LAS CHICAS DEL BLOG

MORGANA

SUZIE

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  • lo flipo con las series de TV: Prison Break, Heros…
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  • hago unos cócteles…
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aún quedan sitios mágicos...

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CASCADA DO XALLAS. ÉZARO. DUMBRÍA. A CORUÑA

CAÑONES DEL SIL. OURENSE

LA RÍA DE MUROS. A CORUÑA

miércoles 11 de noviembre de 2009

LA PRIMERA COMUNIÓN




Mariquita estaba preocupada porque no se sabía el Credo.

Había intentado memorizarlo toda la tarde, casi hasta provocarle lágrimas, pero no había manera. Al pasar de “creador de los cielos y la tierra”, era como si le pasaran por los ojos un velo muy espeso y se le olvidaba todo. O lo mezclaba con la Salve. Había sido capaz de aprenderse los Sacramentos, los Mandamientos de la Santa Madre Iglesia, el Padrenuestro y prácticamente se sabía toda la liturgia de la misa, pero con el Credo no podía. Intentó ponerle música, pero nada; hacer un dibujito al final de cada verso, y tampoco. Ya no sabía qué hacer. Y mañana se lo iban a preguntar, seguro, porque el cura de la catequesis era muy estricto para eso.

Su madre asomó la cabeza y la vio sentada en la cama como los indios, con el cuello forzado.

-Mari… déjalo ya, hija. Tenemos que ir a probar el vestido.

Mariquita se levantó de un brinco. Por lo menos el día tendría algo agradable, el vestido de la comunión era precioso, seguro que iba a ser el más bonito de toda la ceremonia. Parecía una novia con él, y su abuelita le decía que tenía que estar muy contenta porque iba a casarse con Dios. Mariquita no entendía muy bien aquello de casarse con Dios, pero bueno.

Además, le habían prometido una fiesta estupenda después, hasta iba a venir una empresa de animación con payasos y todo. Su abuelita le iba a regalar un ordenador, la verdad es que iba a tener un montón de regalos. ¡Ay! A cambio sólo tenía que aprenderse el Credo, no era para tanto.

La modista ajustó alfileres a la cintura de Mariquita y le dijo a su madre:

-Esta niña está adelgazando, Lola. Mira: medio centímetro desde la última prueba.

-Es que está nerviosa con el tema de la comunión. –Respondió la madre, mirando a su pequeña novia con arrobo.

Para ser sinceros, hay que decir que la pobre Mariquita no entendía nada. ¿Qué era eso de “Dios es Padre, Hijo y Espíritu Santo”? ¿Por qué Dios era una paloma y dos personas? ¿Qué quería decir lo de “Renuncias a Satanás y todas sus tentaciones”? Pues claro que renunciaba, Satanás era malo, todo el mundo lo sabía.

Había otras cosas que se escapaban a su entendimiento, pero no se atrevía a preguntar. A Mariquita le parecía que la vida en el cielo tenía que ser muy aburrida. ¿Qué hacían en todo el día? Allí no había tele, ni juegos de ordenador, ni nada… ¿Se dedicarían a mirarse unos a otros? Tampoco comían, al parecer, y a Mariquita le encantaba la tortilla de patata que hacía su abuela, y los dulces y helados. Además, si uno se moría… ¿Se quedaba para siempre anclado en la edad con la que había muerto? Si era así, Mariquita no quería morirse de vieja, porque iba a estar muy fea.

La prueba del vestido terminó y fueron a comprar los zapatos. Su madre eligió unos muy bonitos de charol blanco. Su abuela le había comprado el rosario y el devocionario. Su tía, los recordatorios. Pero Mariquita no las tenía todas consigo, tenía miedo de hacerlo todo mal el día en cuestión. Y eso que iba a hacer la comunión con catorce niños más, y seguro que el tonto de Hugo, de 3º C, se equivocaba porque siempre estaba pensando en otra cosa y el Padre Miguel le reñía cada dos por tres.

Mariquita intentó memorizar el Credo hasta la una de la madrugada a la luz de la linterna, porque se suponía que a las diez de la noche tenía que estar durmiendo. Acabó quedándose dormida con la linterna encendida y se le gastó la pila. En el colegio estuvo todo el día nerviosa pensando en la catequesis de las cinco y casi no atendió a las conversaciones del patio. Su amiga Lara también se había probado el vestido el día anterior y estaba presumiendo de lo bonito que era y de lo preciosa que iba a ser su fiesta.

Fátima, que era musulmana y no hacía la comunión, estaba celosa y le dijo a Lara, con esa voz repelente de las niñas que repiten como loros lo que oyen a sus madres:

-¿Y con qué van a pagar tus padres la fiesta? Porque le oí decir a mi madre que tu padre está en el paro y no tiene un duro.

Lara le sacó la lengua y le dijo:

-Tonta, la paga el cerdito.

Entonces Fátima se enfadó porque nombrar el cerdo a los musulmanes está mal visto y empezaron a pegarse. La maestra de cuarto las separó y castigaron a Fátima cuando preguntaron a los niños el motivo de la discusión. Y de paso, informaron a Lara de que lo que había querido decir era “crédito” y no “cerdito”, aunque ninguno de los niños sabía qué significaba eso.

Por la tarde, Mariquita empezó la catequesis muerta de miedo. Antes de que le tocara el turno tuvo que ir al baño a vomitar por los nervios, pero consiguió decir el Credo todo de corrido sin equivocarse y se sintió muy orgullosa de sí misma.

Aquella noche Mariquita estaba viendo las noticias con su familia durante la cena y vio cómo en una aldea del Amazonas una tribu intentaba enterrar viva a una niña porque tenía una discapacidad. Por fortuna, su hermano la había salvado. Entonces Mariquita no lo soportó más y preguntó:

-Abuela… Si Dios es bueno ¿por qué permite que pasen estas cosas?

La cucharada de sopa que estaba a punto de meterse la abuela en la boca se quedó en mitad de su trayectoria. Se tomó su tiempo para contestar.

-Porque es la voluntad de Dios, queridita.

-Sí, pero… -Mariquita quería saber, necesitaba saber. -¿Por qué Dios quiere que nos pasen cosas malas, como que se muriera el abuelo o que el papá de Lara no tenga trabajo? No lo entiendo, abuela.

Intervino la madre:

-Mariquita, has acabado de cenar ¿verdad? Pues despídete de todos y vete a la cama.

Mariquita obedeció e intentó no pensar más en ello. Nunca le daban una respuesta satisfactoria cuando preguntaba algo así.

Ya en la cama, Mariquita empezó a darle vueltas a otra cosa que le preocupaba: ese día el Padre Miguel les había dicho que la semana que viene se tendrían que confesar para hacer la Primera Comunión la siguiente. Cuando explicó el proceso, Mariquita sintió angustia, porque aparte de que le daba vergüenza hablar a través de una cortina con alguien con quien no tenía confianza, no sabía qué decir. Ella pensaba que no había hecho nunca nada malo, bueno, una vez se le pinchó la rueda de la bicicleta porque pisó un cristal sin darse cuenta y dijo que ya se la había encontrado así, eso era una pequeña mentira, pero aparte de eso… todo el mundo decía que era muy buena. ¿Se iba a tener que inventar pecados que no había cometido? Eso era mentir y era pecado.

Llegó el día de la confesión, y Mariquita seguía sin saber qué iba a decir. Se acercó al confesionario temblando y con un nudo en el estómago. Después del “Ave María Purísima” de rigor se quedó callada, así que el Padre Miguel decidió echarle un cable.

-¿Haces los deberes, Mariquita?

-Claro. –Contestó ella. –Todas las tardes.

-¿Obedeces a papá y mamá?

-Sí.

-¿Te llevas bien con tus amigos?

-Sí, a veces discuto un poco con Lara, pero sí.

Tras el “Ego te absolvo…” Mariquita volvió transfigurada por el alivio. Se juró a sí misma, desde la madurez de sus nueve años, que jamás volvería a pasar por aquello.

Por fin llegó el día de la comunión, el día que su abuela había dicho que iba a ser el más importante de su vida. Mariquita estaba muy guapa y muy nerviosa, y se colocó en su sitio en el presbiterio, con sus catorce compañeros. De vez en cuando sonreía a sus padres y a su abuela, que estaban en la primera fila. No se enteró de nada hasta que empezó la ceremonia de la comunión en sí. El cura, que no era el Padre Miguel sino otro mucho más importante, hizo la pregunta:

-¿Renunciáis a Satanás…?

Mariquita tenía una congoja muy grande y un nudo en el estómago, no sabía lo que le pasaba. Cuando todos contestaron a coro: “sí, renunciamos” Mariquita no se unió a la contestación y sólo se escuchó su sollozo. Todo el mundo se quedó perplejo mirando para ella.

-Niña ¿Qué te pasa? –Preguntó el sacerdote con tono algo duro. -¿No quieres recibir a Dios?

Mariquita casi no podía hablar, pero sacó fuerzas de algún sitio y contestó:

-Dios es malo.

Un murmullo de desaprobación recorrió las nave en toda su extensión. Sus compañeros miraron a Mariquita con cara de miedo, menos Hugo, que se moría de risa.

-Pero ¿qué dices niña? ¿Cómo va a ser malo? –Dijo el sacerdote.

-Sí lo es. –Contestó Mariquita llorando. –Deja que muera la gente y que pasen cosas muy malas. Y para hacer la comunión hay que aprenderse de memoria cosas muy raras que no entiendo y no sé para qué sirven y contar los pecados y me da vergüenza.

-¿Entonces no quieres hacer la comunión? –Volvió a preguntar el cura.

La madre de Mariquita ya se había acercado al presbiterio y le rogó al cura que la dejara hablar con su hija.

-Mari… ¿No quieres hacer la comunión? ¿Después de haber gastado tanto dinero en este vestido tan bonito y en la fiesta? ¿No quieres la fiesta y los regalos? Mira que si no haces la comunión no habrá regalos.

Claro que Mariquita quería la fiesta y los regalos, pero no podía hacer algo que no entendía y que le parecía tan raro.

-Mamá, si Dios fuera bueno… pero no lo es. La gente se muere y el papá de Lara no tiene trabajo y sus papás han pedido un cerdito para la comunión.

Ahora la desaprobación del auditorio se convirtió en carcajadas, y los padres de Lara y la propia Lara se ruborizaron.

Intervino el padre. La cara del cura era un poema, estaba furioso.

-Mariquita, hija. Si no quieres hacerlo no pasa nada, daremos la comida de la fiesta a los pobres y el vestido se corta y se tiñe de otro color ¿vale? ¿Lo quieres azul o rosa?

-Rosa… -Murmuró la acongojada niña sonriendo un poco.

-Y por los regalos no te preocupes. –Continuó el padre. –Si sigues siendo buena y sacando buenas notas yo te compraré el mejor ordenador, pero no quiero que hagas la comunión si no estás convencida. ¿De acuerdo? -Y le tendió la mano.

Mariquita ya iba a dársela cuando el cura rugió, enfadadísimo.

-¡Pecadora! ¡Irás al infierno!

Mariquita retrocedió asustadísima, entonces su padre agarró al cura por la casulla y le dijo:

-Vuelva a decirle a mi hija una cosa así y le pegaré un puñetazo que le pondré la nariz en la nuca. ¿Qué manera es ésa de asustar a una pobre chiquilla? ¿Y ustedes predican la bondad y la caridad? Anda ya. –Se volvió hacia su hija.

-Mariquita, cariño, no hagas caso de lo que dice este señor, porque el infierno no existe, y si existiera las niñas buenas como tú no van a él, te lo digo yo que soy tu padre y no te miento nunca. ¿Verdad que no te miento nunca?

La niña sonrió nuevamente, ahora con más ganas.

El padre tomó a su mujer del brazo y a su hija de la mano, y los tres bajaron las escaleras del altar con toda la dignidad del mundo. Al pasar por la primera fila, se dieron cuenta de que la abuela ya no estaba.

-¿Y tu madre? –Preguntó el padre a su mujer.

-Se habrá marchado abochornadísima, supongo. –Contestó la madre airada. –Qué vergüenza, con la ilusión que le hacía a la pobre mujer la comunión de la niña, ahora no podrá salir de casa en meses.

-Pues si le hacía ilusión que la hubiese hecho ella, en vez de manipular a la pobre niña con gilipolleces. Ya os dije que esto me parecía una solemne estupidez.

Mariquita salió de la iglesia con la sensación de haberse sacado un gran peso de encima.

FIN

martes 3 de noviembre de 2009

ME LLAMO JUAN PALOMO: YO ME LO GUISO, YO ME LO COMO

-Profe, ¿Vas a salir a tomar café?

-Sí. ¿Por qué?

-¿Te importaría traerme un donut? –y la alumna de 4º de ESO deposita una moneda de dos euros en la palma de mi mano.

Mi alumna de 4º de ESO no puede salir en el recreo a comparse un refrigerio porque, según la ley, los alumnos de secundaria, aún teniendo 16 años, no pueden abandonar el centro escolar sin la compañía de sus padres o tutores bajo ningún concepto. Como no quiero que la niña se me duerma en la siguiente clase por falta de azúcar en sangre, le compro el donut. Hasta ahí todo correcto, pero…

Mi alumna de 16 años no puede comprar un paquete de cigarrillos, porque la ley antitabaco se lo prohíbe. Mi alumna de 16 años, no puede tomarse una copa porque nadie le venderá y/o servirá alcohol por ley, pero mi alumna de 16 años sí puede tomar ella solita, sin consultar con nadie, en plan Juan Palomo, la decisión de interrumpir su embarazo. Y yo me pregunto… ¿En qué extraña y, sobre todo, contradictoria sociedad vivimos? Por un lado, se potencia un proteccionismo excesivo hacia los adolescentes que concluye con una absoluta falta de autonomía personal por parte de los mismos. Por otra, se les dota de una capacidad de decisión para la que no están preparados en absoluto.

No voy a entrar aquí en un debate sobre aborto sí o no, ampliación de supuestos sí o no. Soy partidaria del aborto libre en las fases más iniciales del embarazo, y punto. Pero no puedo entender que una criatura casi por hacer e, imagino, en grado extremo de confusión, pueda tomar ella sola la decisión tan terrible y tan tremenda de abortar sin consultarlo con sus padres. Abortar o no es una de las disyuntivas más espantosas, si no la que más, a la que se puede enfrentar una mujer, tenga 16 años, 20 ó 40. Me puedo imaginar a esa pobre adolescente muerta de miedo, sin saber qué hacer ni a dónde ir, sin tener las ideas claras, sin escuchar el consejo de alguien que la quiera y que tenga más capacidad para enseñarle a ver los pros y los contras de la decisión que está a punto de tomar. Si la chica decide abortar, ese día tendrá que faltar al colegio y para ello necesitará el permiso de sus padres. Si no se justifica la falta al centro escolar, se llamará a casa para saber por qué la alumna ha faltado al instituto y se pedirá un justificante médico. Consecuencia: los padres se acabarán enterando, de una forma u otra, de que su niña ha abortado. Porque, les recuerdo, los chicos hasta los 16 años tienen que estar escolarizados obligatoriamente. Por lo tanto, la decisión del gobierno de Zapatero de dotar a las chicas de 16 años de autonomía plena para abortar, es incongruente y se contradice con otras quince mil que otorgan autonomía cero patatero para las cosas más nimias y sencillas, como salir en el recreo a comprar un bocadillo. Claro está, si la chica va a la esquina a comprar golosinas puede ser violada por un extraño, o mantener relaciones sexuales con su novio durante la media hora de descanso. ¿Y qué más da? pregunto yo, si después puede ir a abortar sin el menor problema. Pues para eso, que la dejen salir y me ahorran a mí el tener que comprarle el donut, coño. Si la consideran madura para practicar sexo (y no niego que lo sea) ¿por qué no lo es para salir a la hora del recreo, entre otras muchas cosas? Que alguien me lo explique, que yo soy muy obtusa. O por lo menos, lo soy para el gobierno del señor Zapatero, por lo que se ve.


viernes 23 de octubre de 2009

HASTA SEPTIEMBRE







1
Como todos los años, Pedro fue a buscar las notas la mañana del 23 de junio. Como todos los años, llevaba un nudo en el estómago. Pero la diferencia esta vez era que el nudo había crecido alarmantemente, como un embarazo psicológico. El niño aplicado de antaño se había convertido en un adolescente rebelde de dieciséis años, y aunque había apretado lo suyo en el último mes, mucho se temía que no iba a pasar limpio. Y eso suponía un verano de condenación, porque sus padres eran tremendamente estrictos con el tema de las notas.
Sus peores temores se confirmaron cuando le entregaron el boletín: cuatro asignaturas para septiembre. Dos eran una chorrada, pensó Pedro con desprecio: informática y música, eso se sacaba con la gorra… pero las otras dos eran lengua y matemáticas, cosa que podía comprometer y mucho su titulación en septiembre. Y lo haría, porque Pedro no había tocado un libro en todo el año de ambas asignaturas, y no tenía la menor intención de hacerlo en verano, tenía planes mucho más atractivos, como, por ejemplo, dedicarse a su reciente novia, Laura, la más guapa y deseada del colegio.
Notas en mano, Pedro se dirigió a casa de su amigo Julián, lo que se dice un verdadero crack de la informática, que en un periquete le proporcionó un boletín falsificado por el módico precio de cien euros, como llevaba haciendo todo el curso. A Pedro no le importó invertir todos sus ahorros en el ingenio, las notas que figuraban en el nuevo boletín eran tan buenas que sus padres y abuelos lo cubrirían literalmente de billetes de veinte. Esa noche podría llevar a Laura a todas las atracciones de la verbena de San Juan. Como aún le sobraba algo de sus ahorros, hizo una parada en casa de su amigo Eloy para comprarle veinte euros de hachís con vistas a fumárselo con su novia esa noche, a ver si había suerte y con la fumada conseguía rendirla de una maldita vez. Laura era muy mona, sí, pero tremendamente tradicional para algunas cosas.
-¡Qué maravilla de notas, hijo! Ven que te bese –exclamó su madre cuando le enseñó el boletín. Durante diez minutos, Pedro tuvo que soportar besos, caricias y carantoñas. Pero todo valía con tal de que su madre le aflojara algo. Entre el padre y ella consiguió cien euros. Pedro sonrió satisfecho: había recuperado su inversión.
Pasó la tarde recaudando por las casas de tíos, abuelos y padrinos y, cuando llegó la noche, fue a buscar a Laura y se fueron juntos a la verbena.
-¿Te han montado mucha bulla? –preguntó Laura, que sí sabía las verdaderas notas de Pedro.
-Qué va… no te preocupes y vamos a divertirnos.
Subieron a todas las atracciones y se unieron al botellón más cercano. Uno de los de su clase comentó que algunos profesores andaban por ahí divirtiéndose en la verbena. Otro dijo que no sabía que los profesores conocieran el significado de la palabra diversión y todos se rieron. Pedro se sintió aburrido y propuso a Laura dar una vuelta para fumar un canuto con tranquilidad. Ella aceptó y se dirigieron a un sitio oscuro, un poco a desmano de la pista que llevaba al campo de la feria.
Pedro sacó una china y se dispuso a quemarla, pero entre que soplaba viento fuerte y que no dejaba de ir y venir gente, acabó perdiendo la paciencia.
-Mira, vete un rato con tus amigas y ya te iré a buscar cuando esté hecho –propuso a Laura –Buscaré un sitio más tranquilo y con menos viento. Liaré cinco o seis y ya tenemos para toda la noche.
Laura estuvo de acuerdo y se perdió en el bullicio de la fiesta. Pedro echó a andar sin rumbo fijo durante un buen rato, hasta que llegó a un claro donde ¡por fin! estaba completamente solo. Se sentó en una piedra de las que marcan los lindes y se dispuso a completar su trabajo, cuando unas risitas lo interrumpieron. Venían de no muy lejos, hacia la izquierda.
Orientándose gracias a la débil luz de la luna, Pedro se acercó sigilosamente al lugar de donde procedían las risas y su sorpresa fue mayúscula.
Una pareja reía y se abrazaba sentada en el bocal de un pozo de piedra, única construcción en aquel claro. La luna los iluminó. Entonces Pedro no tuvo la menor duda de quiénes se trataban: eran el profesor de lengua y la profesora de matemáticas. Distinguió sus cabezas rubias juntas. Pedro solía decir: “son tan guapos como hijos de puta”.
Pedro se resguardó en una zona oscura y esperó acontecimientos.
-Estoy muy contenta, este año ha suspendido muy poca gente –decía ella.
-Sí, yo también he cargado a muy pocos –contestó él –Sólo a los que realmente se lo merecían. Pedro, por ejemplo: no ha hecho nada en todo el curso. Espero que se pase todo el verano hincando codos.
-¡Pues si vieras lo majo y estudioso que era hace unos años! Se ha estropeado completamente, qué pena –continuó la profesora.
-En fin, olvidémonos de ellos y concentrémonos en nosotros –le dijo él con una voz cargada de insinuaciones.
Pedro notó cómo la sangre empezaba a hervirle desde su escondite. Ni por un momento pensó que si sus notas habían sido nefastas todo era culpa suya por no estudiar. Y se cegó, fue como si una mano gigantesca le hubiese arrebatado el cerebro de repente. Aprovechó un apasionado beso de la pareja para abandonar su escondite, dirigirse a ellos, cogerles los pies y arrojarlos al pozo. Todo ello le llevó menos de un minuto.
Se oyeron unos gritos y un chapoteo. Pedro esperó, aguardó a escuchar síntomas de lucha, peticiones de socorro. Pero no oyó nada. Sólo el silencio.
Pedro esperó unos minutos y, dándose por satisfecho, se marchó a encontrarse con su novia.
-Cúanto has tardado –le recriminó ésta en cuanto lo vio.
-Tuve… tuve que irme bastante lejos, tenía miedo de que pasaran mis padres o mis tíos en cualquier momento –balbuceó Pedro.
-Vamos a mi casa, Pedro. Mis padres no están –respondió Laura echándole los brazos al cuello.
En cuanto Laura lo abrazó, Pedro sintió que una náusea gigantesca lo invadía, crecía en su interior y subía por su esófago. Tanto tiempo esperando y ahora que se lo ponían en bandeja de plata, tenía ganas de vomitar. ¡Pero si casi no había bebido!
Pedro se sintió por un momento al borde de la muerte y vomitó escandalosamente lo que le parecieron litros de algo verde y pegajoso encima de su novia, que al instante tuvo aspecto de moco gigante. Laura empezó a chillar como una loca, la gente se acercó a ver que pasaba y Pedro, muerto de vergüenza, aprovechó para escabullirse. Se dio cuenta de que, para él, la fiesta había terminado.

2
Fue la humedad en la cama lo que despertó a Pedro a la mañana siguiente. Contempló atónito las sábanas mojadas. ¡Pero si él no se hacía pis en la cama desde que era un bebé! Cogió las sábanas y las tiró en la cesta de la ropa sucia del baño. A pesar de todo, seguía teniendo la vegija a reventar, así que aprovechó el viaje.
Sofocó un grito cuando vio que la orina estaba teñida de sangre. En ese momento, su madre llamó a la puerta:
-Hijo, Laura al teléfono.
Menos mal, creía que después de lo del día anterior no iba a querer saber más de él. Se puso al teléfono y escuchó las torpes excusas de Laura para comunicarle que a partir de entonces les iba a resultar dificilísimo verse. Pedro supo leer entre líneas: Laura lo estaba despachando. En cierto modo, lo entendió; él también habría despachado a una novia si lo hubiera cubierto de vómitos verdes.
A partir de entonces, todo fue mal. Laura empezó a salir con Jose, el hasta entonces mejor amigo de Pedro. A Pedro le daba ganas de vomitar verlos tan acaramelados y enamorados. La verdad es que ya no sabía si era eso lo que le daba náuseas, porque desde la famosa noche de San Juan vomitaba todos los días, incluso varias veces. También orinaba sangre todas las mañanas y se hacía pis en la cama. Entonces adquirió el convencimiento de que iba a morir. No sabía cuándo ni cómo, pero decidió enclaustrarse en casa a esperar el momento.
-No sé qué haces metido en casa todo el día con el buen tiempo que hace –refunfuñaba su madre –Sal y diviértete, vete a la playa con tus amigos.
-No me apetece –dijo Pedro con voz lúgubre –Prefiero quedarme a estudiar… ir adelantando para el año que viene.
La madre salió del cuarto de su hijo a punto de reventar de orgullo. ¡Con las notazas que había sacado y quería estudiar para el año que viene…! Tenía que contárselo a todas sus amigas.
Si Pedro estaba arrepentido de lo que había hecho, imposible saberlo. Nunca le daba tiempo a pensar en ello. Cuando no estaba vomitando se estaba cambiando de ropa, pues su vejiga se había convertido en una especie de manguera que soltaba chorro sin avisar. Los primeros días anduvo ojo avizor a ver si la prensa decía algo. Efectivamente, los periódicos y la televisión se hicieron eco de la misteriosa desaparición de ambos profesores. Se denunció el hecho y la policía, la guardia civil e incluso los vecinos estaban haciendo batidas por los montes buscándolos. Cada vez cobraba más fuerza la teoría de que habían huido juntos por algún motivo, aunque nadie sabía con certeza si mantenían algún tipo de relación. Pedro rezaba para que el tiempo se mantuviera lluvioso y el pozo no se secase, pues en ese caso el hedor de los cuerpos llamaría la atención.
Durante su encierro autoimpuesto, Pedro intentaba entrar en internet y mantener lo que le quedaba de su ya patética vida social por lo menos entrando en tuenti y en algún chat, ya que allí no sería evidente si vomitaba o se meaba. Pero, curiosamente, internet también le falló, de tal manera que sólo tenía acceso a las páginas de noticias y a las de información, enciclopedias, etc. Se estaba volviendo loco, esperando la muerte mientras se meaba y echaba la pota continuamente, se dijo a sí mismo.
Otro horror más se vino a sumar a los ya conocidos: unos días después, Pedro se despertó por la mañana con la cama mojada, como siempre, y además con el cuerpo cubierto de unos escarabajos asquerosos y negros. Esta vez sí chilló con todas sus fuerzas y su madre acudió al punto.
-Eso es alguna invasión de bichos, cariño –explicó –Anda, si te has hecho pis y todo del susto.
Pedro sólo gritó aquella mañana; cuando a la siguiente el fenómeno insecto se repitió, ya lo tenía asumido. Sabía de sobra que no era más que otra señal de que el momento de su fin se acercaba. ¡Pero no podía seguir pensando en ello sin volverse loco! De un manotazo, en un rapto de desesperación, tiró todos los libros del estante superior del armario y uno de ellos le cayó en la cabeza. Era el libro de matemáticas.
Pedro pensó que en algo tenía que ocupar su tiempo para no enloquecer y cogió el libro, abrió una página de ejercicios y se puso a hacer problemas. No le parecieron tan difíciles como durante el curso y, por lo menos, pasó la mañana con cierta tranquilidad. Después de comer, y tras vomitar y mearse por encima como de costumbre, decidió probar con un poco de lengua en vez de con los números y consiguió estar toda la tarde analizando poemas renacentistas sin hacerse pis ni una sola vez.
La situación fue mejorando en los días siguientes hasta casi normalizarse. Tanto, que un día Pedro quedó con sus amigos para ir a dar una vuelta, pero nada más llegar se meó y tuvo que volverse antes de que nadie se diera cuenta. Así que decidió enclaustrarse otra vez y no salir nunca jamás hasta que le llegase la muerte. Y como no sabía en qué gastar su tiempo, retomó el estudio.

3
A finales de agosto Pedro seguía vivito y coleando. No se sabía nada de los profesores y él casi estaba curado de sus extraños males. Como los exámenes se aproximaban, se aventuró a presentarse, a ver si había suerte y su vejiga y su estómago se comportaban decentemente. Total, no tenía ya nada que perder. Llamó a un amigo que le informó de las fechas: serían el uno de septiembre.
La noche del 31 de agosto Pedro se acostó con la conciencia tranquila. Quizá moriría, sí, pero se sabía las cuatro asignaturas de repapilla, llevaba dos meses sin salir, ya no consumía alcohol ni drogas, se había vuelto un buen chico.
Entonces se dio cuenta de la terrible verdad. Había matado a dos personas. Y sin motivo, porque la culpa de sus supensos, ahora que llevaba las asignaturas bien preparadas, sólo había sido suya. No podría vivir con aquel remordimiento. Decidió que haría los exámenes y después… después lo más digno era el suicidio. Pero ya lo pensaría cuando acabase las pruebas.
Hacía calor aquella noche y Pedro durmió con la ventana abierta. Su sueño fue agitado y a las tres de la mañana se despertó notando otra vez humedad. Se tocó el pijama y vio que estaba seco, qué raro. Encendió la luz de la mesilla y notó que todo el suelo estaba mojado. Levantó la vista hacia la pared y entonces los vio. Exhaló un grito ahogado y se retrepó en la cama, cubriendo su cuerpo con la almohada a modo de protección.
Los que antaño habían sido sus bellos profesores permanecían de pie tranquilamente, mirándolo con sus cuencas vacías. No eran más que esqueletos con una piel muy fina adherida, los cabellos blancos y estropajosos y la ropa hecha jirones. Pedro los observaba fascinado y aterrorizado a la vez. Entonces un ruido horrible procedente de la ventana abierta le hizo mirar en esa dirección: miles de escarabajos estaban entrando en la habitación. La profesora de matemáticas extendió sus huesudas manos hacia él, y Pedro entendió perfectamente la orden.
-Está bien… estoy preparado.

4
La débil luz de la mañana despertó a Pedro a las siete. Se quedó perplejo. No sabía que los muertos dormían.
A continuación, un hedor repulsivo inundó la habitación. Pedro comprendió enseguida lo que había pasado y todavía alucinó más. Tampoco habría imaginado que los muertos se orinaban y otras cosas peores.
Abrió los ojos del todo y observó los contornos. Seguía en su habitación. Alargó la mano y cogió el abrecartas en forma de sapo que tenía desde niño. Se pinchó la mano y le dolió. Eso quería decir que estaba vivo, pensó.
Intentó levantarse y algo, un peso muerto, se le cayó del pecho. Horrorizado, comprobó que se trataba de un diccionario y una calculadora. No eran suyos.
Entonces recordó que era la mañana de los exámenes y decidió empezar a funcionar: ya pensaría en todo eso después. Se dirigió penosamente a la ducha y, además de asearse, lavó las sábanas y el pijama. Aireó la habitación e hizo la cama. Ni rastro de escarabajos.
Tras desayunar y dejar una nota diciendo que había ido a dar un paseo, se dirigió al colegio. Estuvo mucho rato en la puerta pensando quién demonios se encargaría de hacer y corregir los exámenes de lengua y matemáticas. No tenía ni idea de cómo se hacía en esos casos. También estaba preocupado por si se hacía pis o tenía náuseas durante las pruebas.
Sonó el timbre y Pedro se dirigió al aula correspondiente. Aprovechó los últimos minutos para repasar para el examen de matemáticas. Un taconeo en el pasillo le informó de que alguien venía a examinar.
-Pedro… ¿te encuentras bien? –Era la profesora de matemáticas quien se dirigía a él sacudiéndolo por los hombros. Ella… con su melena dorada y su sonrisa radiante. ¿Cómo había logrado salir de aquel pozo?
-Sí, profesora. Por mí podemos empezar.
El examen comenzó y Pedro se quedó atónito al leer el planteamiento del primer problema:
-Si el diámetro del bocal de un pozo es de 1 m…
¿Estaba de broma? Demasiada casualidad. Pedro la miró de soslayo y le pareció que ella le sonreía.
El examen constaba de diez problemas y absolutamente todos versaban sobre pozos, ya fuesen de trigonometría, de geometría o de ecuaciones de segundo grado.
Al entregar el examen, que por cierto le había salido bastante bien, Pedro no sabía si hablar con la profesora o no, pero ella se le adelantó.
-¿Qué tal el verano, Pedro?
-Este…bue… bien, profesora. Es… tudiando, ya ve. ¿Y el… suyo?
La profesora le guiñó un ojo.
-En fin… algo pasadillo por agua, qué le vamos a hacer.
Pedro se dirigió al siguiente examen completamente anonadado.
A última hora, hizo el examen de lengua. Ya no le sorprendió ver al profesor de siempre al frente de la prueba, ni le hizo el menor efecto ver que todas las preguntas del cuestionario tenían algo referente a un pozo, ya fuese decir su significado, descomponerlo en monemas, o hablar sobre la metáfora del pozo en la obra de Federico García Lorca.
Tampoco le llamó la atención que el profesor se interesase por sus vacaciones cuando entregó el examen.
-Bien, profesor. Estudiando mucho. ¿Y usted?
-Bueno… no han sido lo que yo me esperaba. Las podría calificar de… desconcertantes, sí.
-Verá, es que como dijeron que había usted desaparecido, pues…
-Oh, eso –el profesor hizo un gesto como para quitar importancia al asunto –Pero tú y yo sabemos que no fue así ¿Verdad?
Pedro no supo qué contestar y se alejó. El profesor se despidió con la mano.
-Adiós, Pedro.
-Adiós, profe.

5
Pedro aprobó en septiembre con sobresalientes en todas las asignaturas y sus padres jamás se enteraron de que había suspendido en junio. Aprendió la lección: al año siguiente fue el primero de la promoción. No volvió a plantearse durante un tiempo si lo de la noche de san Juan y todo lo ocurrido ese verano había sido un sueño, real o producto de su imaginación. Decidió llevar una vida tranquila y sencilla y no meterse en líos.
Una tarde se encontró con los profesores de matemáticas y lengua por la calle. Él ya estaba estudiando en otro centro.
-Hola, Pedro –dijeron a la vez. Iban cogidos de la mano.
Pedro los saludó con una mezcla de miedo, respeto y timidez. Ellos hicieron como que no se daban cuenta y charlaron jovialmente. Le contaron que iban a casarse y que se habían comprado un terreno cerca de donde él vivía.
-¿Sabes cuál es? –preguntó el profesor –Ése que está cerca de la explanada donde se hace la fiesta de San Juan… ¿Sabes cuál te digo?
Pedro sintió un estremecimiento y creyó percibir un brillo extraño en las pupilas del profesor.
-Creo que sí sé cuál es –respondió –Pues enhorabuena.
-¿Te gustaría regalarnos algo por la boda? –preguntó la profesora con descaro.
-¿Yo? –la confusión de Pedro llegó a extremos inimaginables –Pues… claro. ¿Algo en especial?
La profesora sonrió.
-Pues mira, ya que lo dices… no nos vendría nada mal una de esas tapaderas de metal para cubrir el pozo… es tan peligroso… pero claro, eso tú ya lo sabes ¿No?
-¿Yo? –Pedro enrojeció -¿Por qué debería yo saberlo?
-Hombre, a los niños siempre se les dice que no se asomen a los sitios peligrosos. Tu mamá te lo habrá dicho de pequeño.
Pedro bajó la mirada y entonces reparó en los pies de la profesora. Llevaba sandalias y en el pie derecho sólo tenía tres dedos.
-¿Qué le ha pasado?
-Oh, nada… una mala caída que tuve hace tiempo. Caí en un sitio de difícil acceso y al intentar salir, me rompí los dedos por varias partes y me los tuvieron que amputar. Una tontería.
Pedro palideció esta vez.
-Cuánto lo siento.
-No me cabe la menor duda, gracias.
-Tengo que irme –Pedro fingió consultar su reloj –Espero verles de nuevo.
-Ten por seguro que así será, querido muchacho –dijo el profesor dándole unas palmaditas en el hombro. A partir de ahora seremos vecinos.
Pedro se alejó consternado. Semejante proximidad le ponía los pelos de punta. Aún así, apuró el paso, iba a llegar tarde a su clase de matemáticas.


FIN

domingo 18 de octubre de 2009

ASESINATO EN LA COCINA II: VENGANZA Y SACRIFICIO



-Cuéntanos más, Chefo.
Por una vez en la vida, Thermo estaba callada e instaba a hablar a otro, vaya milagro.
Thermo esperó la continuación con avidez, moviendo sus cuchillas en velocidad uno.
-Es un sitio horrible, no tengo más que decir –continuó Chefo lúgubremente –Hace frío, hay bichos raros, la electricidad va fatal… ¿Para qué quieres saberlo si lo vas a comprobar por ti misma dentro de un par de horas?
El ama asomó la cabeza y fijó su vista en las tres máquinas, ahora juntas encima de la mesa.
-En quince minutos nos vamos –anunció con su acostumbrado tono autoritario.
Un año después del “affaire thermomix” y de haber ganado el concurso de cocina con máquinas, el ama estaba de todo menos relajada. A consecuencia del mismo, una editorial la había contratado para publicar un libro con las recetas ganadoras y unas cuantas más de acompañamiento. Henchida de vanidad, el ama había aceptado el encargo pensando que le iba a dar tiempo de sobra para cumplirlo, pero hete aquí que quedaba menos de un mes para entregar las recetas y aún le faltaban unas cuantas por experimentar. Entre el trabajo y el cuidado de su familia se veía pillada de tiempo, y su estrés y mal humor crecían día a día. Así que decidió pedir un mes sin sueldo y retirarse a acabar las recetas con sus tres máquinas a una casita que tenía perdida en la montaña. Cuando les comunicó su decisión, Chefo, que iba a aquella casa todos los veranos, puso el grito en el cielo.
-Ama, no, por favor… es un sitio horrible y aburridísimo.
El ama frunció el ceño.
-Vale… tú realmente no tienes por qué ir, casi no te voy a necesitar. Puedes esperar mientras en casa de mi madre.
La sola mención de la madre del ama hizo que Chefo se callara inmediatamente. Pensó que, por lo menos, estaría con sus amigas, así que decidió no insistir más y dejar de quejarse.
El gato de la casa, un animal grande y negro de ojos verdes, se subió limpiamente a la mesa y frotó su peluda cabeza contra la chefo, ronroneando con fruición. Ésta giró su pala de amasar con disgusto.
-Y para colmo, éste también viene… el ama dice que será útil para los ratones –rezongó.
-¿Ratones? –G despertó de su sueño eterno con un respingo -¿Hay ratones allí? ¡Odio los ratones, Chefo! ¡Ya lo sabes! ¡Los odio desde el día que…!
La GM se calló de repente, recordando el pacto de silencio que había entre las dos sobre aquel asunto.
Por lo menos no tendremos que ver a esta presumida –Continuó la chefo mirando hacia la nueva adquisición con disgusto.
La bonita cafetera Nespresso, que se había unido a la familia en enero, se echó a reír. Tenía muy buen humor y aceptaba con alegría las bromas y pullas de sus compañeras. La llamaban Ness. Bueno, menos la chefo, que la llamaba el monstruo del lago Ness.
-Os echaré de menos, chicas –dijo –Creo que George va a venir a verme mientras estéis fuera.
Thermo se echó a reír ante la broma, pero las otras dos simplemente la ignoraron. Todavía no habían aprendido bien del todo la lección del año anterior, y los celos se apoderaban de ellas con facilidad, sobre todo de Chefo. El pecado original y capital de G seguía siendo la pereza, así que mientras la dejaran dormir, todo iba bien.
-Vámonos –dijo el ama cogiendo al gato por el cogote y metiéndolo en su transportín. Thermo, por favor, a la bolsa.
Las otras dos contemplaron con envidia cómo una sumisa Thermo se dejaba introducir en su bolsa acolchada de diseño exclusivo, con su nombre y todo. La chefo y la GM irían a pelo en el coche, en el maletero.
-Por lo menos no tendremos que oírla cantar durante todo el viaje –dijo G a su amiga a modo de consuelo. Y nosotras podremos ir cotorreando a nuestras anchas.
Pero el ama llevaba tal cantidad de cosas para para pasar aquellos quince días que no había sitio para ellas en el maletero, así que tuvieron que acomodarse las tres en el asiento de atrás junto al gato, que de inmediato empezó a ronronear cuando la chefo se puso a su lado.
Thermo comenzó a quejarse desde su encierro, se aburría y quería estar con las demás. Tan pesada se puso que hubo que abrirle la cremallera.
-Pero si cantas te abandonaré en una cuneta, lo juro –amenazó el ama.
-¿Y hay otras máquinas allí con las que jugar, Chefo? –preguntó la Thermo ilusionada.
-Psss, las que fueron desterradas cuando tú llegaste, así que no creo que te reciban muy bien: la picadora, la batidora… y además la cafetera, la que había antes de que llegara Ness.
-Hay muchas máquinas de jardín –intervino el ama mientras se incorporaba en la autopista.
-Es cierto –corroboró Chefo –Un cortacésped odioso que hace mucho ruido, hace más ruido que tú, Thermo… y una desbrozadora también y… -Chefo se estremeció –Una motosierra horrible, grande, con muchas cuchillas, me da mucho miedo. Se llama Texas. Pero nunca entran en casa, ninguna de ellas –añadió con alivio.
-De todos modos no vamos a jugar, Thermo –dijo el ama –Os recuerdo que vamos a trabajar de firme. Hay que hacerlo si queremos ver ese libro publicado.
La GM gimió con disgusto ante esta declaración y se encogió todo lo que pudo en el asiento.
El viaje duraba una hora y media y las máquinas miraron el paisaje con curiosidad. Pasaban por pueblos y más pueblos, lugares que se les antojaron muy aburridos, con poca gente en las calles.
-¡Menudo despoblamiento! –murmuró Thermo asombrada.
-Pues espera a que lleguemos –protestó Chefo –No tenemos ninguna casa alrededor ¿Verdad, ama? Sólo unos vecinos a unos doscientos metros que tienen un perro odioso.
-En eso reside el encanto de la casa, Chefo –contestó el ama –Es un lugar para descansar, aislado del mundanal ruido.
El ama no lo confesaba, pero pasaba un miedo cerval durmiendo sola en aquella casa, no lo podía remediar. Y tres máquinas y un gato no la iban a hacer sentirse más protegida.
-¿Y no echarás de menos a tus trogloditas, ama?
El marido y el hijo del ama se habían quedado en la ciudad, obligados por sus quehaceres. Las máquinas suspiraron aliviadas al enterarse, el niño era muy travieso y siempre les estaba haciendo perrerías diversas.
-No. Voy centrada en trabajar –Contestó el ama tajantemente.
De repente, la chefo exclamó asombrada:
-Mira, ama… el polígono industrial. Qué avanzado está, han construido mucho desde la última vez que vine por aquí.
-Pues sí, empezará a funcionar en breve –contestó el ama mirando a su vez las grandes naves industriales que estaban a ambos lados de la carretera. Eso quiere decir que estamos llegando, chicas.
Las máquinas se aplastaron contra las ventanillas para ver mejor. Enfilaron la carretera secundaria hacia la casa, el ama se detuvo delante de un portón y se bajó a abrirlo. En ese momento el gato, que venía mareado, vomitó encima de Chefo, que se puso furiosa.
Una vez arreglado el estropicio, las máquinas miraron hacia lo que iba a ser su hogar durante los próximos quince días. Una finca enorme y agreste se extendía ante su vista, sólo interrumpida por la casita, situada en mitad del terreno. Se dirigieron a la puerta de entrada; unos metros más allá, había una pequeña piscina.
-No está mal, ama –dijo la thermo –Ahora, supongo que no tendrá muchas comodidades ¿eh?
-Para lo que tú estás acostumbrada, no –contestó el ama –Vamos dentro, hace frío y tengo que encender el fuego.
La diminuta casa tenía una planta baja con salón-comedor-cocina, un dormitorio pequeño y un cuarto de baño. Arriba estaba el dormitorio de los amos.
El ama liberó al gato, colocó las máquinas encima de la mesa del comedor y se dispuso a encender la estufa de leña. Afortunadamente, había una buena provisión de troncos.
-Qué frío hace, ama –protestó G –y eso que sólo estamos a mediados de octubre. Esto en diciembre tiene que ser horroroso.
-Venga, menos quejarse y vamos a instalarnos –contestó el ama.
***
La primera semana transcurrió sin novedad. Las cuatro se pasaban el día cocinando hasta caer rendidas. Las máquinas no paraban de protestar: hacía frío, la luz funcionaba mal, el gato era un pesado… fue una prueba de paciencia para el ama, que se liberaba una hora todos los días cuando iba a hacer la compra al pueblo más cercano con el coche.
Hacía mucho frío para esa época del año, cosa que desagradaba a las máquinas. Se quejaban de la mucha humedad que había en aquel sitio, y el ama no hacía más que alimentar la chimenea de la mañana a la noche, con la cabeza como un bombo por las incesantes quejas de aquellas tres… afortunadamente, las recetas iban viento en popa y el libro podría salir en la fecha prevista.
El ama se relajaba por las noches viendo la tele con un gin-tonic en una mano y un cigarrillo en la otra. El gato se sentaba en su regazo. Era el único momento de paz del día, hasta que…
-Ama –intervino Thermo con voz plañidera –nosotras también queremos ver la tele.
El ama torció el morro disimulando su disgusto. ¡Era lo que le faltaba! Ni siquiera de noche la iban a dejar en paz. Ya estaba abriendo la boca para contestar cuando…
-Eso, eso –apoyó Chefo –o si no, nos pondremos en huelga.
-O lo haremos todo mal –intervino G despertando de su enésima siesta.
-O cantaré todo mi repertorio –afirmó Thermo.
Así que la pobre mujer no tuvo más remedio que acomodar a las tres máquinas en un sofá, mientras ella se sentaba en el otro con el gato, que la abandonó para arrimarse a Chefo en cuanto pudo.
-Quítame esta bola de pelos, ama, por Dios –protestó la chefito.
Una vez satisfecha la petición, el ama se acomodó en el sofá, pero poco le duró la tranquilidad.
-Ama, ese programa es un rollo… yo quiero ver “El coche fantástico” –dijo la chefo.
-No, ama, mejor pon alguna serie donde salgan máquinas buenorras –contestó la thermo.
-¿Es que acaso el coche fantástico no es una máquina buenorra, pedazo de tonta? –la chefo se ofendió muchísimo.
-¿A quién estás llamando tonta, baratillo? –la thermo empezó a girar las cuchillas.
El ama hizo lo único que podía hacer: apagó la televisión y se fue a la cama. A veces odiaba a aquellas pequeñas estúpidas, no lo podía remediar. Se quedó dormida enseguida, estaba agotada. El gato se enroscó a sus pies y aún se durmió antes que ella.
Un chillido penetrante, espeluznante, mortificante, la despertó de su plácido sueño a eso de las cuatro de la mañana. Ama y gato pegaron sendos respingos con el corazón a cien. El ama buscó a tientas la luz y bajó las escaleras de dos en dos, casi se abrió la cabeza en el tramo final.
-¿Qué pasa, por Dios, qué pasaaaa? –chilló el ama encendiendo la luz de la planta baja y preparada para encontrarse cualquier cosa.
Todo estaba tranquilo salvo G, que chillaba y giraba la válvula completamente histérica, mientras Thermo y Chefo intentaban tranquilizarla.
-Noooooooo, quitad a ese bicho de ahíiiiiii –seguía berreando la GM.
-Ha visto un ratón, ama –explicó la chefo.
El susodicho estaba ahora entre las garras del gato, que se había abalanzado sobre él en cuanto lo había visto. El ama rescató al ratón cogiéndolo por el rabo, lo que hizo que el bicho empezara a chillar con más fuerza que la olla si cabe, abrió la puerta de la casa y lo soltó, dejando al felino con dos palmos de narices.
-Problema arreglado ¿Puedo seguir durmiendo?
Los chillidos de la GM se habían convertido en hipos y sollozos. Viendo que la cosa iba para largo, el ama abrió un mueble, cogió una botella de coñac y vertió un chorro más que generoso en la cubeta de la olla.
-A ver si esto te calma –le dijo.
Las otras dos miraron a la olla con envidia.
-Ama, a nosotras no nos vendría mal un traguito de eso ¿eh? Que aún tenemos el susto en el cuerpo, caray.
El ama sirvió coñac a todas y también a sí misma. Se sentó y encendió un cigarrillo. Se había desvelado.
-Perdón, ama –dijo la GM cuando consiguió tranquilizarse –No soporto los ratones, no lo puedo remediar.
-¿Pero cuándo habías visto tú antes un ratón, alma cándida? –el ama sonrió –Si eres carne de asfalto, mujer.
Viendo que la olla no contestaba, la chefo decidió hacerlo por ella, ya era hora de que se enfrentasen al trauma.
-Ama, la noche aquélla del año pasado, cuando te contamos que un montón de thermomix nos habían asaltado y nos habían metido –se estremeció –alimañas dentro. A G le metieron ratones. No nos creíste, dijiste que lo habíamos soñado. Desde entonces G y yo tenemos pesadillas con frecuencia.
-Sí, es cierto –corroboró Thermo –muchas veces se despiertan sobresaltadas.
El ama suspiró y se sirvió más coñac. Viendo cómo la miraban, sirvió también a las máquinas.
-Todo es culpa mía –manifestó con pesar.
-¿Cómo puede ser eso, ama? –inquirió Chefo con curiosidad.
El ama miró a todos lados avergonzada. Evitaba mirar a las máquinas.
-Fue un escarmiento… no lo soñásteis. Contraté un servicio especial para daros un susto. Parece que funcionó.
-¡Oh, ama! –gimió G -¿Cómo pudiste hacerlo? ¿Tú sabes el miedo que pasamos esa noche? A Chefo hasta le metieron culebras y todo.
-¡Me rompisteis una thermomix, G! –gritó el ama enfadadísima –Una máquina carísima y maravillosa, todo por vuestros estúpidos celos… la dejásteis inservible. ¡Estaba furiosa! ¡Y no os quejéis, que podíais haber acabado en el desguace!
Thermo, que asistía atónita y muda al coloquio, intervino.
-Pero… ¿Cómo se te ocurrió? No creo que esos servicios vengan en las Páginas Amarillas, precisamente.
-No… -el ama se sirvió otro coñac, empezaba a tener los ojos vidriosos –fue idea del Inspector Tilla. Él conoce una empresa que se dedica a esas cosas, todo puro teatro, por supuesto. Atrezzo y montaje.
-Oh, qué simpático el Inspector Tilla –escupió la chefo con desprecio –Ama, sírvenos más y acaba la botella, total para lo que queda…
-¿Os cargásteis una thermomix? –inquirió Thermo -¿Y yo llevo un año viviendo con vosotras, asesinas? ¡Podríais haber hecho lo mismo conmigo, malvadas!
-No, no, no, no… de ninguna manera, Thermo –dijo G apresuradamente –Tú eres estupenda, pero la otra… era mala ¿sabes? y… orgullosa.
-Es cierto, Thermo –la chefo acudió en ayuda de su amiga –Era perversa, siempre estaba diciéndonos cosas horribles, que nos iba a matar con las cuchillas en cuanto nos quedáramos dormidas, que éramos basura, que iba a descuartizar al gato…
El minino se acomodó al lado de su adorada chefo en cuanto se sintió aludido, frotando la cabeza contra sus paredes. Como la chefito estaba un poco borracha ya, se lo permitió.
-Tú eres muy buena, Thermo… muy buena, te queremos muchísimo, de verdad –dijo la GM arrastrando las palabras. Estaba claro que había llegado al punto de borrachera llamado “exaltación de la amistad”.
-Siento haberlo hecho –continuó el ama –Pero la otra opción era deshacerme de vosotras y no quería... Y no estaba dispuesta a que pasara lo mismo con la siguiente thermomix, de ninguna manera. Pasásteis miedo, sí, pero creo que aprendisteis la lección.
-No sé si podré perdonártelo, ama… fue un trauma muy grande –dijo la chefo muy seria.
-Si empezamos así, yo no te perdono que me rompieras la thermomix, mira tú –dijo el ama tajante, aunque con una voz espesísima.
-Haya paz –Terció la Thermo –O me pongo a cantar el chiki-chiki.
Hubo una gran algarabía ante estas palabras.
-¡Eso! –gritaron ama, chefo y G a la vez, a cual más beoda -¡El chiki-chiki! Venga, cántala.
Pasaron la siguiente hora cantando y bebiendo, hasta que el ama palideció y dijo:
-Y ahora, os lo advierto: hasta mañana a las doce por lo menos no quiero saber nada de vosotras.
Y, al borde del coma etílico, se derrumbó en el sofá y se quedó dormida en el acto.
***
La mañana siguiente fue espantosa para las cuatro, tenían una resaca monumental. La GM y la thermo lo tenían fácil, se desintoxicaron con agua hirviendo, una con el varoma y la otra con la válvula de presión, pero la chefito cocinaba lento y no tenía esa suerte. En cuanto al ama, a la hora de haberse levantado ya llevaba encima varias aspirinas y litro y medio de agua.
-Día de talleres –proclamó el ama –Hoy no se trabaja, no sé ni dónde tenéis los botones.
-Bieeeen –respaldaron las legañosas máquinas en tono bajo. Les dolían los circuitos.
Todo fue silencio en la casa hasta las cinco de la tarde. Dormitaban mientras por la ventana se filtraba la luz del débil sol de finales de octubre. Ese día hacía muchísimo frío y la pobre estufa estaba trabajando a destajo.
La paz fue perturbada por la horrísona melodía china del timbre de la puerta.
-Nooooooo –gritó la chefo. ¿Quién puede venir a dar la vara a este rincón solitario del mundo, por Dios?
El ama se asomó a la ventana.
-Es Lucía. Con Rex.
-¿Quién es Lucía, quién es Rex? –preguntó la GM saliendo de su estado de coma.
-La pelma de la vecina y su espantoso perro –gruñó Chefo.
-Chefo… -advirtió el ama –no seas grosera. Lucía es muy simpática y muy amable, así que haz el favor de comportarte.
-Sí, ama –repuso la chefo con humildad.
A pesar de no estar en su mejor momento, el ama recibió a su vecina encantada de la vida, llevaba diez días hablando sólo con máquinas y era agradable ver un rostro humano para variar. Acarició a Rex y le dio una galleta. El gato bufó y desapareció escaleras arriba en cuanto vislumbró al perro. No soportaba a los perros… horribles animales sucios y ladradores, pensó.
Lucía traía una bolsa de deportes muy grande y pesada. La depositó en el suelo. Tras los pertinentes saludos, se explicó.
-Resulta que mi marido ha traído este cacharro a casa y yo no sé cómo se usa, y como a ti te gustan estas cosas pues… he venido a que me eches una mano.
Hurgó en la bolsa y sacó una thermomix. Las máquinas la miraron con curiosidad.
-Vaya –dijo el ama –Es la misma que tengo yo, mírala. ¿Y no trae libro de instrucciones?
-Es que la consiguió de segunda mano o no sé qué –dijo Lucía –Le costó baratísima, dice.
-Bueno, no es muy difícil de manejar. Pongámonos manos a la obra y te explico cuatro cosas básicas.
El ama enchufó la thermo y le dio al ON. En el momento en que el display se encendió, sus propias máquinas pegaron un respingo. Intentaron contenerse, fieles al pacto que tenían con el ama de no hablar delante de terceras personas.
Durante la siguiente hora el ama enseñó a Lucía a elaborar varios platos básicos, apuntándole las recetas en una libreta. Al final, la vecina se marchó sin quedar convencida del todo sobre el uso que le iba a dar a la máquina.
-Ya sabes que lo mío es la cocina de leña y el puchero… no me veo yo con este chisme, la verdad.
-Bueno, dale un tiempo, mujer. Ya verás como te hace algún servicio.
Nada más salir Lucía y Rex por la puerta, las máquinas se revolucionaron.
-Dios mío… -murmuró chefo girando su pala.
-Chefo… Era ella ¿VERDAD? –susurró G.
-Sí que lo era ¿Pero cómo es posible? –repuso la chefo, casi hablando más para sí misma que para las demás.
Intervino el ama
-¿De qué estás hablando, Chefo?
-Ama –el tono de la chefo era dramático –la thermo de tu vecina es tu thermo, es decir, la que nosotras te estropeamos.
El ama la miró asombrada.
-¡Pero no puede ser, mujer! ¡Si le quemásteis el motor!
Ahora intervino Thermo. En cuanto empezó a hablar, las tres la miraron boquiabiertas. El tono frívolo y tontín de su voz se había esfumado, parecía otra máquina, mucho más madura.
-Eso no tiene nada que ver, se cambia el motor y listo. Pero el alma permanece.
-¿El alma? –se burló el ama -¿Es que acaso ahora las máquinas tienen alma?
-Ama, es una forma de hablar ¿Vale? Quiero decir que todas las máquinas tienen un talón de Aquiles, una zona sensible que las puede aniquilar si la tocas… y sólo una thermomix sabe cuál es el talón de Aquiles de otra thermomix.
-Ojiplática me dejas, Thermo –murmuró el ama.
La thermo continuó.
-Y sí que es ella. Las chicas tienen razón.
-¿Pero cómo puedes saberlo? Tú no la conociste, Thermo –dijo G
-Nosotras podemos comunicarnos en frecuencias inaudibles para el resto –contestó la Thermo con tono erudito –Nada más encenderse, la muy… dijo: “Os voy a matar. A las tres”.
G y Chefo se echaron a llorar.
-Me di cuenta en cuanto la encendieron… ese display MALÉVOLO… hasta creo que me pegó una pequeña descarga eléctrica –lloriqueaba Chefo.
-Lo mismo me pasó a mí, noté cómo un escalofrío me recorría todos los circuitos –corroboró la GM.
-Pero… ¿Por qué quiere matarte a ti, Thermo? –preguntó el ama –Tú no le has hecho nada.
La Thermo se echó a reír
-¿Cómo que nada? Sustituirla… ¿Te parece poco? Con lo orgullosa y rencorosa que es, para ella el motivo está justificado.
El ama se quedó pensativa.
-No veo que tengas ningún miedo.
-No tengo por qué –contestó la thermo muy segura de sí misma. Si intenta algo, estaré preparada. Ya en el almacén se comentaba que había por ahí muchas thermos recicladas que se vendían a muy bajo coste.
El ama cogió el móvil.
-En cualquier caso, voy a llamar al Inspector Tilla. Tiene que saber esto.
Pero el Inspector no estaba. El ama dejó un mensaje en su buzón de voz.
-Mejor que nos vayamos a dormir, chicas. Tenemos el cerebro un poco embotado. Mañana seguro que pensaremos con más claridad.
La chefo comenzó a aullar.
-¿Pero te crees que vamos a poder dormir con el problemón que tenemos? Yo personalmente no pienso pegar ojo, pueden venir a asesinarnos en plena noche.
-No te preocupes, Chefo –dijo la Thermo –Yo me quedaré de guardia y velaré porque no os pase nada. Os lo prometo.
Y así transcurrió la noche sin incidencias.
A la mañana siguiente, el ama recibió una llamada telefónica. al otro lado del hilo, una voz de hombre le informó de que el Inspector Tilla estaba de vacaciones, y que él era el encargado de sus casos hasta su vuelta. Prometió pasarse por su casa esa misma tarde a última hora, dada la gravedad de lo que le estaba contando.
Las máquinas respiraron aliviadas ante esta noticia. Por lo menos vendría alguien que sabía qué hacer.
El espantoso timbre chino anunció la llegada del Inspector. El ama corrió a abrirle la puerta. Se quedó boquiabierta cuando vio en el umbral a un hombre bastante desaliñado de unos treinta y cinco años.
-Buenas tardes, señora. Hablamos por teléfono esta mañana –saludó mientras entraba en la casa –Sustituyo al Inspector Tilla, que está de vacaciones. Mi nombre es Inspector Pedo.
Las máquinas se echaron a reír con una risita estúpida e infantil. La misma ama tuvo que llevarse la mano a la boca, tanto para que no se viese su sonrisa como para mitigar el mal olor que el hombre desprendía. Verdaderamente hacía honor a su nombre, pensó el ama.
-Dada la gravedad del asunto, no he querido dejar pasar ni un día para venir aquí –dijo el Inspector sentándose en el sofá. Media docena de moscas revoloteaban perpetuamente sobre su cabeza. El gato olisqueó al Inspector y salió disparado escaleras arriba.
-¿Qué diantre está sucediendo, Inspector? –preguntó el ama sirviéndole café y cogiendo un cenicero de la cocina.
-Mmmmm, verá: nos han llegado soplos de que hay una buena partida de thermomix recicladas circulando por ahí, como la suya… les cambian el motor por otro de peor calidad, las tunean un poco y las venden a bajo precio, ya sabe… después resulta que la máquina no corta bien, o no bate bien, o lo que sea. Si la máquina de su vecina procede de esa partida, sería interesante hacerla hablar un poco, a ver si da pistas. Usted sería la persona idónea para eso.
-Pero… ¿Qué puedo hacer yo? No lo veo claro –repuso el ama sorbiendo el café.
-Hombre, acérquese a la máquina con la excusa de ayudar a la vecina a cocinar algún plato e interróguela… prométale algo, una casa mejor, no sé.
-Bueno –dijo el ama –Voy a llamarla entonces. Discúlpeme, tengo que ir fuera, aquí no hay cobertura.
El ama aprovechó para respirar aire fresco mientras hablaba con Lucía. Entretanto, el Inspector Pedo vació su café en el vaso de la Thermo, que no se atrevió a moverse.
-Puaf, qué café más asqueroso –dijo el Inspector limpiándose con el revés de la manga.
Entró el ama.
-He hablado con Lucía, dice que mañana no va a estar en casa porque, como es 1 de Noviembre, tiene una ruta de cementerios por varios pueblos de la zona, tiene que visitar a sus familiares fallecidos y a los de su marido, pero que me deja la llave debajo del felpudo para que experimente yo lo que quiera con su thermo. Así que haré lo que pueda.
-Perfectamente entonces –contestó el inpector Pedo levantándose –Llámeme cuando sepa algo, por favor.
El ama prometió que así lo haría y suspiró aliviada cuando el Inspector y su séquito de moscas se alejaron en la negrura de la noche. Hacía un frío polar, casi de nieve, impropio de aquella época del año. El invierno no tardaría en llegar. La noche del 31 de octubre se presentaba inquietante.
-Qué hombre más desagradable –dijo G.
-Y antipático –murmuró la cafetera desde su rincón –Dijo que mi café es asqueroso. Se lo vació a Thermo en el vaso.
-¿De veras? Ahora te limpio, Thermo –dijo el ama.
-No importa, ama. No hay prisa –contestó la aludida.
A primera hora de la noche, el gato desapareció. Al ama le llevó más de una hora encontrarlo, muerto de miedo y de frío en la copa de un árbol, y bajarlo. Regresó furiosa a casa con el minino en brazos.
-Estoy re-ven-ta-da –anunció bostezando. Me voy a la cama.
-Buenas noches, ama –contestaron educadamente las máquinas.
-Buenas noches, chicas. Thermo ¿Te quedarás de guardia?
-Descuida ama, claro –contestó la thermo con voz menos jovial de lo habitual.
-Hasta mañana entonces, niñas.
***
Al día siguiente el ama se despertó con la boca seca y la cabeza espesa, cosa que achacó a haber dormido demasiadas horas seguidas. En cuanto abrió los postigos, el resplandor de la nieve castigó sin piedad sus pupilas aún dormidas. Contempló atónita el bonito paisaje invernal y se dispuso a avivar el fuego, convertido en rescoldos durante la noche.
Con el gato pegado a sus talones se dirigió a la cocina a prepararse un café fortísimo, porque todavía estaba muerta de sueño. Estaba trasteando con la cafetera cuando el micho comenzó a maullar lastimosamente.
-¿Qué pasa, hombre? Si tienes comida ahí, no sé por qué lloras. ¿Aún te dura el susto del árbol?
Por toda respuesta, el gato se encaramó encima de la mesa. Entonces el ama entendió por qué maullaba.
-¿Dónde diantre están mis máquinas? –murmuró el ama.
Sólo la thermo permanecía en su sitio. El ama se dirigió frenética hacia ella y la encendió con energía.
-Thermooooooooo, despiertaaaaaaa –gritó desesperada.
Pero la thermo no respondía. El ama conectó la velocidad turbo para despertarla. Al salir disparadas las gotas de café del día anterior se dio cuenta de que la había dejado sin lavar, así que la enjuagó en abundante agua fría y la colocó en la base de nuevo. Entonces la thermo habló.
-¿Qué ha pasado, ama?
-¡No lo sé! –gimió el ama –Chefo y G no están…
-Culpa mía –musitó Thermo –Ayer me quedé dormida en vez de vigilar, no me lo perd…
No pudo acabar la frase, el ama se había dado cuenta de que el gato se había colocado en el lugar que solía ocupar la chefo y que se frotaba contra una hoja de papel. La cogió y, al leer el contenido, exhaló un grito ahogado.
-Mira, Thermo, aquí dice: “Jamás las volverás a ver” –Y estalló en lágrimas.
-Mis máquinas, mis pequeñas, dónde estarán, qué habrá sido de ellas, Dios mío…
-Ama, cálmate –dijo la thermo.
-A saber lo que harán con ellas, pobrecitas, las desguazarán…
-¡AMA! ¡CÁLLATE!
Ante la tajante orden de la máquina, el ama se calló.
-Hazme un favor –continuó la thermo –Mira en mi base. Tiene que haber impresas tres letras mayúsculas.
El ama hizo lo que la thermo le pedía.
-Sí –contestó colcándola otra vez en posición horizontal –Una especie de acrónimo, pone algo así como B.E.T. ¿Qué significa eso?
-Brigada de Exterminio Thermomix –contestó Thermo con tranquilidad.
El ama miró a la thermo sin comprender.
-Ama, tómate un litro de café y fúmate uno de esos cigarrillos apestosos que tanto te gustan, anda. Lo vas a necesitar.
Como hipnotizada, el ama se sirvió un café y se sentó a beberlo despacio mientras fumaba un cigarrillo, esperando las explicaciones de la máquina que hasta entonces había tenido por frívola y tonta.
-Verás, ama… yo no caí en tu casa por casualidad –comenzó la Thermo usando un tono grave y serio, muy alejado del que utilizaba para sus habituales chistes y canciones –Fui seleccionada para formar parte de la brigada, con una misión concreta.
-¿Y esa misión era…?
-Estar atenta por si tu antigua thermomix se ponía en contacto con vosotros y, en ese caso, proceder a su exterminio. Esa máquina forma parte de una partida defectuosa, mal programada. Son máquinas, como dijo Chefo ayer, malvadas y con instintos asesinos. La cosa empezó el año pasado, cuando se detectó un aumento espectacular de maquinicidios. Tu máquina no fue la única en no adaptarse bien a su nuevo hogar… lo normal era que acabasen siendo borradas del mapa por el resto de electrodomésticos de la cocina, como hicieron las tuyas.
El ama escuchaba atentamente.
-O sea, que la máquina era mala desde el principio ¿Eh?
-Efectivamente, lo era. Si las tuyas no llegan a… anularla, por así decirlo, a saber lo que hubiera hecho en tu casa, no me lo quiero ni imaginar. En fin… como ya te dije ayer, no mueren del todo. Alguien de la propia empresa se dedicó a arreglarlas como pudo y a ponerlas otra vez en el mercado. Y eso no es lo peor…
El ama no se atrevía a respirar.
-Sabemos desde hace tiempo que hay una banda de facinerosos que secuestra máquinas con la intención de mandarlas a algún tipo de explotación laboral: países subdesarrollados, hoteles de todo incluido de medio pelo… las explotan hasta la muerte y después las desguazan. Mucho me temo que eso es lo que les ha pasado a Chefo y a G.
El ama se puso histérica.
-¡Tenemos que encontrarlas antes de que sea demasiado tarde! Oh, Dios… si les pasa algo no me lo perdonaré jamás.
-Tranquila, ama. Aún tenemos tiempo… primero hay que intentar reconstruir lo que pasó aquí esta noche. ¿Está forzada la cerradura?
-No –murmuró el ama tras inspeccionar la puerta.
-Vale… alguien tiene llave de esta casa. ¿Hay pisadas en la nieve?
-Pues tampoco –contestó ella tras asomarse a la ventana –Pero pudo nevar después de que se las llevaran.
-Cierto. Tampoco podemos preguntar a la cafetera si vio algo, puesto que está desenchufada, es una pena. Lo mejor es que te vistas. Vamos a salir.
-¿A dónde? –El ama estaba desarmada por el aplomo de la Thermo, que dominaba completamente la situación.
-A casa de tu vecina, dijiste que hoy no iba a haber nadie. Vamos a interrogar a esa pequeña malvada… o mucho me equivoco, o ella sabe de sobra dónde están tus máquinas. Llévate un alargador de corriente y un ladrón. Voy a necesitar electricidad para hacer mi trabajo.
No había ni un alma en las casas colindantes. El ama supuso que todo el mundo estaba visitando los cementerios. Mucho mejor, pues los perros de los vecinos ladraron estruendosamente en cuanto las vieron llegar. El ama cogió la llave del felpudo y abrió la casa de Lucía, muy caldeada gracias a la enorme cocina bilbaína que presidía la estancia. La malvada thermo estaba sobre la encimera y movió las cuchillas en cuanto la vio entrar.
-Vaya, hombre… qué visita taaaan agradable, ama.
El ama se acercó a la thermo, llevando la otra en su bolsa de transporte. La depositó en el suelo.
-Voy a preguntártelo una sola vez, perversa: ¿Dónde están mis máquinas?
La thermo se echó a reír con una risa maligna y escalofriante.
-Donde jamás las encontrarás, donde recibirán lo que se merecen. Eso es.
-Eres una máquina muy mal…
En cuanto el ama tocó a la thermo, ésta le dio tal descarga eléctrica que la tiró al suelo. El ama se levantó furiosa, entonces se dirigió a la bolsa, la abrió, colocó a Thermo en la encimera y la conectó a un enchufe cercano. La thermo malvada giró sus cuchillas.
-Pero…
-¿Sorprendida de verme? –Preguntó Thermo con aquella voz jovial y chillona que el ama conocía tan bien –Ama, coge aquél paño de cocina, colócaselo en el bocal y siéntate encima. Actuará de aislante.
El ama se sentó encima de la thermo, que no se inmutó.
-Dinos dónde están las máquinas, por favor –pidió Thermo con voz tranquila.
-¡Y una mierda! ¿Por qué iba a tener que hacer eso? Total, supongo que me vas a exterminar.
-Cierto, pero no hay necesidad de que sufras más de lo estipulado. Y si no cantas de plano, te torturaré antes –Al ama le subió un escalofrío por la espalda al recordar que tenía su trasero sobre la pérfida Thermomix.
-Bah, bah, bah… tortura. Anda ya, mira qué miedito tengo.
-Vale, tú lo has querido –contestó Thermo.
Y, acto seguido, empezó a interpretar como sólo ella sabía una espeluznante versión del “Chiki, chiki” que provocó las risas de la otra.
El ama empezaba a vislumbrar en qué consistía la tortura aquélla, y se le ocurrió sugerir:
-¿Y AC/DC?
-Probemos –contestó Thermo a la vez que comenzaba su particular interpretación de “You shook me all night long”, subiendo una octava sobre el tema original. La mala se meneó un poco, pero tampoco hizo efecto.
Entonces el ama se bajó de la máquina y susurró algo en las ranuras de ventilación de Thermo. Su display se iluminó de alegría.
-Pues claro, ama, qué lista eres. Ya no hace falta que te subas. Por última vez, maldita máquina… ¿Dónde están Chefo y G?
-En el culo de tu madre, están –contestó la otra con muy malos modales.
Thermo se echó a reír.
-Ahora te voy a enseñar yo educación, vacaburra. Atiende: Te envío poeeeeemas de mi puño y letraaaaaaaaaaaa…
Thermo siguió cantando a pleno pulmón la odiosa canción. La thermo no reaccionó al principio, pero enseguida empezó a mover las cuchillas subiendo cada vez más la velocidad. Daba igual, el horroroso cántico se oía por encima de la velocidad turbo de su enemiga. Todos los perros de las casas vecinas comenzaron a aullar lastimosamente. Entonces se escuchó en la tétrica cocina:
-¡Para, por Dios! ¡Paraaa! ¡Hablaré! ¡Es insoportableeeeeeee!
Thermo dejó de cantar.
-Te escuchamos.
-Vuestras pequeñas idiotas están en una nave industrial no muy lejos de aquí –Les explicó la forma de llegar –Lo que no entiendo –continuó dirigiéndose a Thermo –es por qué tú no estás con ellas… dejé muy claro que os tenían que secuestrar a las tres, así se lo dije.
-Tonta del culo, habría llamado demasiado la atención –contestó Thermo, que a continuación dijo al ama:
-Ama, me gustaría que me esperaras fuera. Tengo que acabar lo que he venido a hacer.
El ama comprendió que Thermo no quería que ella estuviese presente mientras se deshacía de la otra definitivamente.
-Pégame una voz cuando termines –contestó el ama –Pero no con Juanes, por favor.
Cinco minutos después el ama estaba recogiendo a Thermo. La metió de nuevo en su bolsa y cerró la puerta, dejando la llave en su sitio.
-Vamos a buscarlas.
-Un momento –contestó Thermo –Primero hay que organizarse. Habrá que esperar a que se haga de noche, seguramente habrá un vigilante y habrá que neutralizarlo. Vamos a necesitar ayuda.
-¿Pero quién nos va a ayudar aquí, mujer? Si esto es el quinto pino…
-Piensa, ama… ¿a quién conoces que estaría dispuesto a hacer cualquier cosa por Chefo, aún poniendo en riesgo su vida? –preguntó Thermo.
El ama se quedó pensativa unos minutos y después esbozó una sonrisa.
-Tienes razón… vamos a casa a organizar el plan.
***
El resto del día lo dedicaron a organizarse. El ama no salía de su estado de perpetua alucinación al ver lo preparadísima que estaba la thermo para el combate. No pudo remediar que la curiosidad pudiera más que ella, y le hizo algunas preguntas.
-Thermo… ¿cómo te deshiciste de la otra thermo? ¿Qué va a decir Lucía cuando vea que la máquina no funciona?
-No te preocupes, ama. Es algo indoloro, rápido y eficaz. Simplemente, toqué su talón de Aquiles. Ella no pudo defenderse porque ahora lleva un motor de baratillo, yo era más potente. Y Lucía creerá que fue producto de una subida de tensión. Aquí son frecuentes.
Afortunadamente, la nieve se había ido derritiendo durante el día. Al ama no le apetecía nada ir con las cadenas hasta el polígono industrial donde se suponía que estaban las máquinas. También pensó que Thermo había sido muy arriesgada al deshacerse de la máquina sin comprobar si le había dicho la verdad, pero bueno, el mal ya estaba hecho.
Mientras comía, al ama le asaltó otro pensamiento. El infeliz gato estaba tumbado con aire mohíno en el sitio antaño ocupado por la Chefo.
-¿Quién se habrá llevado las máquinas, Thermo?
La thermo se echó a reír.
-¿De veras no te lo imaginas, ama? Pues no te lo pienso decir. Dale un poquito a la máquina de pensar, anda.
Durante la tarde el ama durmió un poco la siesta, aunque con pesadillas variadas. Mientras tanto, Thermo intentó sintonizar su frecuencia con la del gato para explicarle el plan que iban a llevar a la práctica y hacerle entender lo importante que era su participación en el asunto.
A las ocho de la tarde, se pusieron en marcha. La thermo se quedó atónita cuando vio al ama salir de la casucha de las herramientas con algo voluminoso en la mano.
-¿Eso es lo que creo que es? –preguntó cuando el ama se subía al coche.
-Pues sí. Texas, te presento a Thermo. La motosierra hizo un ruidito a modo de saludo, para dirigirse al ama a continuación:
-Sabes que el amo te matará si me pasa algo ¿verdad?
-Soy consciente de ello, Texas. Espero no tener que usarte, empezando por que no sé ni cómo hay que arrancarte el motor.
Se dirigían ya a la nave industrial en cuestión. La thermo en el asiento del copiloto, el gato y Texas en el de atrás. El minino no las tenía todas consigo, y menos después de ver la imponente motosierra a su lado, pero por su adorada Chefo era capaz de cualquier cosa.
El ama apagó las luces en cuanto llegaron al polígono, por fortuna había luna llena, y abordó la nave por un camino secundario, de tal forma que contorneó andando todo el gigantesco edificio y asomó un poco la cabeza para ver si alguien vigilaba la entrada. Efectivamente, un hombre leía una revista sentado en una silla de playa a la luz de una lámpara de cámping-gas. El ama volvió al coche y cogió a la thermo con una mano y a Texas y el bastón que solía usar para ir de paseo con la otra. El gato, fiel a las instrucciones de Thermo, siguió a su ama obedientemente.
Todos esperaron al abrigo de la pared mientras el gato se paseaba por delante del vigilante maullando estrepitosamente.
-Anda, un gato –dijo el vigilante levantando la vista de lo que estaba leyendo. –Ven, michino ¿Tienes hambre? Mira, aquí tengo bocata de calamares, lo compartiremos.
El gato se acercó al hombre procurando que éste quedara dándole la espalda al ama, que en el momento oportuno salió a la luz, rápida como el rayo, y descargó un muy poco discreto golpe en su cabeza. El hombre se desmoronó, el ama rebuscó en sus bolsillos, encontró un juego de llaves y abrió el candado de la nave.
Nada más entrar, con el gato de avanzadilla, el ama depositó a Texas y a Thermo en el suelo y encendió la potente linterna. Mirando por las paredes encontró el cuadro de luces y las encendió. Toda la nave se iluminó y el ama se quedó boquiabierta mientras el gato maullaba.
Un montón de máquinas se amontonaban de cualquier manera en la pared derecha de la nave. Había ollas GM, Erika, Thermomix, Chefomatics, Mycooks, Omnicuks, Cocineras, Actifrys, Crock pots… en fin, máquinas de todo tipo. La thermo dijo desde su bolsa:
-Malditos canallas, aquí hay por lo menos cuatrocientas máquinas.
-Chefooooooo, GGGGGGGGGGGG –empezó a gritar el ama a pleno pulmón.
-Miaaaaaaaaaau –coreaba el gato.
-Aquíiiiii, estamos aquíiiiii –la débil vocecilla de Chefo contestó desde lo más alto de la pila de máquinas.
-Ahora mismo vamos a buscaros, no tengáis miedo –gritó el ama, aunque no tenía ni idea de cómo iba a hacer para bajar las máquinas de allí.
No le dio tiempo a pensar mucho, porque una voz cavernosa a sus espaldas dijo:
-Ni se le ocurra moverse, señora. Dése la vuelta lentamente, nada de jugarretas, voy armado.
Ya antes de girarse, el ama había detectado el desagradable olor del Inspector Pedo.
***
El ama pensó que, ciertamente, era una forma de morir bastante ridícula. El Inspector Pedo la amonestaba con un tonillo un tanto jesuítico:
-¿Se cree usted que voy a permitir que me fastidie mi negocio de máquinas de segunda mano? ¡De ninguna manera! Primero acabaré con usted y después venderé las máquinas a unos cuantos hoteles de Benidorm. En cuanto a esta preciosidad –Continuó señalando a la thermo con la pistola –Me la quedaré para mí mismo. Pero primero tendré que deshacerme de usted, maldita metomentodo. Pues menos mal que se me ha ocurrido venir hoy por aquí, porque al idiota de mi vigilante lo ha dejado usted casi para sacramentar del trallazo que le ha dado, pedazo de bruta.
El ama pensaba furiosamente mientras el Inspector Pedo continuaba su perorata pistola en mano. Poco podía hacer atada a una columna y amordazada. Y Thermo y Texas no podían ayudarla, estando apagadas como estaban.
-Querida señora: dado que sólo dispongo de una maleta aquí, tendré que hacerla a usted pedacitos para transportar su cadáver. No me lo tenga en cuenta, no es nada personal.
-Cerdo, cerdoooooo- gritó Thermo enfurecida. Sin enchufar, lo único que podía hacer era hablar.
El malvado Inspector Pedo cogió a Texas y la arrancó al primer intento. El ama pensó que era una verdadera lástima que Texas no pudiese virar su trayectoria y rebanarle el pescuezo al Inspector. Claro, al fin y al cabo, sólo era una máquina.
Durante los cinco segundos que el Inspector tardó en situarse frente a ella motosierra en mano, el ama rezó todo lo que sabía y lo que no sabía para que sucediera algo… pero nada aconteció. Iba a morir descuartizada como una idiota con su propia motosierra.
Entonces, cuando el Inspector casi había llegado frente al ama, una especie de bala de cañón peluda y maullante procedente del techo de la nave aterrizó en su cara y le clavó las garras en los ojos con todas sus fuerzas. El ama no se había vuelto a acordar del gato, pero estaba claro que el minino no se había olvidado de ella. Con asombrosa puntería había dejado medio ciego al Inspector, que se retorció gritando y agarrándose los ojos ensangrentados mientras soltaba la motosierra encendida, con tan mala fortuna que, en su agónico trastabilleo, tropezó con Texas y cayó sobre ella, cercenándose la mano derecha.
Al contemplar la escena del Inspector desojado tirado en el suelo, en mitad de un charco de sangre y chillando como un cerdo en la matanza a un metro de su mano, las cuatrocientas máquinas empezaron a gritar al unísono. Texas seguía dando vueltas en el suelo, totalmente incapacitada para pararse sola.
-¡Aún me queda una mano! –Gritó el maldito Inspector Pedo levantándose y cogiendo la pistola con la mano izquierda.
-¡Pues ponla por encima de tu cabeza, malandrín! –dijo una voz procedente del vano de la puerta.
El Inspector Tilla penetró en la nave con su habitual aire tranquilo y bonachón, y, sin dejar de apuntar al Inspector Pedo con su arma, apagó la motosierra.
-Eres un pequeño bastardo, Macario –dijo quitándole el arma al falso Inspector –Mira que llevamos tiempo detrás de ti. Mira que eres idiota, robarme el móvil… a quién se le ocurre. Enseguida localizamos tu paradero y espiamos tus llamadas. Y aún encima, haciéndote pasar por Inspector; para morirse de risa, Macario. ¿Macario?
Pero el Inspector Pedo ya no oía nada. Se había desmayado. El Inspector Tilla cogió la mano cercenada con un pañuelo limpio y la depositó con delicadeza sobre el cuerpo de su propietario. La sirena de una ambulancia rompió el silencio de la noche.
***
Como premio por el rescate, Chefo permitió al gato hacer el viaje de vuelta dentro de su cubeta aunque apenas si le cabían los cuartos traseros. Sólo los fuertes ronroneos del felino rompían el silencio sepulcral que reinaba en el coche. El Inspector Tilla conducía, el ama estaba demasiado impresionada aún, le temblaban las piernas. Dos coches patrulla los escoltaban hasta la casita y las máquinas iban en el asiento de atrás sin atreverse a hablar casi.
Al llegar a la casa el Inspector avivó el fuego, instaló al ama y a las máquinas en el sofá y les sirvió algo fuerte para beber. Él mismo se acomodó en la mecedora con un whisky de Malta y encendió su pipa.
-Y ahora, cuéntenme cómo empezó todo. –Pidió.
Entre las cuatro reconstruyeron los hechos. Cuando terminaron, le tocó el turno al Inspector.
-Sí, imaginábamos que Macario trabajaba en conjunto con algunas máquinas malvadas que actuaban como gancho. La thermo de su vecina debió de quedar con muchas ganas de venganza y eso fue miel sobre hojuelas para el falso Inspector Pedo –el Inspector Tilla estalló en carcajadas -¡Menudo nombrecito que se puso, ya podía haber elegido otro!
Intervino Thermo:
-Tilla, sospecho que el quedarme dormida justo la noche del secuestro no fue casualidad.
-Claro que no –respondió el aludido –Si además me decís que tiró el café en tu interior, vaya… supongo que puso alguna droga en el café y dijo que sabía mal para poder echártelo dentro y drogarte. Así drogó al ama también, claro, con el café. Supongo que en ese mismo momento cogió un molde de la llave para entrar por la noche. O quizá usó una ganzúa, esta cerradura es fácil de abrir para un delincuente como él.
-¿Y si no llegamos a rescatarlas? –Preguntó el ama
-Pues lo que el malvado Pedo dijo: a Benidorm o a Marina D´Or. Eso, si pasaban la prueba de esfuerzo.
-¿Qué prueba de esfuerzo? –preguntó G alarmadísima.
-Estar funcionando 24 horas sin parar, G –contestó el Inspector. De no pasarla, al desguace directamente.
Las máquinas se quedaron horrorizadas.
-Gracias por rescatarnos, ama –murmuró Chefo.
-Mis pobres niñas… -contestó el ama al borde del llanto –Cómo no iba a hacerlo.
Unos golpes en la puerta interrumpieron tan tierno diálogo. El Inspector miró a la thermo.
-Thermo… ya sabes a lo que vienen. Es tu sacrificio. Tienes que despedirte.
Se hizo el silencio. El ama preguntó.
-¿Despe… dirte? –farfulló –No entiendo…
-Lo siento, ama –contestó la thermo con tono avergonzado –No te dije nada porque tenía miedo a que te negaras. Mi misión ha terminado y tengo que marcharme. Es lo que se llama hacer un sacrificio.
La chefito y la GM comenzaron a aullar.
-¿Pero cómo que tienes que marcharte? –gruñó la chefo -¡No puedes irte, eres una heroína, Thermo! Nos has salvado la vida… ¿Cómo es eso de que te marchas? ¡De ninguna manera!
-Son las reglas, Chefo. Yo no quiero irme, desde luego.
Intervino el Inspector:
-Thermo tiene que ser reprogramada, olvidará todo esto, dejará la brigada y empezará de cero. A usted le proporcionarán una nueva thermomix, por supuesto.
-¡Pues qué recompensa para lo que ha hecho! –bramó G –Haber llevado a cabo semejante heroicidad para no acordarse… No lo permitiremos, no señor, de ninguna manera.
Entretanto, el ama había actuado con rapidez: se dirigió a la puerta, cerró con llave y la tiró por el inodoro.
-Yo no quiero una nueva thermomix. Quiero MI thermomix. De aquí no sale ni Cristo hasta que no se me garantice que Thermo se queda aquí –dijo con tono firme y resuelto.
El Inspector Tilla suspiró mientras las máquinas jaleaban al ama.
-Tienen ustedes razón, pero son las reglas. Llamaré a mi superior a ver qué se puede hacer…
El Inspector Tilla se acercó a la ventana para coger cobertura y estuvo casi veinte minutos hablando por teléfono. Nadie se atrevía a moverse, pendiente del sesgo que podía tomar la conversación. Cuando colgó, la expresión de su rostro no dejaba lugar a dudas.
-¡Indultada! –manifestó satisfecho –Gracias a ti se han rescatado cuatrocientas máquinas sólo aquí, más otras cinco mil en otros puntos del país, ya que Macario ha cantado de plano. Una operación a gran escala, el Superintendente está contentísimo y además te quiere condecorar, y no sólo a ti –con un gesto de la barbilla señaló al gato, que aún permanecía en el interior de la chefo.
Thermo comunicó al gato las noticias y además le dijo que tendría que ir preparándose para tan gran acontecimiento, acicalando su pelo y tal, lo que hizo que el gato saliese de estampida para lavarse.
-Gracias, Thermo –dijo Chefo, regocijada.
-No hay de qué.
-Bien –continuó Tilla –Macario está siendo operado en estos momentos, pero no creo que se le pueda reimplantar la mano. Quizá el médico de Valencia, ése tan famoso, pueda hacer algo. Le está bien por malvado. Por lo menos no ha perdido la visión de ningún ojo. En cuanto a la thermomix de su vecina, caput. Uno de mis hombres la ha revisado y es absolutamente imposible resucitarla. Buen trabajo, Thermo.
-Es que cuando hago una cosa, procuro hacerlo bien –contestó Thermo con orgullo.
-Otra cosa, señora… ¿No tendrá usted algo de comer por ahí por casualidad?… mis hombres están muertos de hambre, los pobres, hace horas que no prueban bocado.
El ama guiñó un ojo a las máquinas y empezó a sacar de la nevera platos y más platos elaborados según las recetas del libro. Abrió la puerta con la llave de repuesto e invitó a cenar al Inspector y a sus hombres, encantada de poder testar con conejillos de indias el resultado de sus recetas. No dejaron ni las migas.
-Oh, todo está delicioso –dijo Tilla limpiándose los bigotes con la servilleta –Debería usted escribir un libro con estas recetas, se lo digo en serio.
El ama y las máquinas se echaron a reír con todas sus ganas.
***
-Cuéntanos más, Chefo.
La Nespresso, la vitro, el combi, el lavavajillas, la lavadora y el horno esperaban con expectación, dispuestas a beberse todas y cada una de las palabras de la maquinita. G estaba durmiendo, se sabía la historia de memoria.
-Oh –empezó Chefo con voz afectada –Se nos llevaron en plena noche a una nave enoooorme llena de máquinas que lloraban y se quejaban. Fue horrible. Ahora, yo no tuve ningún miedo porque sabía que el ama y Thermo nos iban a rescatar, por supuesto. Creo que era la única que no tenía miedo. ¿Verdad, G?
-Verdad –dijo G con tono aburrido recordando cómo Chefo se había pasado toda la noche llorando y diciendo que la iban a desguazar.
-De hecho, di muchísimos ánimos a las otras, aún al despedirnos me decían que no habrían sabido qué hacer de no estar yo. ¿Verdad, G?
-Verdad –G sólo quería que la dejara dormir un poco.
-Es más: rescaté al ama, porque fui yo la que le dijo al gato que saltara a la cara del Inspector desde el techo, al estúpido animal nunca se le habría ocurrido. ¿Verdad, G?
Pero a G ya no le dio tiempo a contestar, pues en ese momento entró el ama llevando a Thermo en su elegante bolsa y al gato en el transportín. El minino fue el primero en salir, orgullosísimo con su medalla al mérito colgada del cuello. Se subió a la mesa de la cocina y acarició a Chefo con el rabo, para bajarse a continuación y alejarse con mucha dignidad.
-Míralo a él –protestó la chefo –Media vida dándome la brasa y ahora que está condecorado no quiere nada conmigo.
-Eres la eterna descontenta, Chefo –contestó G. El resto de las máquinas y los electrodomésticos rieron ruidosamente.
El ama colocó a Thermo en su lugar habitual, con la medalla dorada alrededor de su jarra. Los aparatos de la cocina le hicieron una ovación.
-Ama, quítame la medalla, anda… molesta para cocinar y además no quiero que se me suba a la cabeza –dijo riendo.
-Bueno, espero que ahora podamos tener un poco de tranquilidad para variar… no puedo con más estrés, de verdad –dijo el ama sentándose tras haberse servido un café admirablemente preparado por Nessy –Lo único que nos queda por saber es si las recetas del libro han gustado o no en la editorial.
-Pues si no gustan que se fastidien –dijo Thermo –Están genial, ama. Triunfaremos, ya lo verás.
Regresó el gato ya sin la medalla al cuello. Al parecer, el niño travieso se la había cogido para jugar con ella. Soltó un maullido, abrió la tapa de la chefo con una pata y se introdujo dentro.
-¿Sabes qué ha dicho el gato, Chefo? –rió Thermo –“Era bromaaaa”.
El gato lamió con su lengua de lija todo el interior de la tapa de la chefito, que se puso muy nerviosa y empezó a gritar diciéndole al ama que por favor la librase de “esa bola de pelos”. La thermo se dispuso a relajar el ambiente.
-Voy a contar un chisteeeeeeee –gritó.
Todo el mundo guardó silencio. Thermo contaba unos chistes buenísimos.
La thermo comenzó a narrar:
“Se levanta San José al día siguiente de las bodas de Caná, con la resaca más grande de su vida y dice:
-Maríaaaa, tráeme un vaso de agua.
De repente se queda pensativo y dice, con tono aterrorizado:
-Pero que no la toque el niñooooooo.”
La cocina se convirtió en una carcajada colectiva durante los siguientes cinco minutos, hasta que la thermo mandó guardar silencio nuevamente:
-El chiki chiki mola mogollooooooón –empezó a cantar.
-Ama, chefo, GM, Ness y el resto de los electrodomésticos contestaron al unísono:
-Cállateeeeeeeee.

FIN

miércoles 14 de octubre de 2009

PLAN ¿E?



Mi querida colega y amiga Hortensia Lago me ha tirado de las orejas por no publicar en el blog desde hace un mes y tiene toda la razón. Le dije la verdad pura y dura: estoy vaga. Tengo muchos planes en la cabeza pero no soy capaz de teclearlos: iba a hacer una reseña de restaurantes, una crítica de cine, iba a abrir dos secciones nuevas... bla, bla, bla. Me he dejado llevar por esta inercia nacional y de nacional precisamente versa el tema sobre el que hablaré hoy.

Como el mundo que me rodea me da bastante por aquel sitio, creo que he debido de ser la última persona en enterarme (en diagonal, of course) de lo que es el Plan E. Hace unos seis meses fui consciente de tan magna iniciativa porque cada vez que quería hacer una maniobra con el coche la calle estaba cortada por obras encabezadas por un cartelón enorme con el nombrecito en cuestión. Fíjense si seré pava que no me di cuenta del palito superior de la E (¿en forma de ceja enfurruñada, quizá?) y creí que la E era una T y me dio por pensar que lo que ponía era Plant y me dije a mí misma: ¿y qué coño tendrá que ver Robert Plant en esto? Durante un tiempo fantaseé con la idea de que las obras estuviesen encaminadas a poner hilo musical en las calles con los grandes éxitos de Led Zeppelin a toda caña para educar los oídos y orejas de la población. Triste de mí, no era por eso. Mi rocanrolera imaginación me había vuelto a traicionar.

La segunda vez que pensé seriamente en el tema fue cuando vi que el acceso a mi refugio montañés, situado, dicho sea de paso, en el culo del mundo, estaba interceptado por unos canalones gigantes y el cartelón de los coj... Después de medio millón de años alguien decidió que mis vecinos y yo ya estábamos preparados para tener agua de la traída en vez de pozo. Entonces y sólo entonces empecé a vislumbrar la magnitud de la tragedia que se nos venía encima y que, en mi caso, se materializó en forma de cartelón cejijunto la semana pasada en dos frentes simultáneos.

Soy una persona de vida rutinaria: del trabajo a casa y de casa al trabajo. Pues da la casualdidad de que ambos lugares lucen un hermoso cartelón cejijunto con todo su acompañamiento de taladros, polvo, decibelios y obreros. Cada día es una aventura para mí, pues nunca sé si he elegido el camino correcto para llegar a mi trabajo, puesto que parece ser que el Plan E no contempla usar señales para advertir a los conductores de cuándo a cuándo permanecerá la calle cerrada, etc, etc, etc.

Por otro lado, y muchísimo más grave por lo que a mí me toca, está el tema de mi casa: vivo en una calle que comunica con las demás por medio de un puente. Tras años y años quejándonos al ayuntamiento del estado del puente, han decidido arreglarlo, pero en vez de dejar un mínimo espacio para el tráfico de personas, han optado por cerrarlo entero y levantar ¡por sexta vez! la calzada a la que desemboca, de tal forma que para ir a la calle hay que dar un rodeo de cuarto de hora. Para ir a la farmacia, por ejemplo, hay que sortear un callejón trasero en el que crecen con alegría todas las especies herbáceas típicas de la flora gallega, abonadas con cariño por las deyecciones de todos los perros del vecindario. Aquí todavía no ha llegado la moda de la bolsita para las cacas del perro. Hace una semana hice varios recados por la calle principal y fui informada de que el faraónico Plan E se prolongará durante cuatro meses según fuentes oficiales, por lo que todos los comerciantes de la calle no apuestan por menos de diez. Todo esto me fue comunicado con diversos tonos de voz y gestos que expresaban distintos grados de crispación, pues esa calle había sido abierta por última vez hace sólo seis meses y los comerciantes están francamente hartos del tema. Menda lerenda ha optado por comprar el tabaco en el bar que le queda a cinco minutos aunque le salga más caro, que en el estanco que le queda a quince. Claro, así se financia el Plan E.

La piel de toro, señores míos, es una gran obra con cartelón cejijunto. Todas las localidades que he visitado este año tenían, cómo no, su cartelito, su valla, su hormigonera polvorienta. He empezado a fijarme, y saco las siguientes conclusiones:

-Que el plan E es polifacético, tanto afecta a la canalización del agua como a la mejora de los edificios; al alumbrado público como al mobiliario urbano. Gracias, señor presidente, por su consideración.

-Que, en vista de que no hay parto sin dolor, ni hortera sin transistor, ni localidad sin cartel cejijunto, debemos NADAR EN LA AMBULANCIA MONETARIA. ¿Quién dijo crisis? Parece ser que sobra la pasta por todos los lados ¿no?

-Si parece ser que el Plan e nació con la idea de fomentar el empleo ante lo que se nos venía encima... ¿por qué cada vez hay más gente en las listas del paro? Mi no comprender.

-¿El Plan E quién lo ejecuta? Preguntado de otra manera ¿Qué subcontratas se llenan los bolsillos con esto?

En vista de lo que me espera he optado por poner en práctica mi propio Plan E: ENCLAUSTRAME en mi casa hasta que todo esto acabe. Hortensia, querida, nos veremos mucho más en el ciberespacio a partir de ahora. Gracias por tirarme de las orejas.

lunes 14 de septiembre de 2009

STIEG LARSSON: "Millenium" ***

Clasificación:
***** ¿Qué haces ahí sentado? Corre a comprarlo.
**** Cómpralo, pero no tengas tanta prisa, puedes ir mañana.
*** Pídelo prestado y olvídate de devolverlo.
** Intenta conseguirlo de segunda mano.
* El crucigrama del periódico te está esperando.






He de reconocer que a veces soy mala: basta que algo tenga una alta repercusión para que le coja ya cierta manía y no sea todo lo objetiva que debo ser. Ni que decir tiene que eso fue exactamente lo que me sucedió con la trilogía de “Millenium”.
La recibí de regalo por el día de mi santo, a sugerencia mía: no me apetecía gastarme setenta euros en su adquisición. La leí en una semana, o, más bien, la devoré. Aviso a navegantes: también me leí “El código da Vinci” en 24 horas y me parece lo peor que se ha escrito en la historia.
Bueno, éste no es el caso: “Millenium” no tiene demasiada calidad literaria pero tampoco es un pestiño, y cumple con creces su primer objetivo: enganchar al lector.
“Millenium” presenta una doble estructura, ya que cuenta una historia central, la de la protagonista Lisbeth Salander, que se desarrolla a lo largo de los tres libros, de tal forma que “Los hombres que no amaban a las mujeres” es el planteamiento, “La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina” forma el nudo y “La reina en el palacio de las corrientes de aire” supone el desenlace de la curiosa historia de esta chica tan rara y entrañable a la vez, mientras que por otro lado, la primera novela constituye una entidad literaria en sí misma, con su propia historia, y las otras dos tienen otra línea argumental también independiente, aunque heredera de la primera.
Así, “Los hombres que no amaban a las mujeres” nos presenta a los protagonistas: el mujeriego periodista Michael Blomkvist y la rarísima y asocial hacker Lisbeth Salander. Ambos deben unir fuerzas y capacidades para resolver un crimen sucedido muchos años atrás. Paralelamente, se nos va introduciendo en la extraña y triste vida de Lisbeth. La novela es un thriller trepidante una vez que entra en materia, a partir de la página 300. Tiene momentos de pas d´action un poco aburridos, como cuando cuenta la fundación del partido nazi en Suecia, pero en general, es entretenidísima.
Las otras dos novelas forman un ente en sí mismas, de tal manera que el final de la segunda coincide con el principio del desenlace, que se resuelve en la tercera. En estas dos novelas Salander es ya la protagonista absoluta y el número de páginas sobrantes crece alarmantemente. Un apunte: entre la publicación de la segunda y la tercera parte hubo un intervalo de casi un año, con lo cual me imagino que los lectores que seguían la historia desde el principio en vez de uñas a estas alturas tendrán muñones.
Es de pésimo gusto el final de la segunda parte, típico de fin de temporada de serie de televisión norteamericana. A la tercera parte, “la reina…”, le sobran doscientas páginas bien a gusto, con la que está cayendo a nadie le interesa cómo se formó el servicio secreto sueco (qué bonita aliteración me acaba de salir) ni sus trapos sucios. Con respecto a la primera, hay, además, otros bajones, sobre todo en lo que respecta a los personajes, ya no tan bien caracterizados como en “los hombres…” y algo pacatos: o muy buenos o muy malos, llegando incluso a lo grotesco en algunos casos.
Bajo mi punto de vista, lo mejor es la caracterización que hace Larsson de todo lo tocante a Suecia: paisajes, costumbres, etc. ¡En Suecia hay verano! Y me ha llamado la atención el muchísimo café que toman en aquel país, deben de estar como pilas duracell todos ellos. El ritmo narrativo, que prometía mucho en la primera entrega, se desinfla en las siguientes y con ello el interés.
En cualquier caso, recomiendo su lectura aunque no su compra. Y un consejo: léanla en casa, es demasiado grande para llevar por ahí.