LOS QUE HACEMOS DE ESTE BLOG UNA CASA DE LOCOS

LOS QUE HACEMOS DE ESTE BLOG UNA CASA DE LOCOS

MORGANA

JOTAELE

AGÜELO COCINILLAS

Oficialmente, profesora

Escritora

Casada y madre de familia

Me gusta leer, escribir y el rock and roll

Toco la guitarra

Hago dameros

Me gusta Patán

Odio la política y los programas del corazón

Oficialmente, abogado

Seductor

No sabe, no contesta

Me gustan las mujeres

Toco lo que me dejan

Hago el amor

Me gusta Betty Boop

Odio a Belén Esteban y a María Antonia Iglesias

Oficialmente, jubilado

Naturalista

Viudito y disponible

Me gusta observar la naturaleza humana

Ya no toco nada

Hago disecciones

Me gusta doña Urraca

Odio la caza, la pesca y los toros.

martes 20 de marzo de 2012

LA MALDITA PRIMAVERA

Foto propiedad de Fata Morgana
Odio la primavera y lo digo alto y claro. La odio porque mientras todo renace, yo muero muerte lenta, como decía el otro. En primavera no ando, me arrastro; en primavera no florezco, me marchito;  en primavera todo me parece enorme, desmesurado, inalcanzable. Tengo astenia primaveral.
La tengo desde niña y es como una especie de día de la marmota, puesto que aparece unos quince días antes del cambio de tiempo (no de la llegada de la estación en el calendario). En años de bonanza climática he llegado a notarla a mediados de febrero. Es un coñazo. De repente un cansancio sin causa se apodera de mi cuerpo, todo es un esfuerzo horroroso, salir a la calle a hacer recados se convierte en una tortura para mí, todo me hastía y aburre y no me soporto a mí misma. Los días parecen tener cuatro mil horas y no veo el momento de meterme en la cama. Creí que este año a lo mejor hasta tenía la suerte de librar a causa del running. Ya casi me daba por indultada, pero no ha sido así, aunque tampoco he dejado de correr. Es más, está siendo peor, pues a la astenia de las narices se unen las agujetas. No sé por qué la padezco pero me gustaría librarme de ella.
De pequeña me preparaban, porque ya sabían en casa que la primavera era mi época mala. Aparte de tener un bajón en mi actividad, los virus y las bacterias comenzaban una visita que se me antojaba inteminable por mi organismo. No había primavera sin la habitual cita con las anginas, la gripe, el trancazo de padre y muy señor mío... me daban vitaminas pero como si tomara agua, tarde o temprano acababa cayendo. Aún hoy en día si cojo algo, impepinablemente será en primavera. El año pasado tuve la gripe en mayo, hace dos, faringitis; hace tres, amigdalitis. No es casualidad. La primavera me odia y yo le correspondo con las escasas fuerzas que me quedan.
Dicen que el que se acostumbre el organismo a la nueva estación es algo bastante normal en el ser humano. Yo creo que somos imperfectos o que, por lo menos, lo soy yo. He tenido cuarenta y seis años para acostumbrarme. Ya va siendo hora ¿no? Es una sensación estúpida ésta de encontrarse mal sin tener nada, pero todavía es peor la parte psicológica: tristeza inexplicable, desgana ante cosas que me gustan, indiferencia, un estar por estar de lo más pasota que no es propio de mí. Ni siquiera tengo ganas de pensar, busco la ilusión y no la encuentro, no encuentro motivación para hacer nada: no me apetece leer, ni escribir, ni cocinar, ¡ni ir de compras!, ni trabajar, por supuesto. Menos mal que no dura mucho tiempo, porque uno no puede escapar de sí mismo por mucho que quiera.
¿Y saben qué es lo que más me revienta? Que aquí en Galicia ni siquiera hay primavera. Por lo menos no la propiamente dicha. ¿Cómo se puede tener algo asociado a una estación inexistente?
Ya volveré cuando se me pase.

lunes 19 de marzo de 2012

EL PEPE, LA PEPA Y EL ESPERMATOZOIDE

Foto por cortesía de blog-sheila.blogspot.com
Otra vez aquí. Otra vez día D. Hoy toca celebrar el día del espermatozoide que consiguió llegar a la meta, es decir, el día del padre. Del superpadre, qué narices... el carpintero que fue padre sin poner una mano encima a su señora y, lejos de cabrearse, como haría cualquier mortal, lo aceptó y, a cambio, en agradecimiento, le crearon un día. Qué guay ¿no? El día de la corbata.
Ni siquiera el día del padre es lo que era. Recuerdo que allá por 1971 o por ahí trabajamos en el colegio durante varios días en el regalo: una cartulina con las hojas de un árbol pintadas cuyo tronco era un puro. Sí, han leído bien: un cigarro puro que iba pegado a la cartulina. ¿Se imaginan semejante regalo hoy en día? Supongo que el puro era infumable, puesto que iba pegado con pegamento y medio... así que doble delito: incitación a fumar y a consumir psicotrópicos. La verdad es que nunca le pregunté al autor de mis días si se lo había llegado a fumar. Ahora uno se va al corte inglés, elige entre un ramillete de chorradas varias, cotiza con la tarjetita blanca y verde y aquí paz y después gloria.
Aunque en esta santa casa no celebramos ninguno de los dos, no puedo evitar hacer un agravio comparativo entre el día del padre y el de la madre, perdónenme. Como siempre, la celebración es desmesurada en el primer caso con respecto al segundo. El único mérito del padre es que uno de sus chicos  consiguió, tras muchos esfuerzos y escollos, alcanzar su objetivo, para lo cual se necesitan unas 24 horas. Por cierto, la capacidad reproductiva del ser humano es ridículamente baja con respecto a otros mamíferos: sólo un 20% de posibilidades de concepción. La consecución del objetivo deviene tras un acto agradable y placentero. Y aún encima, tienen un día al año para celebrarlo. Pero claro, una vez logrado empiezan los actos que harán posible la celebración del día de la madre: embarazo (9 meses), parto (un huevo de horas), posparto (varios días), lactancia (x meses)... ¿sigo? Es decir, proporcionalmente en número de horas y escasez de placer, porque créanme, y hablo por propia experiencia, parir es de todo menos placentero, el día de la madre tendría que ser los 364 días restantes del año. Y sin acritud ¿eh? Que por no tener ni siquiera tenemos derecho a un día fijo en el calendario: primer domingo de mayo y a tomar viento... si san José era el padre lo lógico es que el día de la madre fuera el 15 de agosto, festividad de la Virgen. Pero si pensamos diremos... ¿de qué Virgen? porque la pobre, como espantoso adelanto histórico de la multidisciplinaridad de la mujer, se ve multiplicada por varias y tenemos la Virgen del Socorro, la Virgen de Loreto, la Virgen de Montserrat... ¿cuál elegimos entonces? Espinosa cuestión. El día del padre es santo y el de la madre es sólo eso, el de la madre que te parió. No me parece justo.
Si vamos a eso, el día de los abuelos (26 de julio) tendría que separarse y hacer el día del abuelo por un lado y el de la abuela por otro. O si no, hacer el día de los padres. O abolir de una vez el día D y la hora H, que ahora hay día para todo, coño. Por cierto, desde aquí les invito a celebrar conmigo el próximo día D importante: 2 de abril, día mundial del Autismo. Por aquí andaré dando leña. Mientras tanto, me voy a comprar una corbata...

martes 13 de marzo de 2012

DE PRUEBA

Pues eso, estoy trasteando con una cosa y este post es de prueba.

jueves 8 de marzo de 2012

EL DÍA D, LA HORA H, EL PUNTO G

imagen por cortesía de www.artehistoria.jcyl.es
Yo creo que cuando se celebra el día de algo debería hacerse en un contexto positivo y ligado a un acontecimiento que sólo sucede una vez, verbigracia: cumpleaños y similares. Uno sólo nace una vez. Por eso las celebraciones del día D me parecen ridículas, a no ser que lleven aparejado un objetivo de concienciación y/o recaudación monetaria con fines justificados, como el día contra el cáncer. ¿Por qué celebrar el día de los enamorados? ¿Es que el enamorado no lo está los 364 días restantes?
Viene esto al caso, como habrán deducido inteligentemente, porque hoy es el Día de la Mujer (anteriormente día de la mujer trabajadora. Supongo que le quitaron el "trabajadora" tras deducir acertadamente que una mujer siempre es trabajadora, ya sea en el curro o en su casa). ¿Se dan cuenta de que no hay un correlato con un Día del Hombre? (afortunadamente, a lo mejor se celebraba dejándolos mear fuera del váter por 24 horas), ya lo celebran todo el año. ¿Quiere eso decir que sólo voy a ser mujer hoy? Ah, no, es para recordarme, como si los restantes 364 días no lo hiciera, que no tengo los mismos derechos que un hombre. Aunque sí los mismos deberes. Es de suponer que cuando alcancemos el mismo status el día dejará de celebrarse, cosa que sucederá aproximadamente cinco minutos antes de que el sol se convierta en una gigante roja y nos engulla. Y nos dirán: "y no os quejéis, que ya tenéis los mismos derechos". Y eso que yo no tengo mucho que bufar: mi existencia es prácticamente paritaria en todos los órdenes de mi vida, desde el sueldo hasta la conciliación, pasando por el reparto de tareas domésticas.

Rindámonos a la evidencia: hoy es el Día de la Mujer, pero no se celebra. El día de Navidad se hace una comida especial, el día de la Madre (otra chorrada como un mundo) te llevan a comer fuera y te hacen un regalito. El día de la mujer se celebra negativamente, quejándose las féminas a diestro y siniestro de su desigual situación. Propongo cambiar las tornas y hacer una celebración positiva que exalte todas las características que hacen  que la mujer sea llamada como tal. 

Para empezar, el día de la mujer ninguna debería tener la regla. Con lo cual jodidos estamos, porque para sincronizar los períodos menstruales de todas las mujeres del planeta hace falta un milagro, como poco.
El día de la mujer debería empezar dejando a la susodicha dormir hasta el aburrimiento. Por supuesto, ese día la mujer no trabajaría. Y no la molestarían en las 24 horas de su día vocecillas infantiles en distinto grado de volumen. En cuanto la homenajeada se despertara (y lo haría pronto, porque es su costumbre), se le serviría el desayuno en la cama. Tras un maravilloso baño de espuma un equipo de peluqueros y estilistas se dedicarían a arreglar el pelo de su cabeza y deshacerse de forma indolora del del resto del cuerpo. Y un masajista profesional se encargaría de relajar hasta el último nanogramo de sus agotados músculos. Hecho esto, la homenajeada debería salir a la calle (haría un día absolutamente primaveral) a tomar el aperitivo tranquilamente. Para entonces, habría llegado la hora de comer. Y no, la mujer no lo haría en un restaurante, rodeada de gente ruidosa y sin poder fumar. Un servicio de cátering completo se presentaría en su casa, no la dejaría entrar en la cocina, le serviría una comida deliciosa con sus dos platos y postre favoritos y se largarían silenciosamente dejando todo como los chorros del oro. Acto seguido, la homenajeada dispondría de un buen rato para dedicarse a alguna de sus actividades favoritas, esas a las que puede dedicar media hora al año, aproximadamente: leer, escuchar música, ver una peli, llamar a una amiga... Tras esas pequeñas distracciones, la mujer saldría de compras a agenciarse todo lo que se le antojara a un precio irrisorio, o mejor gratis, y todo, absolutamente todo le quedaría bien. Una vez terminada la agotadora actividad, la mujer podría irse de cañas con sus amigas, o a merendar chocolate con churros (no congelados). De vuelta a casa, y tras una nueva sesión de masaje, el cátering reaparecería con la cena. Terminada la misma, se le serviría un espléndido gin-tonic, o dos, o los que a ella se le antojen que para eso es su puto día, y habría llegado el momento de que la homenajeada aprovechara al máximo su proverbial (y envidiada por los hombres) capacidad multiorgásmica. Para ello los ayuntamientos deberían poner a disposición de la mujer los medios humanos necesarios si la mujer no tuviera los suyos propios, que para eso se gastan bastante más pasta en gilipolleces mucho menos importantes. Y de ahí a dormir, lamentando que tan maravilloso día toque a su fin. Y yo me pregunto: ¿por qué entonces, a las 16.06 del 8 de marzo, me he levantado a las 7.45, he currado seis horas seguidas, he llegado a casa y me he hecho la comida, mis pelos parecen los de la bruja Avería (y no sólo los de la cabeza), la ciática me está matando, llevo ropa de hace dos años y estoy escribiendo chorradas en vez de ir a fregar los platos? Me temo que de follar ya ni hablamos...

El día que el día (valga la redundancia) de la mujer se celebre así, me apuntaré a la fiesta. Mientras tanto, hostias.



lunes 27 de febrero de 2012

EL ASCENSOR. CUENTO DE SAN VALENTÍN

Pues no, no había perdido la contraseña. Es sólo que entre correr, escribir, trabajar, descansar, etc, etc, etc, no he tenido mucho tiempo de pasarme por aquí. Que mi vida es muy estresante, vaya.
Estrés aparte, como todos los años me apetecía escribir un cuento con motivo del día de El Corte Inglés. Perdón, por el día de los Enamorados, como llevo haciendo intermitentemente desde hace algunos años. Éste en concreto lo empecé en Noviembre y lo dejé apalancado para dedicarme a la nueva entrega de Papá Noel, así que lo retomé después de Navidades y lo terminé ayer. No me va mucho el romanticismo, esa es la verdad, pero una vez al año no hace daño. En esta historia doy rienda suelta a una de mis mayores fobias: los sitios cerrados. Aunque alguno que lo ha leído dice que este relato es una terapia excelente contra la claustrofobia. No sé. Juzgad vosotros mismos. Aquí os dejo una muestra. El resto lo podéis descargar en safecreative, como siempre.


EL ASCENSOR

1
Soy enamoradiza, qué le vamos a hacer. Cada uno nace de una manera y la mía es así. Ya me gustaría haber sido fría y pragmática, como mi hermana. Me habría ahorrado un montón de disgustos, porque, a mis treinta años, mis relaciones han sido más bien patéticas, unas veces porque yo esperaba más de lo que me daban, y otras porque en cuanto escuchaba yo las palabras “vivir juntos” no me sentía preparada, me daba cuenta de que no estaba tan enamorada como pensaba y salía corriendo. He desperdiciado un montón de oportunidades porque el candidato no se ajustaba al cien por cien al molde que yo quería, y he llorado no pocas noches por depositar mis esperanzas en capullos que no lo merecían. Así es la vida. Así es mi vida. Siempre buscando al hombre perfecto, nunca encontrándolo.
            Para colmo de males, no soy una mujer muy echada p´alante, como se suele decir. No me han faltado novios porque siempre fueron ellos los que dieron el primer paso, desde Jacobo, el primer novio que tuve en el pueblo a los quince años, hasta Alfonso, el camarero de la cervecería de la esquina con el que me fui a la cama un sábado que me sentía sola y deprimida. Lo único que conseguí fue tener que andar un par de calles más para tomar café desde entonces.
            Pero eso iba a cambiar. Ahí fuera, en algún sitio, había alguien perfecto para mí esperándome, así tenía que ser, así lo sentía. Eso me decía la primera mañana de septiembre que me reincorporaba al trabajo tras quince días de vacaciones. Me sentía guapa, mi bronceado era estupendo y seguro que ese invierno el príncipe azul aparecería y me subiría en la carroza de oro rumbo al palacio de ensueño. Ya había esperado bastante y, sobre todo, ya había besado demasiados sapos.
            Lo que no me imaginaba era que el príncipe azul apareciera tan pronto.
            Trabajo en un despacho, en una asesoría. Una especie de batiburrillo donde abogados y economistas se dedican a jugar con la pasta de los demás. No es el mejor trabajo del mundo, pero por lo menos tengo contrato indefinido. Soy una de las cuatro secretarias en plantilla. Me da para vivir y para algún capricho, y poco más. No va mal el negocio a pesar de la crisis, y el despacho mantiene a veinte empleados. A veces hay cambios en la plantilla, alguno se larga a otro trabajo. La oficina está en el último piso de un edificio de seis plantas donde sólo hay negocios: dentistas en el primero. Ginecólogos en el segundo. Notario en el tercero. Oscuro negocio en el cuarto, pero nadie se mete: pagan el alquiler y son silenciosos. Una academia de música, afortunadamente insonorizada, en el quinto y nosotros en el sexto. Es una lástima, tengo claustrofobia y no llevo nada bien lo del ascensor, pero peor llevo lo de las escaleras, así que la mayoría de los días, sobre todo si llevo tacones, entro en la maldita caja, cierro los ojos y sueño que Brad Pitt me acompaña en el trayecto. Eso mismo hice aquella mañana. Entré en la oficina, besé a Rita, la recepcionista, y ya estaba esperando que me preguntara por mis vacaciones, pero ella dijo:
            -Hola, Julia. Sala de juntas. Tenéis reunión a las nueve y media.
            -Pues sí que empezamos fuertes el primer día –musité con fastidio.
            -Ya, maja, pero es que mientras has estado fuera ha habido cambios y…
            En ese momento don Raúl, uno de los socios fundadores, abrió la puerta de la sala de juntas y miró con el ceño fruncido hacia nosotras.
            -Ah, Julia. Veo que ya ha llegado. La estábamos esperando.
            Era su forma de reprocharme que llegaba tarde. Guiñé un ojo a Rita y entré en la sala. Saludé de forma común a todos y me senté en la única silla que quedaba libre. Entonces lo vi. Ahí, enfrente de mí, estaba él. Mi príncipe azul. El padre de mis hijos.



2
            -Como sabéis, Ernesto ha dejado de trabajar con nosotros –anunció don Raúl. No, yo no tenía ni idea ni me importaba, me caía fatal el petardo de Ernesto, siempre mirándonos el culo a todas. Eso debía de haber sido durante mis vacaciones –Os presento a Rodrigo, hoy se incorpora al despacho. Su currículum es impecable y no me cabe la menor duda de que nos traerá un montón de clientes deseosos de invertir su dinero.
            Todos miramos a Rodrigo, así que pude tomarme mi tiempo para un escrutinio feroz. Yo no sé si era tan guapo como me lo parecía, pero a mí me había entrado por el pericardio en cuanto le puse un ojo encima. Su esbelta figura quedaba resaltada por el traje azul marino. Llevaba el pelo castaño peinado hacia atrás y tenía unas facciones distinguidas y correctas. Me fijé en sus manos: ni alianza ni rastro de que se la hubiera sacado hacía poco. Él sonrió hacia Raúl a modo de bienvenida y se echó hacia atrás en la silla, lo cual me permitió fijarme en el zarrapastroso que se sentaba a su lado.
            -Como ya os había anunciado en la última reunión –prosiguió Raúl –Hemos contratado a un técnico informático que se encargará de mantener optimizado todo nuestro sistema. Ocupará el último despacho del pasillo. Os presento a Manuel.
            El aludido enrojeció intensamente y su gesto desagradable se hizo todavía más hosco. Probablemente había pensado que su trabajo era independiente del resto del despacho, que los clientes no tendrían que verlo, y por ello había decidido vestirse como un friki: los rizos castaños le cubrían toda la frente y se juntaban con unas gafas de original diseño. Aquella boca probablemente no había sonreído en la vida. Llevaba una camiseta con leyenda del Hard Rock Café y parecía no haber visto jamás un rayo de sol, dada la blancura de su piel. Lo dicho, un friki. Pensé que, sentado junto a Rodrigo, parecían la Bella y la Bestia.
            A las diez la reunión se disolvió. Don Raúl dijo que me necesitaba y lo seguí sumisamente hacia su despacho. Pensé que a partir de ahora sería mucho más motivador ir al trabajo.

3
            A las once y media bajé los seis pisos por las escaleras, rápida como el rayo. Quería ser la primera en llegar a la terraza del bar donde las secretarias tomábamos el café de media mañana. A los tres minutos, Amanda y Laura hicieron acto de presencia. Contra todo pronóstico, pues la recepción quedaba vacía, Rita lo hizo dos minutos después.
            -Dispara, dispara –espoleé a Amanda, responsable de nóminas y personal.
            -Treinta y dos años. Licenciado en Económicas. Buen expediente académico. Excelente salud. Juega al paddle, y… -hizo una parada para pedir un café. Sabía que era un efecto escénico para ponerme nerviosa.
            -¿Yyyyyy…?
            Amanda sonrió triunfalmente.
            -Está soltero –anunció.
            -Sí, sí, sí, sííííí –grité histéricamente.
            Rita me miró con cierto desprecio, mientras se limaba las uñas parsimoniosamente.
            -Hija, ni que te la estuviera metiendo ya –dijo.
            -Lo siento –intenté tranquilizarme y encendí un cigarrillo –Es sólo que… es mío, es mi hombre, lo he sentido desde que lo vi. Lo siento aquí –Me señalé la boca del estómago.
            -Hija, qué arriba tienes el coño –Apostilló Rita, que seguía puliéndose las uñas.
            Me sentí ofendida.
            -Rita, eres una cerda. ¿Quieres dejar de limarte las uñas mientras tomamos café? Es antihigiénico –contesté.
            -Eh, yo no fumo. Algo tengo que hacer. –Rita se defendió.
            -Además, esas marranadas no son propias de ti –continué –Es más propio de Jaki hablar así, barriobajera –Un escalofrío recorrió mi espalda –Por cierto ¿Dónde está Jaki?
            Jaki, la hermosa y deslenguada secretaria, mi seductora compañera, la rival contra la que no tendría la menor posibilidad en el hipotético caso de que se encaprichara de Rodrigo, no se hallaba presente. A decir verdad, no le había visto el pelo en toda la mañana.
            -Mujer, cogió hoy las vacaciones –contestó Laura –No vuelve hasta el quince. Afortunadamente para ti, porque si te gusta el nuevo y Jaki le pone el ojo encima… date por jodida. Jaki consigue a cualquiera que se proponga, ya sabes…
            Sí. Lo sabía. Jaki era guapa, estilosa, tenía labia, desparpajo, simpatía y pocos escrúpulos. Le gustaba el sexo y los hombres parecían saberlo antes de que ella hubiera despegado los labios. Jaki tenía un cuerpo perfecto, el pelo largo, sedoso, castaño, los ojos rasgados, los labios como cojines y las piernas largas y torneadas. El mundo estaba muy mal repartido.
            -No me gusta pensar en el pobre Rodrigo como en una pieza de caza –intervino Amanda –Después os quejáis del machismo… pues tú no estás haciendo mucho mejor papel, Julia. Además ¿Es que sólo te lo puedes ligar tú o qué?
            Me acabé el café de un trago.
            -Amanda, tú estás casada, Laura tiene novio. Rita… ya ves, sólo le interesa el pulido de sus uñas –Rita sonrió y se encogió de hombros –Y yo, de verdad, me he enamorado nada más verlo, me parece el hombre perfecto.
            Rita pareció olvidar su manicura y decidió intervenir en la conversación.
            -No entiendo, Julia, cómo puedes enamorarte como una adolescente a tu edad, así, pum, de alguien que no conoces… el tal Rodrigo está bueno, sí, como un tren, como un cañón, pero… ¿y si es un maníaco homicida? ¿Y si es homosexual y le importas un carajo? Y otra cosa, qué segura estás de ti misma, maja…
            Me entraron ganas de llorar. Odié a Rita. Siempre ponía el dedo en la llaga.
            -No lo sé, no lo sé –me empecé a sentir acorralada –Siempre ha sido así. Y nunca he tenido problema para ligar con quien he querido, sólo que yo nunca he dado el primer paso, ni he sacado armas de seducción… asquerosas, insinuantes, ya me entiendes, como…
            -Como Jaki –terminó Laura.
            -Eso. Como Jaki. Siempre he conseguido salir con quien he querido, a pesar de todo. Aunque no saliera bien al final. Y a éste no pienso dejarlo pasar. Algo me dice que estamos hechos el uno para el otro.
            -Nena, saca cinco euros para el fondo y deja de soñar –dijo Amanda –Tenemos que subir antes de que los machos alfa se pongan como fieras. Ah, otra cosa. ¿Queréis saber algo del informático? Porque también dispongo de toda la información.
            -¡Ni de coña! –respondimos a coro.


viernes 27 de enero de 2012

MANIFIESTO PARA EL DÍA DE LA PAZ 2012

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Paz. Cada vez que escuchamos esta palabra, no podemos evitar relacionarla con su contraria: guerra.
Guerra: cada vez que escuchamos esta palabra, no podemos evitar sentir cierto malestar y pensar en muertos, y, también, en algo que nos queda muy lejos.
Efectivamente, en un día como el de hoy montones de manifiestos hablarán a favor de la paz y rechazarán la pérdida de vidas humanas que trae consigo la guerra. Nosotros queremos ir un poco más allá. La guerra no sólo significa una pérdida irreparable de seres humanos inocentes, ese no es el único daño colateral que arrastra. Hay también una pérdida no humana, pero también importante: la del patrimonio cultural.
         Un país en guerra es un país sin cultura, desde luego mientras dure el conflicto armado y, muchas veces, después. La lucha armada no suele ser quien respete la cultura del territorio donde se desarrolla, para muestra lo que sucedió con los yacimientos arqueológicos de Iraq durante la guerra, que quedaron totalmente destruidos, por poner un ejemplo reciente. Para ir más allá, muchas veces el bando ganador destruye el patrimonio cultural del país, como sucedió en Afganistán cuando fue tomado por los talibanes, que decidieron volar con dinamita las estatuas milenarias de los dioses. Los dirigentes pensaron, con su opinión unilateral, que no hay más cultura que la que ellos quieran imponer: la cultura del burka, la cultura de que las mujeres no son nadie para tener estudios, más allá de los doce años. No valoran lo que no comulga con su ideología sin pensar que los bienes culturales son patrimonio de toda la Humanidad. Además, la destrucción de la cultura de un pueblo es la destrucción de su identidad. En los últimos años, territorios como Los Balcanes, Oriente Medio, América Latina o África han visto cómo sus señas de identidad son aniquilados en sucesivos conflictos armados.
         Es labor de los países libres de conflictos denunciar esta situación e intentar repararla. Afortunadamente, hoy en día contamos con iniciativas como Bubisher, un autobús solidario encargado de llevar libros a los niños de una de las poblaciones más castigadas: el Sáhara. A través de Bubisher, los refugiados saharauis tiene el acceso a la cultura que les viene siendo negado desde hace años de conflictos. Hay que curar las heridas del cuerpo, sí, pero también es importante curar las de la mente. Esperemos que sea posible abrir una ventana a la esperanza cultural y que iniciativas como esta prosperen e incluso se multipliquen. Como decía el sabio griego Diógenes Laercio: "La cultura es un adorno en la prosperidad y un refugio en la adversidad". Hagámoslo realidad.








miércoles 25 de enero de 2012

PAPÁ NOEL IV: LA SALA DE ACLIMATACIÓN.

Llega tarde, pero llega. Aquí tenéis la última entrega de la saga de Papá Noel. Nicolás vuelve con sus misiones navideñas... por última vez. Sí, amigos: todo lo que empieza debe de tener un fin, aunque muchos guionistas de series de televisión no se hayan enterado. He intentado que cada una de las entregas tuviera bastantes novedades con respecto a la anterior y no repetirme como el ajo. El tema está agotado y prefiero dejarlo correr para siempre. Quizás el año que viene vuelva con un cuento de navidad completamente distinto, o quizá no escriba nada, no lo sé. Lo único que sé es que no forzaré la situación si no se me ocurre ninguna idea. En este caso, la primera idea se me ocurrió en las navidades de 2007, cuando enfrente de casa vi un pobre papá noel repartiendo caramelos a los pocos niños que por allí pasaban (es una calle poco comercial), aburrido como una ostra. Yo por aquel entonces ni siquiera escribía, ni soñaba con hacerlo. Al año siguiente la idea se me presentó de forma tan bestia que tuve que interrumpir la redacción de "La Cita" para escribir de un tirón "El Papá Noel", la primera entrega de la saga. Desde entonces, he tenido muy claro cómo iba a ser la siguiente entrega, al igual que nunca he dudado que no iba a durar más de cuatro entregas.
Os dejo el primer capítulo para hacer boca. El resto de la historia podéis descargarlo en este enlace de safecreative. Espero que os guste. 

15 DE DICIEMBRE
         Mercedes cerró cuidadosamente la maleta que reposaba encima de la cama y echó una última mirada a su habitación. El fuego de la chimenea arrancaba facetas a los muebles de castaño, creando un ambiente muy acogedor. Fuera, la temperatura debía de rondar los dos grados bajo cero. No eran más que las nueve de la mañana y el sol de diciembre brillaba débilmente.
         "Qué latazo viajar en invierno" pensó Mercedes mientras observaba la pesada maleta. La ropa de abrigo ocupaba el triple, y teniendo en cuenta que iba a estar fuera unos diez días, había que llevar bastantes cosas. Como no conocía aún la naturaleza de la misión de aquel año, tenía que llevar un poco de todo, más algún vestidito mono por si salía a cenar algún día con Nicolás. Se estremeció pensando en que ya quedaban pocas horas para el encuentro. El Boss había sido claro en el mensaje que dos días antes había llegado a su teléfono móvil: plaza del Callao, Madrid, a las 15.00.
         Por un momento pensó en qué clase de misión se irían a meter aquel año, pero la curiosidad no le duró mucho tiempo. La alegría de volver a ver a Nicolás, aunque sólo fuera por diez días, le impedía centrarse en otra cosa.
         Entró Graciela en la habitación, interrumpiendo sus pensamientos.
         -Ya yo le cargo la valija, señora. Su mamá la está esperando abajo para desayunar.
         "Será para redesayunar" pensó Mercedes, que llevaba levantada desde las seis de la mañana. Había ido a dar las últimas órdenes a Emerson y a Juan sobre lo que había que hacer en su ausencia, y, de paso, a despedirse. Tampoco entendía a qué venía ahora esa necesidad de despedirse de todo el mundo, sólo iba a estar fuera diez días, pero el caso es que también había acudido el día anterior a casa de Marián y Lorenzo a despedirse de ellos, y, de paso, todo sea dicho, a ver al bebé.
         Mercedes no era persona dada al envanecimiento, pero no podía remediar sentirse orgullosa de la labor que había hecho aquel año. Había conseguido que dos buenas personas cambiaran de vida y fueran más felices. Marián le había comprado la granja a Lorenzo, lo había hecho su capataz y se había asociado con Mercedes. A pesar de la crisis, se las componían bastante bien para salir adelante. Como Mercedes se había figurado, el roce hizo el cariño y no tardó en surgir la chispa entre ellos. Marián se había quedado embarazada en febrero y en abril se casó con Lorenzo. Miel sobre hojuelas: Mercedes se había deshecho de un pretendiente bastante pesado y Marián, después de un infausto matrimonio plagado de malos tratos, había conseguido encontrar a alguien que la mereciera de verdad. El pequeño Lorenzo había nacido a finales de noviembre y todos estaban encantados.
         -Te echaremos de menos mientras estés fuera -había dicho Marián cogiéndole las manos -Vas a ver a Nicolás ¿verdad?
         Mercedes asintió. Esperaba que no le hicieran preguntas comprometedoras sobre el secretísimo trabajo que mantenía a su novio apartado de ella durante casi todo el año. Marián, por suerte, era discreta. Y más desde que el año anterior hubiera sufrido una experiencia de lo más extraña e inexplicable, un viaje por el lado oscuro, algo que no quería recordar y que había aprendido a apartar de sus pensamientos.
         -Dale muchos recuerdos de nuestra parte -intervino Lorenzo -Y no te preocupes, mientras estés fuera no llevaremos el negocio a la ruina.
         Mercedes se echó a reír y se abstuvo de decir que si eso no sucedía, sería más bien por la sagacidad que había mostrado Marián para los negocios, no por la de Lorenzo.
***
 Doña Dorinda estaba en la cocina, bien arrimada a la salamandra de hierro. Odiaba el frío con toda su alma.
-Buenos días, mamá -saludó Mercedes al entrar. -¿Hay café caliente?
-Pues claro -contestó doña Dorinda -Tómate un tazón bien grande, te espera un viaje largo. No sé por qué te tienes que marchar justo ahora...
         Mercedes dio un sorbo al café que su madre le había puesto delante y encendió un cigarrillo.
         -No seas pesada, madre. Te guste o no, me voy a ir unos días. Con todo el trabajo que hemos tenido este año, creo que me merezco unas vacaciones.
         Doña Dorinda se sentó también y robó un pitillo a su hija.
         -Ya... vacaciones con el novio. Vaya suerte la tuya, un novio al que sólo ves diez días al año. Menudo futuro que  te espera. Así nunca formarás una familia.
         Mercedes entrecerró los párpados. Qué aburrimiento de conversación. Era como un bucle del que no se podía salir. Se levantó a coger un trozo de bizcocho.
         -Tú eres mi familia, mamá. No me des la brasa. No me apetece hablar otra vez del mismo tema, sobre todo teniendo en cuenta que jamás nos pondremos de acuerdo.
         Doña Dorinda amagó un puchero.
         -La verdad es que te voy a echar de menos, Mercedes.
         Mercedes sintió un arrebato de ternura hacia su madre y le dio un abrazo.
         -No te preocupes, mujer, si estaré de vuelta mucho antes de que te des cuenta. Además, ahora tu partida de julepe te tiene bastante ocupada ¿no? –Doña Dorinda había retomado contacto con parte de las amigas que había tenido de joven en el pueblo.
         -Sí, ¿y quién me va a llevar? –lloriqueó la anciana.
         Mercedes encendió un cigarrillo.
         -Graciela o Emerson te llevarán, mujer. No seas agonías. Quién sabe, a lo mejor durante mi ausencia te echas un novio y todo…
         Doña Dorinda torció el morro, pero se le escapó media sonrisa. Durante ese año, en que había tenido verdadera vida social por primera vez en su vida, muchas cosas habían cambiado. Una mañana, Mercedes la llevó a la peluquería del pueblo y la obligó a despedirse de su moño canoso. Ahora Doña Dorinda llevaba una melenita rubia a la altura de la oreja que le había quitado diez años de encima.
         Mercedes también la había obligado a deshacerse de su anticuado guardarropa.
         -Nada de negro –había sentenciado en la elegante boutique de la ciudad a la que habían ido –Se acabó el negro. No te voy a pedir que te vistas de colorines, como las viejas cacatúas inglesas que vienen a hacer turismo, pero sí un poco de marrón, beige, verde, azul marino…
         También la apuntó al curso de gimnasia de mantenimiento para mayores que se impartía en el centro de día del pueblo, al que también asistía su amiga del julepe, doña Juana, artífice, junto con Mercedes, de la nueva vida de doña Dorinda. Doña Juana sí que sabía disfrutar de la vida, iba a los viajes del Imserso y se apuntaba a un bombardeo, así que a doña Dorinda aquel año se le había pasado volando.
         Mercedes se limpió cuidadosamente con la servilleta y apagó el cigarrillo.
         -Me voy, mamá –anunció –Quiero ir despacio y con tiempo sobrado, así que prefiero ir arrancando.
         -¿Despacio tú? –doña Dorinda amagó una carcajada -¿Con ese trasto infernal que te gastas? Anda ya…
         Las dos mujeres echaron a andar hacia el exterior. Emerson ya había traido el coche hasta la puerta. El audi TT plateado relucía como un diamante bajo el pálido sol de diciembre.
         -Llámame cuando llegues –rogó doña Dorinda.
         -Por supuesto –Mercedes la abrazó y le dio un beso en la arrugada mejilla –Pórtate bien durante mi ausencia.
         -Vete a la porra, niña –contestó la madre.
         Mercedes subió al coche y arrancó. Por el retrovisor vio cómo su madre, Emerson y Graciela le decían adiós con la mano.
***
Mercedes cruzó el pueblo cinco minutos después para tomar la carretera de Madrid. Sí era cierto que se quería tomar ese viaje con calma. Le gustaba mucho conducir rápido y era una experta, con unos reflejos excelentes y nervios de acero, pero estaba tan histérica pensando en el encuentro con Nicolás, que ese día no respondía de su pericia. Acarició el volante de cuero con cariño. Había estado a punto de cambiar de coche aquel año. Un día llevó a poner a punto el audi y el encargado del taller del concesionario la arrastró al expositor para enseñarle el audi A5. La crisis y el cariño que le tenía a su TT la frenaron. Ya se lo plantearía el año que viene.
         Le quedaban todavía unos cuantos kilómetros de carretera hasta acceder a la autovía. El día estaba limpio, fresco y claro. Conectó el reproductor de mp3 y puso música suave. Pensó un poco en cómo había pasado el año. Bastante bien, decidió. Sobre todo si lo comparaba con el anterior. Se había notado la crisis, por supuesto, pero el haberse asociado con Marián para diversificar los cultivos había sido una idea magnífica. Para empezar, se había descargado de no poco trabajo. El cultivo de kiwis había sido todo un acierto, era una fruta con excelente salida en el mercado, dadas sus propiedades saludables. Los huevos se seguían vendiendo muy bien. No había tenido que prescindir de ningún empleado, aunque parte de ellos se habían trasladado a la granja de Marián. Una suerte increíble, viendo como estaba el panorama en el país. Sí, Mercedes se sentía satisfecha.
         Pero en su fuero interno, lo que más satisfacía a Mercedes era cómo había llevado el tema de Marián y Lorenzo. El ex –alcalde no se distinguía por su timidez, la propia Mercedes había tenido ocasión de sufrirlo, pero con Marián se comportaba como un colegial y todo su desparpajo desaparecía. Mucho tuvo que mediar Mercedes, invitándolos a comer y cenar y dejándolos solos en la sobremesa, pretextando cualquier cosa. Un día organizó una cena en la ciudad y los invitó a dormir en su piso. Se abstuvo de comentar que se había deshecho del cuarto de invitados, así que ella acabó durmiendo en casa de Fernando y Juan, sus ex –compañeros de la biblioteca.
         -En el fondo eres una romántica incorregible –le había dicho Fernando, sin el menor asomo de enfado porque ella irrumpiera en la intimidad de su hogar a las dos de la madrugada.
         A partir de esa noche, todo había cambiado. Marián también se había tomado su tiempo. Acababa de enviudar en trágicas circunstancias y su vida matrimonial había sido un desastre, lo que, a priori, la hacía desconfiar de todos los hombres. Lorenzo había hecho una verdadera labor de zapa para convencerla de sus verdaderos sentimientos.
         A Mercedes le hacía gracia el asunto: Marián se comportaba con Lorenzo con una gazmoñería desesperante, sin embargo no había tenido el menor reparo en caer en brazos del seductor Héctor el año anterior, a las pocas horas de conocerlo. De hecho, la infidelidad de Marián con Héctor había sido el detonante de la muerte del marido.
         Levantó inconscientemente el pie del acelerador al acordarse de la bella encarnación del maligno, Héctor. Eso había sido lo único que le había causado inquietud aquel año. A veces le parecía notar su presencia rondándola, ya fuera en forma de brisa repentina, de súbito bajón de la luz, de extraña e inexplicable sensación de calor. Y sentía miedo, miedo de él y de sí misma. Alguna vez le había parecido sentir una mano invisible acariciándole los pechos, descendiendo por su columna vertebral, rodeándole los muslos. Y no era Nicolás, ni tampoco su imaginación. Los años anteriores nunca había tenido sensaciones tan reales. Se sentía vigilada por aquel sujeto en numerosas ocasiones, no podía remediarlo. Se reñía a sí misma diciéndose que sólo eran aprensiones suyas, pero a veces… la presencia era demasiado real.
         A las diez y media hizo la primera parada para tomar un café y fumar un cigarrillo, aparte de la obligada visita al baño. La dueña del bar la conocía, pues era parada obligada para todos los del pueblo cuando iban a Madrid, y se empeñó en que probara el delicioso roscón que había hecho aquella mañana.
         -Está buenísimo, Fina –farfulló Mercedes con la boca llena.
         -Ya puede, usé huevos de los tuyos para hacerlo –rió la mujer -¿Vas a la ciudad? Qué peripuesta vas, chica.
         -Me voy a Madrid, hija. Unos cuantos días. Tengo cosas que hacer.
         Fina sacó veinte euros de la caja registradora.
         -¿Me compras un décimo en doña Manolita? Si tienes tiempo, ¿eh? Si no, pues nada.
         Mercedes cogió el dinero.
         -¿Qué terminación quieres? Ya sabes que es difícil elegir allí.
         -Bah, la que tú quieras. Tampoco es cuestión de ponerse repelente.
         Mercedes cogió el bolso y rebuscó dentro.
         -Bueno, sigo viaje. ¿Qué te debo?
         -Nada, hermosa. Invita la casa. Que tengas buen viaje.
***
         Nicolás y el Boss se hallaban en la Plaza Mayor observando con curiosidad los puestos de belenes.
         -Fíjate, Nicolás. Lo que más gracia me hace de los humanos es toda la suerte de explicaciones que inventan para darme origen -Cogió un Niño Jesús del pesebre de uno de los belenes, pero ante la furibunda mirada del vendedor, lo volvió a dejar en  su sitio -Probablemente se llevarían una buena sorpresa cuando supieran la verdad, ¿no crees?
         Nicolás no contestó, estando como estaba absorto en sus pensamientos. Llevaba toda la mañana hecho un manojo de nervios pensando en ella. No paraba de mirar el reloj, y eso que no estaba acostumbrado a él. De donde él venía, el tiempo y el espacio no existían.
         -Nicolás... ¿Me estás escuchando?
         El Papá Noel volvió a la realidad.
         -Perdona, Boss. Estoy un poco nervioso.
         -Bien puedes decirlo -el Boss sonrió -¿Cuánto tiempo estuviste esta mañana en el cuarto de baño acicalándote? Quizá sea un error eso de que tengas envoltura mortal sólo unos días al año, no sirve para nada más que para hacer aflorar tu vanidad terrenal.
         Nicolás miró al Boss con desagrado.
         -Anda, me vas a decir tú que no te gusta tener un poco de envoltura mortal algunos días al año, Boss. Aunque sólo sea por las comilonas que te metes.
         -Touché -contestó el Boss -He de confesar que comer es algo muy... agradable.   Sobre todo teniendo en cuenta que paso tan pocos días aquí que no me da tiempo a engordar.
         Nicolás encendió un cigarrillo. Estaba muy nervioso y necesitaba fumar.
         -¿Cuál es el plan para hoy? -preguntó.
         -Bah. Toma de contacto. Cuando llegue Mercedes nos iremos a comer a ese sitio donde hacen los huevos fritos, ¿cómo se llama?
         -Casa Lucio -Contestó Nicolás. Y a continuación, espetó -¿No te da vergüenza irte a Lucio con la hambruna que están pasando en África?
         El Boss enrojeció, cosa que le resultó sumamente desagradable. Había sensaciones humanas a las que nunca se acostumbraría.
         -Bueno, hombre... alguien se está ocupando de eso ya. Pues eso, iremos a los huevos estrellados o como se llamen y después haré yo unas gestiones. Vosotros podéis ir al hotel a poneros al día, no empezaremos en serio hasta el día siguente.
         Nicolás se mostró sorprendido.
         -Qué generoso por tu parte -su voz sonó peligrosamente meliflua -¿A qué se debe tanta comprensión y amabilidad?
         El Boss se encogió de hombros.
         -Ya te he dicho alguna vez que simpatizo con las pasiones humanas bastante más de lo que crees. Será mejor que estéis juntos unas horas y después tengáis los cinco sentidos puestos en la misión. Aunque este año no está demasiado difícil, me gustaría tener otro éxito rotundo, a poder ser sin que muera nadie. Los dos últimos años siempre se han saldado con víctimas, no sé cómo os las arregláis.
         Nicolás apagó el cigarrillo con el zapato. Se estaba empezando a enfadar.
         -Oye, oye, que eso no es culpa nuestra. No podemos estar en todas partes a la vez. En todo caso, será culpa tuya por elegir misiones con gente tan malvada dispuesta a liquidar a sus semejantes.
         El Boss optó por ser conciliador, entendía que Nicolás estaba nervioso. En ese momento sonó su móvil y, viendo de dónde procedía la llamada, se hizo a un lado.
         -Nicolás, sigue tú, ahora te cojo. Tengo una llamada.
         Y Nicolás siguió andando, ajeno a todo lo que no fuese pensar en su querida Mercedes. Ay, qué poco quedaba ya para abrazar a su chica.
***
         Unos kilómetros más adelante, la niebla hizo su aparición. Mercedes encendió los faros antiniebla con un gesto de fastidio. Era lógico, por esa zona se formaban muchas en aquella época del año, sobre todo si habían pasado varios días sin llover.
         Aminoró la velocidad y, en un instante, quedó deslumbrada por los potentes faros de un coche que estaba detrás del suyo y que parecía haber salido de la nada.
         -¿Pero será gilipollas...? -bramó.
         Por el retrovisor hizo un gesto para advertir al conductor de que estaba demasiado pegado a ella, pero éste hizo caso omiso. Entonces encendió los cuatro intermitentes y aminoró la velocidad. La niebla era cada vez más espesa. Miró hacia la línea blanca que delimitaba el arcén para no perder la orientación.
         Súbitamente, el coche empezó a adelantarla a velocidad supersónica. Mercedes tocó el claxon en señal de protesta. Vaya, y después decían que ella conducía como una loca. ¿A qué descerebrado se le podía ocurrir adelantar en aquellas circunstancias, con visibilidad cero, en línea continua? Empezó a sentir terror. El coche se perdió entre la niebla, se esfumó del mismo modo en que había aparecido.
         Mercedes encendió un cigarrillo. No le gustaba fumar en el coche pero entendía que en este caso estaba totalmente justificado. ¡Menudo animal, como para provocar un accidente!
         -¿Me das fuego, nena?
         El coche se le fue de las manos, invadió el carril contrario y, gracias a sus reflejos, recuperó su trayectoria. En el asiento del copiloto, el bello Héctor sostenía un cigarrillo entre los dedos y la miraba con aquella sonrisa desarmante.
***
         Lorenzo fue el que salió a su encuentro al llegar al hospital. Sólo con verle la cara, Nicolás supo que las noticias no eran buenas: estaba totalmente desencajado.
         -Ya estáis aquí, menos mal –Abrazó al Boss y después a Nicolás. Las lágrimas rodaban por sus mejillas sin que pudiera remediarlo.
         -Está mal ¿verdad? –preguntó el Boss. Prefería que Nicolás supiera la verdad desde el principio.
         Lorenzo se sentó y escondió la cara entre las manos.
         -Muy mal, ya es un milagro que no se matara en el accidente. Casi habría sido mejor ¿sabéis? El coma es irreversible, eso ha dicho el médico. Pobre Mercedes, me he hartado de decirle durante todos estos años que conducía demasiado deprisa.
         Nicolás tomó asiento junto a Lorenzo, totalmente desfondado.
         -¿Cómo pueden saberlo tan pronto? –preguntó el Boss –Se supone que la cosa fue hace sólo unas seis horas ¿no?
         Lorenzo clavó sus ojos enrojecidos en los del Boss.
         -No hay actividad cerebral, no hay la menor actividad cerebral. Es un vegetal, maldita sea. Ayer estaba llena de vida, vino a despedirse, estuvo jugando con el niño, estaba feliz porque iba a verte –se dirigió a Nicolás, que seguía petrificado –Todo es una mierda, maldita sea… -dio un fuerte puñetazo en la pared.
         Llegó Marián con un vaso de café y pasó su pequeña mano por el hombro de su marido. Tenía los ojos inyectados en sangre e hinchadisimos de tanto llorar.
         -Tranquilízate, Lore. Rompiendo el hospital no vas a conseguir nada. Hola, chicos –saludó al Boss y a Nicolás.
         -Quiero verla –anunció este último, saliendo de su ensimismamiento.
         -Está bien –Lorenzo se levantó –Te acompaño. ¿Vosotros venís?
         Marián miró fijamente al Boss.
         -No, ya llevo allí demasiado tiempo. Cristóbal se quedará a hacerme compañía. ¿Verdad, Cristóbal?
         -Por supuesto –replicó el aludido.
         Cuando vio desaparecer a los otros dos, Marián comenzó a hablar con una voz sorprendentemente fuerte y serena.
         -No me voy a andar con rodeos. Mercedes no saldrá de ésta. Está muy mal.
         El Boss asintió con la cabeza.
         -Hace un año, Cristóbal, tuve una experiencia muy extraña en la que no he querido pensar hasta ahora. Tú estabas presente.
         -¿De veras? –contestó el Boss, dispuesto a negar todo.
         -Sí, recordarás la noche en que confesé mi desliz con aquel… aquel… Héctor o como se llamara. Sufrí un desmayo.
         El Boss se mesaba la barbita y fruncía el entrecejo, fingiendo que estaba intentando recordar.
         -Mmmm, sí, ahora que lo dices algo recuerdo… es lógico que te desmayaras, estabas sometida a una gran tensión.
         Marián sonrió con tristeza. Sólo había una explicación lógica para lo que había pasado y ella la iba a verbalizar por primera vez.
         -Fue algo curioso que no sé cómo explicar, pero no fue un desmayo, no lo fue. Salí de mi cuerpo. Hubo un momento en que pude veros a todos y a mí misma en aquella habitación. Mercedes te sujetaba por las solapas y decía nosequé sobre la alteración del orden natural de las cosas y te suplicaba que me salvaras. Tú me pusiste una mano en la cabeza y, de repente, una fuerza sobrenatural me arrastró nuevamente dentro de mi cuerpo. Tú lo hiciste.
         Se quedó callada esperando la reacción del otro. El Boss habló por fin.
         -No sé de qué me hablas –contestó, intentando que no le temblara la voz –Probablemente tuviste una alucinación durante tu desmayo, no creo que sea infrecuente.
         Marián hizo caso omiso y le cogió una mano.
         -Bueno, yo te lo pido ahora, te lo estoy pidiendo ahora –lo miró a los ojos. Al Boss le costó sostenerle la mirada sin pestañear –Sálvala, Cristóbal. Sálvala como hiciste conmigo. Por lo que más quieras, haré lo que sea a cambio.
         El Boss suspiró.
         -Lo que tú pides es un milagro y yo no soy la persona apropiada. Lo siento, no puedo ayudarte.
         Se levantó y se dirigió a la habitación de Mercedes. Cuando abría la puerta escuchó el llanto de Marián.
***
         Nicolás abrió la puerta quedamente y asustado por lo que se iba a encontrar. Durante su larga vida había visto muchos enfermos, muertos y moribundos, pero ahora era distinto. La mujer que amaba estaba en aquella cama, llena de tubos, conectada a espantosas máquinas cuyo funcionamiento no comprendía. Entró muerto de miedo y se acercó a la cama. Lorenzo permaneció fuera, esperando. No quería romper el momento de intimidad de Nicolás.
         -Dios mío, Mercedes –musitó al tiempo que le cogía la mano inerte y la besaba con suavidad -¿Qué te ha pasado?
         -Nada de esto habría sucedido si no hubiera ido a encontrarse con usted –la voz de doña Dorinda salió de las profundidades de la butaca que estaba a la izquierda de la cama. Nicolás ni siquiera se había fijado. Se acercó a la anciana, se agachó frente a ella y le cogió las manos.
         -Lo siento, lo siento muchísmo. No sé lo que ha pasado, pero no me culpe, por favor. ¿Cree que yo deseo verla en este estado?
         Doña Dorinda lloraba mansamente, sin hacer ruido. Simplemente dejaba que las lágrimas resabalaran por su arrugado rostro.
         -Venga conmigo –dijo Nicolás cariñosamente, cogiéndola por los hombros –Necesita usted descansar un poco y comer algo.
         -Gracias, pero no podría. No quiero dejarla sola.
         En aquel momento entró el Boss, acompañado de Lorenzo.
         -Nicolás, tengo que hablar contigo –dijo a su subalterno –Doña Dorinda, lo siento terriblemente, créame –El Boss abrazó a la anciana, que se sintió inmediatamente confortada –Debería usted descansar un poco y comer algo.
         -Yo me encargo –intervino Lorenzo –La llevaré al piso de Mercedes. Marián se volverá al pueblo y yo dormiré con ella.
         -No, no… -protestó doña Dorinda –Mercedes no puede quedarse sola.
         -No se preocupe, nosotros nos quedaremos –dijo el Boss –Descanse esta noche.
         -Está bien –doña Dorinda se puso en pie –Necesitaré fuerzas, porque no me pienso mover de aquí hasta que ella no salga por esa puerta conmigo –sentenció.