LOS QUE HACEMOS DE ESTE BLOG UNA CASA DE LOCOS

LOS QUE HACEMOS DE ESTE BLOG UNA CASA DE LOCOS

MORGANA

JOTAELE

AGÜELO COCINILLAS

Oficialmente, profesora

Escritora

Casada y madre de familia

Me gusta leer, escribir y el rock and roll

Toco la guitarra

Hago dameros

Me gusta Patán

Odio la política y los programas del corazón

Oficialmente, abogado

Seductor

No sabe, no contesta

Me gustan las mujeres

Toco lo que me dejan

Hago el amor

Me gusta Betty Boop

Odio a Belén Esteban y a María Antonia Iglesias

Oficialmente, jubilado

Naturalista

Viudito y disponible

Me gusta observar la naturaleza humana

Ya no toco nada

Hago disecciones

Me gusta doña Urraca

Odio la caza, la pesca y los toros.

LIBROS LEÍDOS INVIERNO 2013

J.K. ROWLING: Una vacante imprevista
NOELIA AMARILLO: "¿Suave como la seda?
LENA VALENTI: "Amos y mazmorras"

lunes, 27 de febrero de 2012

EL ASCENSOR. CUENTO DE SAN VALENTÍN

Pues no, no había perdido la contraseña. Es sólo que entre correr, escribir, trabajar, descansar, etc, etc, etc, no he tenido mucho tiempo de pasarme por aquí. Que mi vida es muy estresante, vaya.
Estrés aparte, como todos los años me apetecía escribir un cuento con motivo del día de El Corte Inglés. Perdón, por el día de los Enamorados, como llevo haciendo intermitentemente desde hace algunos años. Éste en concreto lo empecé en Noviembre y lo dejé apalancado para dedicarme a la nueva entrega de Papá Noel, así que lo retomé después de Navidades y lo terminé ayer. No me va mucho el romanticismo, esa es la verdad, pero una vez al año no hace daño. En esta historia doy rienda suelta a una de mis mayores fobias: los sitios cerrados. Aunque alguno que lo ha leído dice que este relato es una terapia excelente contra la claustrofobia. No sé. Juzgad vosotros mismos. Aquí os dejo una muestra. El resto lo podéis descargar en safecreative, como siempre.


EL ASCENSOR

1
Soy enamoradiza, qué le vamos a hacer. Cada uno nace de una manera y la mía es así. Ya me gustaría haber sido fría y pragmática, como mi hermana. Me habría ahorrado un montón de disgustos, porque, a mis treinta años, mis relaciones han sido más bien patéticas, unas veces porque yo esperaba más de lo que me daban, y otras porque en cuanto escuchaba yo las palabras “vivir juntos” no me sentía preparada, me daba cuenta de que no estaba tan enamorada como pensaba y salía corriendo. He desperdiciado un montón de oportunidades porque el candidato no se ajustaba al cien por cien al molde que yo quería, y he llorado no pocas noches por depositar mis esperanzas en capullos que no lo merecían. Así es la vida. Así es mi vida. Siempre buscando al hombre perfecto, nunca encontrándolo.
            Para colmo de males, no soy una mujer muy echada p´alante, como se suele decir. No me han faltado novios porque siempre fueron ellos los que dieron el primer paso, desde Jacobo, el primer novio que tuve en el pueblo a los quince años, hasta Alfonso, el camarero de la cervecería de la esquina con el que me fui a la cama un sábado que me sentía sola y deprimida. Lo único que conseguí fue tener que andar un par de calles más para tomar café desde entonces.
            Pero eso iba a cambiar. Ahí fuera, en algún sitio, había alguien perfecto para mí esperándome, así tenía que ser, así lo sentía. Eso me decía la primera mañana de septiembre que me reincorporaba al trabajo tras quince días de vacaciones. Me sentía guapa, mi bronceado era estupendo y seguro que ese invierno el príncipe azul aparecería y me subiría en la carroza de oro rumbo al palacio de ensueño. Ya había esperado bastante y, sobre todo, ya había besado demasiados sapos.
            Lo que no me imaginaba era que el príncipe azul apareciera tan pronto.
            Trabajo en un despacho, en una asesoría. Una especie de batiburrillo donde abogados y economistas se dedican a jugar con la pasta de los demás. No es el mejor trabajo del mundo, pero por lo menos tengo contrato indefinido. Soy una de las cuatro secretarias en plantilla. Me da para vivir y para algún capricho, y poco más. No va mal el negocio a pesar de la crisis, y el despacho mantiene a veinte empleados. A veces hay cambios en la plantilla, alguno se larga a otro trabajo. La oficina está en el último piso de un edificio de seis plantas donde sólo hay negocios: dentistas en el primero. Ginecólogos en el segundo. Notario en el tercero. Oscuro negocio en el cuarto, pero nadie se mete: pagan el alquiler y son silenciosos. Una academia de música, afortunadamente insonorizada, en el quinto y nosotros en el sexto. Es una lástima, tengo claustrofobia y no llevo nada bien lo del ascensor, pero peor llevo lo de las escaleras, así que la mayoría de los días, sobre todo si llevo tacones, entro en la maldita caja, cierro los ojos y sueño que Brad Pitt me acompaña en el trayecto. Eso mismo hice aquella mañana. Entré en la oficina, besé a Rita, la recepcionista, y ya estaba esperando que me preguntara por mis vacaciones, pero ella dijo:
            -Hola, Julia. Sala de juntas. Tenéis reunión a las nueve y media.
            -Pues sí que empezamos fuertes el primer día –musité con fastidio.
            -Ya, maja, pero es que mientras has estado fuera ha habido cambios y…
            En ese momento don Raúl, uno de los socios fundadores, abrió la puerta de la sala de juntas y miró con el ceño fruncido hacia nosotras.
            -Ah, Julia. Veo que ya ha llegado. La estábamos esperando.
            Era su forma de reprocharme que llegaba tarde. Guiñé un ojo a Rita y entré en la sala. Saludé de forma común a todos y me senté en la única silla que quedaba libre. Entonces lo vi. Ahí, enfrente de mí, estaba él. Mi príncipe azul. El padre de mis hijos.



2
            -Como sabéis, Ernesto ha dejado de trabajar con nosotros –anunció don Raúl. No, yo no tenía ni idea ni me importaba, me caía fatal el petardo de Ernesto, siempre mirándonos el culo a todas. Eso debía de haber sido durante mis vacaciones –Os presento a Rodrigo, hoy se incorpora al despacho. Su currículum es impecable y no me cabe la menor duda de que nos traerá un montón de clientes deseosos de invertir su dinero.
            Todos miramos a Rodrigo, así que pude tomarme mi tiempo para un escrutinio feroz. Yo no sé si era tan guapo como me lo parecía, pero a mí me había entrado por el pericardio en cuanto le puse un ojo encima. Su esbelta figura quedaba resaltada por el traje azul marino. Llevaba el pelo castaño peinado hacia atrás y tenía unas facciones distinguidas y correctas. Me fijé en sus manos: ni alianza ni rastro de que se la hubiera sacado hacía poco. Él sonrió hacia Raúl a modo de bienvenida y se echó hacia atrás en la silla, lo cual me permitió fijarme en el zarrapastroso que se sentaba a su lado.
            -Como ya os había anunciado en la última reunión –prosiguió Raúl –Hemos contratado a un técnico informático que se encargará de mantener optimizado todo nuestro sistema. Ocupará el último despacho del pasillo. Os presento a Manuel.
            El aludido enrojeció intensamente y su gesto desagradable se hizo todavía más hosco. Probablemente había pensado que su trabajo era independiente del resto del despacho, que los clientes no tendrían que verlo, y por ello había decidido vestirse como un friki: los rizos castaños le cubrían toda la frente y se juntaban con unas gafas de original diseño. Aquella boca probablemente no había sonreído en la vida. Llevaba una camiseta con leyenda del Hard Rock Café y parecía no haber visto jamás un rayo de sol, dada la blancura de su piel. Lo dicho, un friki. Pensé que, sentado junto a Rodrigo, parecían la Bella y la Bestia.
            A las diez la reunión se disolvió. Don Raúl dijo que me necesitaba y lo seguí sumisamente hacia su despacho. Pensé que a partir de ahora sería mucho más motivador ir al trabajo.

3
            A las once y media bajé los seis pisos por las escaleras, rápida como el rayo. Quería ser la primera en llegar a la terraza del bar donde las secretarias tomábamos el café de media mañana. A los tres minutos, Amanda y Laura hicieron acto de presencia. Contra todo pronóstico, pues la recepción quedaba vacía, Rita lo hizo dos minutos después.
            -Dispara, dispara –espoleé a Amanda, responsable de nóminas y personal.
            -Treinta y dos años. Licenciado en Económicas. Buen expediente académico. Excelente salud. Juega al paddle, y… -hizo una parada para pedir un café. Sabía que era un efecto escénico para ponerme nerviosa.
            -¿Yyyyyy…?
            Amanda sonrió triunfalmente.
            -Está soltero –anunció.
            -Sí, sí, sí, sííííí –grité histéricamente.
            Rita me miró con cierto desprecio, mientras se limaba las uñas parsimoniosamente.
            -Hija, ni que te la estuviera metiendo ya –dijo.
            -Lo siento –intenté tranquilizarme y encendí un cigarrillo –Es sólo que… es mío, es mi hombre, lo he sentido desde que lo vi. Lo siento aquí –Me señalé la boca del estómago.
            -Hija, qué arriba tienes el coño –Apostilló Rita, que seguía puliéndose las uñas.
            Me sentí ofendida.
            -Rita, eres una cerda. ¿Quieres dejar de limarte las uñas mientras tomamos café? Es antihigiénico –contesté.
            -Eh, yo no fumo. Algo tengo que hacer. –Rita se defendió.
            -Además, esas marranadas no son propias de ti –continué –Es más propio de Jaki hablar así, barriobajera –Un escalofrío recorrió mi espalda –Por cierto ¿Dónde está Jaki?
            Jaki, la hermosa y deslenguada secretaria, mi seductora compañera, la rival contra la que no tendría la menor posibilidad en el hipotético caso de que se encaprichara de Rodrigo, no se hallaba presente. A decir verdad, no le había visto el pelo en toda la mañana.
            -Mujer, cogió hoy las vacaciones –contestó Laura –No vuelve hasta el quince. Afortunadamente para ti, porque si te gusta el nuevo y Jaki le pone el ojo encima… date por jodida. Jaki consigue a cualquiera que se proponga, ya sabes…
            Sí. Lo sabía. Jaki era guapa, estilosa, tenía labia, desparpajo, simpatía y pocos escrúpulos. Le gustaba el sexo y los hombres parecían saberlo antes de que ella hubiera despegado los labios. Jaki tenía un cuerpo perfecto, el pelo largo, sedoso, castaño, los ojos rasgados, los labios como cojines y las piernas largas y torneadas. El mundo estaba muy mal repartido.
            -No me gusta pensar en el pobre Rodrigo como en una pieza de caza –intervino Amanda –Después os quejáis del machismo… pues tú no estás haciendo mucho mejor papel, Julia. Además ¿Es que sólo te lo puedes ligar tú o qué?
            Me acabé el café de un trago.
            -Amanda, tú estás casada, Laura tiene novio. Rita… ya ves, sólo le interesa el pulido de sus uñas –Rita sonrió y se encogió de hombros –Y yo, de verdad, me he enamorado nada más verlo, me parece el hombre perfecto.
            Rita pareció olvidar su manicura y decidió intervenir en la conversación.
            -No entiendo, Julia, cómo puedes enamorarte como una adolescente a tu edad, así, pum, de alguien que no conoces… el tal Rodrigo está bueno, sí, como un tren, como un cañón, pero… ¿y si es un maníaco homicida? ¿Y si es homosexual y le importas un carajo? Y otra cosa, qué segura estás de ti misma, maja…
            Me entraron ganas de llorar. Odié a Rita. Siempre ponía el dedo en la llaga.
            -No lo sé, no lo sé –me empecé a sentir acorralada –Siempre ha sido así. Y nunca he tenido problema para ligar con quien he querido, sólo que yo nunca he dado el primer paso, ni he sacado armas de seducción… asquerosas, insinuantes, ya me entiendes, como…
            -Como Jaki –terminó Laura.
            -Eso. Como Jaki. Siempre he conseguido salir con quien he querido, a pesar de todo. Aunque no saliera bien al final. Y a éste no pienso dejarlo pasar. Algo me dice que estamos hechos el uno para el otro.
            -Nena, saca cinco euros para el fondo y deja de soñar –dijo Amanda –Tenemos que subir antes de que los machos alfa se pongan como fieras. Ah, otra cosa. ¿Queréis saber algo del informático? Porque también dispongo de toda la información.
            -¡Ni de coña! –respondimos a coro.


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