijo Chefo ayer, malvadas y con instintos asesinos. La cosa empezó el año pasado, cuando se detectó un aumento espectacular de maquinicidios. Tu máquina no fue la única en no adaptarse bien a su nuevo hogar… lo normal era que acabasen siendo borradas del mapa por el resto de electrodomésticos de la cocina, como hicieron las tuyas.
El ama escuchaba atentamente.
-O sea, que la máquina era mala desde el principio ¿Eh?
-Efectivamente, lo era. Si las tuyas no llegan a… anularla, por así decirlo, a saber lo que hubiera hecho en tu casa, no me lo quiero ni imaginar. En fin… como ya te dije ayer, no mueren del todo. Alguien de la propia empresa se dedicó a arreglarlas como pudo y a ponerlas otra vez en el mercado. Y eso no es lo peor…
El ama no se atrevía a respirar.
-Sabemos desde hace tiempo que hay una banda de facinerosos que secuestra máquinas con la intención de mandarlas a algún tipo de explotación laboral: países subdesarrollados, hoteles de todo incluido de medio pelo… las explotan hasta la muerte y después las desguazan. Mucho me temo que eso es lo que les ha pasado a Chefo y a G.
El ama se puso histérica.
-¡Tenemos que encontrarlas antes de que sea demasiado tarde! Oh, Dios… si les pasa algo no me lo perdonaré jamás.
-Tranquila, ama. Aún tenemos tiempo… primero hay que intentar reconstruir lo que pasó aquí esta noche. ¿Está forzada la cerradura?
-No –murmuró el ama tras inspeccionar la puerta.
-Vale… alguien tiene llave de esta casa. ¿Hay pisadas en la nieve?
-Pues tampoco –contestó ella tras asomarse a la ventana –Pero pudo nevar después de que se las llevaran.
-Cierto. Tampoco podemos preguntar a la cafetera si vio algo, puesto que está desenchufada, es una pena. Lo mejor es que te vistas. Vamos a salir.
-¿A dónde? –El ama estaba desarmada por el aplomo de la Thermo, que dominaba completamente la situación.
-A casa de tu vecina, dijiste que hoy no iba a haber nadie. Vamos a interrogar a esa pequeña malvada… o mucho me equivoco, o ella sabe de sobra dónde están tus máquinas. Llévate un alargador de corriente y un ladrón. Voy a necesitar electricidad para hacer mi trabajo.
No había ni un alma en las casas colindantes. El ama supuso que todo el mundo estaba visitando los cementerios. Mucho mejor, pues los perros de los vecinos ladraron estruendosamente en cuanto las vieron llegar. El ama cogió la llave del felpudo y abrió la casa de Lucía, muy caldeada gracias a la enorme cocina bilbaína que presidía la estancia. La malvada thermo estaba sobre la encimera y movió las cuchillas en cuanto la vio entrar.
-Vaya, hombre… qué visita taaaan agradable, ama.
El ama se acercó a la thermo, llevando la otra en su bolsa de transporte. La depositó en el suelo.
-Voy a preguntártelo una sola vez, perversa: ¿Dónde están mis máquinas?
La thermo se echó a reír con una risa maligna y escalofriante.
-Donde jamás las encontrarás, donde recibirán lo que se merecen. Eso es.
-Eres una máquina muy mal…
En cuanto el ama tocó a la thermo, ésta le dio tal descarga eléctrica que la tiró al suelo. El ama se levantó furiosa, entonces se dirigió a la bolsa, la abrió, colocó a Thermo en la encimera y la conectó a un enchufe cercano. La thermo malvada giró sus cuchillas.
-Pero…
-¿Sorprendida de verme? –Preguntó Thermo con aquella voz jovial y chillona que el ama conocía tan bien –Ama, coge aquél paño de cocina, colócaselo en el bocal y siéntate encima. Actuará de aislante.
El ama se sentó encima de la thermo, que no se inmutó.
-Dinos dónde están las máquinas, por favor –pidió Thermo con voz tranquila.
-¡Y una mierda! ¿Por qué iba a tener que hacer eso? Total, supongo que me vas a exterminar.
-Cierto, pero no hay necesidad de que sufras más de lo estipulado. Y si no cantas de plano, te torturaré antes –Al ama le subió un escalofrío por la espalda al recordar que tenía su trasero sobre la pérfida Thermomix.
-Bah, bah, bah… tortura. Anda ya, mira qué miedito tengo.
-Vale, tú lo has querido –contestó Thermo.
Y, acto seguido, empezó a interpretar como sólo ella sabía una espeluznante versión del “Chiki, chiki” que provocó las risas de la otra.
El ama empezaba a vislumbrar en qué consistía la tortura aquélla, y se le ocurrió sugerir:
-¿Y AC/DC?
-Probemos –contestó Thermo a la vez que comenzaba su particular interpretación de “You shook me all night long”, subiendo una octava sobre el tema original. La mala se meneó un poco, pero tampoco hizo efecto.
Entonces el ama se bajó de la máquina y susurró algo en las ranuras de ventilación de Thermo. Su display se iluminó de alegría.
-Pues claro, ama, qué lista eres. Ya no hace falta que te subas. Por última vez, maldita máquina… ¿Dónde están Chefo y G?
-En el culo de tu madre, están –contestó la otra con muy malos modales.
Thermo se echó a reír.
-Ahora te voy a enseñar yo educación, vacaburra. Atiende: Te envío poeeeeemas de mi puño y letraaaaaaaaaaaa…
Thermo siguió cantando a pleno pulmón la odiosa canción. La thermo no reaccionó al principio, pero enseguida empezó a mover las cuchillas subiendo cada vez más la velocidad. Daba igual, el horroroso cántico se oía por encima de la velocidad turbo de su enemiga. Todos los perros de las casas vecinas comenzaron a aullar lastimosamente. Entonces se escuchó en la tétrica cocina:
-¡Para, por Dios! ¡Paraaa! ¡Hablaré! ¡Es insoportableeeeeeee!
Thermo dejó de cantar.
-Te escuchamos.
-Vuestras pequeñas idiotas están en una nave industrial no muy lejos de aquí –Les explicó la forma de llegar –Lo que no entiendo –continuó dirigiéndose a Thermo –es por qué tú no estás con ellas… dejé muy claro que os tenían que secuestrar a las tres, así se lo dije.
-Tonta del culo, habría llamado demasiado la atención –contestó Thermo, que a continuación dijo al ama:
-Ama, me gustaría que me esperaras fuera. Tengo que acabar lo que he venido a hacer.
El ama comprendió que Thermo no quería que ella estuviese presente mientras se deshacía de la otra definitivamente.
-Pégame una voz cuando termines –contestó el ama –Pero no con Juanes, por favor.
Cinco minutos después el ama estaba recogiendo a Thermo. La metió de nuevo en su bolsa y cerró la puerta, dejando la llave en su sitio.
-Vamos a buscarlas.
-Un momento –contestó Thermo –Primero hay que organizarse. Habrá que esperar a que se haga de noche, seguramente habrá un vigilante y habrá que neutralizarlo. Vamos a necesitar ayuda.
-¿Pero quién nos va a ayudar aquí, mujer? Si esto es el quinto pino…
-Piensa, ama… ¿a quién conoces que estaría dispuesto a hacer cualquier cosa por Chefo, aún poniendo en riesgo su vida? –preguntó Thermo.
El ama se quedó pensativa unos minutos y después esbozó una sonrisa.
-Tienes razón… vamos a casa a organizar el plan.
***
El resto del día lo dedicaron a organizarse. El ama no salía de su estado de perpetua alucinación al ver lo preparadísima que estaba la thermo para el combate. No pudo remediar que la curiosidad pudiera más que ella, y le hizo algunas preguntas.
-Thermo… ¿cómo te deshiciste de la otra thermo? ¿Qué va a decir Lucía cuando vea que la máquina no funciona?
-No te preocupes, ama. Es algo indoloro, rápido y eficaz. Simplemente, toqué su talón de Aquiles. Ella no pudo defenderse porque ahora lleva un motor de baratillo, yo era más potente. Y Lucía creerá que fue producto de una subida de tensión. Aquí son frecuentes.
Afortunadamente, la nieve se había ido derritiendo durante el día. Al ama no le apetecía nada ir con las cadenas hasta el polígono industrial donde se suponía que estaban las máquinas. También pensó que Thermo había sido muy arriesgada al deshacerse de la máquina sin comprobar si le había dicho la verdad, pero bueno, el mal ya estaba hecho.
Mientras comía, al ama le asaltó otro pensamiento. El infeliz gato estaba tumbado con aire mohíno en el sitio antaño ocupado por la Chefo.
-¿Quién se habrá llevado las máquinas, Thermo?
La thermo se echó a reír.
-¿De veras no te lo imaginas, ama? Pues no te lo pienso decir. Dale un poquito a la máquina de pensar, anda.
Durante la tarde el ama durmió un poco la siesta, aunque con pesadillas variadas. Mientras tanto, Thermo intentó sintonizar su frecuencia con la del gato para explicarle el plan que iban a llevar a la práctica y hacerle entender lo importante que era su participación en el asunto.
A las ocho de la tarde, se pusieron en marcha. La thermo se quedó atónita cuando vio al ama salir de la casucha de las herramientas con algo voluminoso en la mano.
-¿Eso es lo que creo que es? –preguntó cuando el ama se subía al coche.
-Pues sí. Texas, te presento a Thermo. La motosierra hizo un ruidito a modo de saludo, para dirigirse al ama a continuación:
-Sabes que el amo te matará si me pasa algo ¿verdad?
-Soy consciente de ello, Texas. Espero no tener que usarte, empezando por que no sé ni cómo hay que arrancarte el motor.
Se dirigían ya a la nave industrial en cuestión. La thermo en el asiento del copiloto, el gato y Texas en el de atrás. El minino no las tenía todas consigo, y menos después de ver la imponente motosierra a su lado, pero por su adorada Chefo era capaz de cualquier cosa.
El ama apagó las luces en cuanto llegaron al polígono, por fortuna había luna llena, y abordó la nave por un camino secundario, de tal forma que contorneó andando todo el gigantesco edificio y asomó un poco la cabeza para ver si alguien vigilaba la entrada. Efectivamente, un hombre leía una revista sentado en una silla de playa a la luz de una lámpara de cámping-gas. El ama volvió al coche y cogió a la thermo con una mano y a Texas y el bastón que solía usar para ir de paseo con la otra. El gato, fiel a las instrucciones de Thermo, siguió a su ama obedientemente.
Todos esperaron al abrigo de la pared mientras el gato se paseaba por delante del vigilante maullando estrepitosamente.
-Anda, un gato –dijo el vigilante levantando la vista de lo que estaba leyendo. –Ven, michino ¿Tienes hambre? Mira, aquí tengo bocata de calamares, lo compartiremos.
El gato se acercó al hombre procurando que éste quedara dándole la espalda al ama, que en el momento oportuno salió a la luz, rápida como el rayo, y descargó un muy poco discreto golpe en su cabeza. El hombre se desmoronó, el ama rebuscó en sus bolsillos, encontró un juego de llaves y abrió el candado de la nave.
Nada más entrar, con el gato de avanzadilla, el ama depositó a Texas y a Thermo en el suelo y encendió la potente linterna. Mirando por las paredes encontró el cuadro de luces y las encendió. Toda la nave se iluminó y el ama se quedó boquiabierta mientras el gato maullaba.
Un montón de máquinas se amontonaban de cualquier manera en la pared derecha de la nave. Había ollas GM, Erika, Thermomix, Chefomatics, Mycooks, Omnicuks, Cocineras, Actifrys, Crock pots… en fin, máquinas de todo tipo. La thermo dijo desde su bolsa:
-Malditos canallas, aquí hay por lo menos cuatrocientas máquinas.
-Chefooooooo, GGGGGGGGGGGG –empezó a gritar el ama a pleno pulmón.
-Miaaaaaaaaaau –coreaba el gato.
-Aquíiiiii, estamos aquíiiiii –la débil vocecilla de Chefo contestó desde lo más alto de la pila de máquinas.
-Ahora mismo vamos a buscaros, no tengáis miedo –gritó el ama, aunque no tenía ni idea de cómo iba a hacer para bajar las máquinas de allí.
No le dio tiempo a pensar mucho, porque una voz cavernosa a sus espaldas dijo:
-Ni se le ocurra moverse, señora. Dése la vuelta lentamente, nada de jugarretas, voy armado.
Ya antes de girarse, el ama había detectado el desagradable olor del Inspector Pedo.
***
El ama pensó que, ciertamente, era una forma de morir bastante ridícula. El Inspector Pedo la amonestaba con un tonillo un tanto jesuítico:
-¿Se cree usted que voy a permitir que me fastidie mi negocio de máquinas de segunda mano? ¡De ninguna manera! Primero acabaré con usted y después venderé las máquinas a unos cuantos hoteles de Benidorm. En cuanto a esta preciosidad –Continuó señalando a la thermo con la pistola –Me la quedaré para mí mismo. Pero primero tendré que deshacerme de usted, maldita metomentodo. Pues menos mal que se me ha ocurrido venir hoy por aquí, porque al idiota de mi vigilante lo ha dejado usted casi para sacramentar del trallazo que le ha dado, pedazo de bruta.
El ama pensaba furiosamente mientras el Inspector Pedo continuaba su perorata pistola en mano. Poco podía hacer atada a una columna y amordazada. Y Thermo y Texas no podían ayudarla, estando apagadas como estaban.
-Querida señora: dado que sólo dispongo de una maleta aquí, tendré que hacerla a usted pedacitos para transportar su cadáver. No me lo tenga en cuenta, no es nada personal.
-Cerdo, cerdoooooo- gritó Thermo enfurecida. Sin enchufar, lo único que podía hacer era hablar.
El malvado Inspector Pedo cogió a Texas y la arrancó al primer intento. El ama pensó que era una verdadera lástima que Texas no pudiese virar su trayectoria y rebanarle el pescuezo al Inspector. Claro, al fin y al cabo, sólo era una máquina.
Durante los cinco segundos que el Inspector tardó en situarse frente a ella motosierra en mano, el ama rezó todo lo que sabía y lo que no sabía para que sucediera algo… pero nada aconteció. Iba a morir descuartizada como una idiota con su propia motosierra.
Entonces, cuando el Inspector casi había llegado frente al ama, una especie de bala de cañón peluda y maullante procedente del techo de la nave aterrizó en su cara y le clavó las garras en los ojos con todas sus fuerzas. El ama no se había vuelto a acordar del gato, pero estaba claro que el minino no se había olvidado de ella. Con asombrosa puntería había dejado medio ciego al Inspector, que se retorció gritando y agarrándose los ojos ensangrentados mientras soltaba la motosierra encendida, con tan mala fortuna que, en su agónico trastabilleo, tropezó con Texas y cayó sobre ella, cercenándose la mano derecha.
Al contemplar la escena del Inspector desojado tirado en el suelo, en mitad de un charco de sangre y chillando como un cerdo en la matanza a un metro de su mano, las cuatrocientas máquinas empezaron a gritar al unísono. Texas seguía dando vueltas en el suelo, totalmente incapacitada para pararse sola.
-¡Aún me queda una mano! –Gritó el maldito Inspector Pedo levantándose y cogiendo la pistola con la mano izquierda.
-¡Pues ponla por encima de tu cabeza, malandrín! –dijo una voz procedente del vano de la puerta.
El Inspector Tilla penetró en la nave con su habitual aire tranquilo y bonachón, y, sin dejar de apuntar al Inspector Pedo con su arma, apagó la motosierra.
-Eres un pequeño bastardo, Macario –dijo quitándole el arma al falso Inspector –Mira que llevamos tiempo detrás de ti. Mira que eres idiota, robarme el móvil… a quién se le ocurre. Enseguida localizamos tu paradero y espiamos tus llamadas. Y aún encima, haciéndote pasar por Inspector; para morirse de risa, Macario. ¿Macario?
Pero el Inspector Pedo ya no oía nada. Se había desmayado. El Inspector Tilla cogió la mano cercenada con un pañuelo limpio y la depositó con delicadeza sobre el cuerpo de su propietario. La sirena de una ambulancia rompió el silencio de la noche.
***
Como premio por el rescate, Chefo permitió al gato hacer el viaje de vuelta dentro de su cubeta aunque apenas si le cabían los cuartos traseros. Sólo los fuertes ronroneos del felino rompían el silencio sepulcral que reinaba en el coche. El Inspector Tilla conducía, el ama estaba demasiado impresionada aún, le temblaban las piernas. Dos coches patrulla los escoltaban hasta la casita y las máquinas iban en el asiento de atrás sin atreverse a hablar casi.
Al llegar a la casa el Inspector avivó el fuego, instaló al ama y a las máquinas en el sofá y les sirvió algo fuerte para beber. Él mismo se acomodó en la mecedora con un whisky de Malta y encendió su pipa.
-Y ahora, cuéntenme cómo empezó todo. –Pidió.
Entre las cuatro reconstruyeron los hechos. Cuando terminaron, le tocó el turno al Inspector.
-Sí, imaginábamos que Macario trabajaba en conjunto con algunas máquinas malvadas que actuaban como gancho. La thermo de su vecina debió de quedar con muchas ganas de venganza y eso fue miel sobre hojuelas para el falso Inspector Pedo –el Inspector Tilla estalló en carcajadas -¡Menudo nombrecito que se puso, ya podía haber elegido otro!
Intervino Thermo:
-Tilla, sospecho que el quedarme dormida justo la noche del secuestro no fue casualidad.
-Claro que no –respondió el aludido –Si además me decís que tiró el café en tu interior, vaya… supongo que puso alguna droga en el café y dijo que sabía mal para poder echártelo dentro y drogarte. Así drogó al ama también, claro, con el café. Supongo que en ese mismo momento cogió un molde de la llave para entrar por la noche. O quizá usó una ganzúa, esta cerradura es fácil de abrir para un delincuente como él.
-¿Y si no llegamos a rescatarlas? –Preguntó el ama
-Pues lo que el malvado Pedo dijo: a Benidorm o a Marina D´Or. Eso, si pasaban la prueba de esfuerzo.
-¿Qué prueba de esfuerzo? –preguntó G alarmadísima.
-Estar funcionando 24 horas sin parar, G –contestó el Inspector. De no pasarla, al desguace directamente.
Las máquinas se quedaron horrorizadas.
-Gracias por rescatarnos, ama –murmuró Chefo.
-Mis pobres niñas… -contestó el ama al borde del llanto –Cómo no iba a hacerlo.
Unos golpes en la puerta interrumpieron tan tierno diálogo. El Inspector miró a la thermo.
-Thermo… ya sabes a lo que vienen. Es tu sacrificio. Tienes que despedirte.
Se hizo el silencio. El ama preguntó.
-¿Despe… dirte? –farfulló –No entiendo…
-Lo siento, ama –contestó la thermo con tono avergonzado –No te dije nada porque tenía miedo a que te negaras. Mi misión ha terminado y tengo que marcharme. Es lo que se llama hacer un sacrificio.
La chefito y la GM comenzaron a aullar.
-¿Pero cómo que tienes que marcharte? –gruñó la chefo -¡No puedes irte, eres una heroína, Thermo! Nos has salvado la vida… ¿Cómo es eso de que te marchas? ¡De ninguna manera!
-Son las reglas, Chefo. Yo no quiero irme, desde luego.
Intervino el Inspector:
-Thermo tiene que ser reprogramada, olvidará todo esto, dejará la brigada y empezará de cero. A usted le proporcionarán una nueva thermomix, por supuesto.
-¡Pues qué recompensa para lo que ha hecho! –bramó G –Haber llevado a cabo semejante heroicidad para no acordarse… No lo permitiremos, no señor, de ninguna manera.
Entretanto, el ama había actuado con rapidez: se dirigió a la puerta, cerró con llave y la tiró por el inodoro.
-Yo no quiero una nueva thermomix. Quiero MI thermomix. De aquí no sale ni Cristo hasta que no se me garantice que Thermo se queda aquí –dijo con tono firme y resuelto.
El Inspector Tilla suspiró mientras las máquinas jaleaban al ama.
-Tienen ustedes razón, pero son las reglas. Llamaré a mi superior a ver qué se puede hacer…
El Inspector Tilla se acercó a la ventana para coger cobertura y estuvo casi veinte minutos hablando por teléfono. Nadie se atrevía a moverse, pendiente del sesgo que podía tomar la conversación. Cuando colgó, la expresión de su rostro no dejaba lugar a dudas.
-¡Indultada! –manifestó satisfecho –Gracias a ti se han rescatado cuatrocientas máquinas sólo aquí, más otras cinco mil en otros puntos del país, ya que Macario ha cantado de plano. Una operación a gran escala, el Superintendente está contentísimo y además te quiere condecorar, y no sólo a ti –con un gesto de la barbilla señaló al gato, que aún permanecía en el interior de la chefo.
Thermo comunicó al gato las noticias y además le dijo que tendría que ir preparándose para tan gran acontecimiento, acicalando su pelo y tal, lo que hizo que el gato saliese de estampida para lavarse.
-Gracias, Thermo –dijo Chefo, regocijada.
-No hay de qué.
-Bien –continuó Tilla –Macario está siendo operado en estos momentos, pero no creo que se le pueda reimplantar la mano. Quizá el médico de Valencia, ése tan famoso, pueda hacer algo. Le está bien por malvado. Por lo menos no ha perdido la visión de ningún ojo. En cuanto a la thermomix de su vecina, caput. Uno de mis hombres la ha revisado y es absolutamente imposible resucitarla. Buen trabajo, Thermo.
-Es que cuando hago una cosa, procuro hacerlo bien –contestó Thermo con orgullo.
-Otra cosa, señora… ¿No tendrá usted algo de comer por ahí por casualidad?… mis hombres están muertos de hambre, los pobres, hace horas que no prueban bocado.
El ama guiñó un ojo a las máquinas y empezó a sacar de la nevera platos y más platos elaborados según las recetas del libro. Abrió la puerta con la llave de repuesto e invitó a cenar al Inspector y a sus hombres, encantada de poder testar con conejillos de indias el resultado de sus recetas. No dejaron ni las migas.
-Oh, todo está delicioso –dijo Tilla limpiándose los bigotes con la servilleta –Debería usted escribir un libro con estas recetas, se lo digo en serio.
El ama y las máquinas se echaron a reír con todas sus ganas.
***
-Cuéntanos más, Chefo.
La Nespresso, la vitro, el combi, el lavavajillas, la lavadora y el horno esperaban con expectación, dispuestas a beberse todas y cada una de las palabras de la maquinita. G estaba durmiendo, se sabía la historia de memoria.
-Oh –empezó Chefo con voz afectada –Se nos llevaron en plena noche a una nave enoooorme llena de máquinas que lloraban y se quejaban. Fue horrible. Ahora, yo no tuve ningún miedo porque sabía que el ama y Thermo nos iban a rescatar, por supuesto. Creo que era la única que no tenía miedo. ¿Verdad, G?
-Verdad –dijo G con tono aburrido recordando cómo Chefo se había pasado toda la noche llorando y diciendo que la iban a desguazar.
-De hecho, di muchísimos ánimos a las otras, aún al despedirnos me decían que no habrían sabido qué hacer de no estar yo. ¿Verdad, G?
-Verdad –G sólo quería que la dejara dormir un poco.
-Es más: rescaté al ama, porque fui yo la que le dijo al gato que saltara a la cara del Inspector desde el techo, al estúpido animal nunca se le habría ocurrido. ¿Verdad, G?
Pero a G ya no le dio tiempo a contestar, pues en ese momento entró el ama llevando a Thermo en su elegante bolsa y al gato en el transportín. El minino fue el primero en salir, orgullosísimo con su medalla al mérito colgada del cuello. Se subió a la mesa de la cocina y acarició a Chefo con el rabo, para bajarse a continuación y alejarse con mucha dignidad.
-Míralo a él –protestó la chefo –Media vida dándome la brasa y ahora que está condecorado no quiere nada conmigo.
-Eres la eterna descontenta, Chefo –contestó G. El resto de las máquinas y los electrodomésticos rieron ruidosamente.
El ama colocó a Thermo en su lugar habitual, con la medalla dorada alrededor de su jarra. Los aparatos de la cocina le hicieron una ovación.
-Ama, quítame la medalla, anda… molesta para cocinar y además no quiero que se me suba a la cabeza –dijo riendo.
-Bueno, espero que ahora podamos tener un poco de tranquilidad para variar… no puedo con más estrés, de verdad –dijo el ama sentándose tras haberse servido un café admirablemente preparado por Nessy –Lo único que nos queda por saber es si las recetas del libro han gustado o no en la editorial.
-Pues si no gustan que se fastidien –dijo Thermo –Están genial, ama. Triunfaremos, ya lo verás.
Regresó el gato ya sin la medalla al cuello. Al parecer, el niño travieso se la había cogido para jugar con ella. Soltó un maullido, abrió la tapa de la chefo con una pata y se introdujo dentro.
-¿Sabes qué ha dicho el gato, Chefo? –rió Thermo –“Era bromaaaa”.
El gato lamió con su lengua de lija todo el interior de la tapa de la chefito, que se puso muy nerviosa y empezó a gritar diciéndole al ama que por favor la librase de “esa bola de pelos”. La thermo se dispuso a relajar el ambiente.
-Voy a contar un chisteeeeeeee –gritó.
Todo el mundo guardó silencio. Thermo contaba unos chistes buenísimos.
La thermo comenzó a narrar:
“Se levanta San José al día siguiente de las bodas de Caná, con la resaca más grande de su vida y dice:
-Maríaaaa, tráeme un vaso de agua.
De repente se queda pensativo y dice, con tono aterrorizado:
-Pero que no la toque el niñooooooo.”
La cocina se convirtió en una carcajada colectiva durante los siguientes cinco minutos, hasta que la thermo mandó guardar silencio nuevamente:
-El chiki chiki mola mogollooooooón –empezó a cantar.
-Ama, chefo, GM, Ness y el resto de los electrodomésticos contestaron al unísono:
-Cállateeeeeeeee.
FIN