LOS QUE HACEMOS DE ESTE BLOG UNA CASA DE LOCOS

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MORGANA

JOTAELE

AGÜELO COCINILLAS

Oficialmente, profesora

Escritora

Casada y madre de familia

Me gusta leer, escribir y el rock and roll

Toco la guitarra

Hago dameros

Me gusta Patán

Odio la política y los programas del corazón

Oficialmente, abogado

Seductor

No sabe, no contesta

Me gustan las mujeres

Toco lo que me dejan

Hago el amor

Me gusta Betty Boop

Odio a Belén Esteban y a María Antonia Iglesias

Oficialmente, jubilado

Naturalista

Viudito y disponible

Me gusta observar la naturaleza humana

Ya no toco nada

Hago disecciones

Me gusta doña Urraca

Odio la caza, la pesca y los toros.

LIBROS LEÍDOS INVIERNO 2013

J.K. ROWLING: Una vacante imprevista
NOELIA AMARILLO: "¿Suave como la seda?
LENA VALENTI: "Amos y mazmorras"

miércoles, 25 de enero de 2012

PAPÁ NOEL IV: LA SALA DE ACLIMATACIÓN.

Llega tarde, pero llega. Aquí tenéis la última entrega de la saga de Papá Noel. Nicolás vuelve con sus misiones navideñas... por última vez. Sí, amigos: todo lo que empieza debe de tener un fin, aunque muchos guionistas de series de televisión no se hayan enterado. He intentado que cada una de las entregas tuviera bastantes novedades con respecto a la anterior y no repetirme como el ajo. El tema está agotado y prefiero dejarlo correr para siempre. Quizás el año que viene vuelva con un cuento de navidad completamente distinto, o quizá no escriba nada, no lo sé. Lo único que sé es que no forzaré la situación si no se me ocurre ninguna idea. En este caso, la primera idea se me ocurrió en las navidades de 2007, cuando enfrente de casa vi un pobre papá noel repartiendo caramelos a los pocos niños que por allí pasaban (es una calle poco comercial), aburrido como una ostra. Yo por aquel entonces ni siquiera escribía, ni soñaba con hacerlo. Al año siguiente la idea se me presentó de forma tan bestia que tuve que interrumpir la redacción de "La Cita" para escribir de un tirón "El Papá Noel", la primera entrega de la saga. Desde entonces, he tenido muy claro cómo iba a ser la siguiente entrega, al igual que nunca he dudado que no iba a durar más de cuatro entregas.
Os dejo el primer capítulo para hacer boca. El resto de la historia podéis descargarlo en este enlace de safecreative. Espero que os guste. 

15 DE DICIEMBRE
         Mercedes cerró cuidadosamente la maleta que reposaba encima de la cama y echó una última mirada a su habitación. El fuego de la chimenea arrancaba facetas a los muebles de castaño, creando un ambiente muy acogedor. Fuera, la temperatura debía de rondar los dos grados bajo cero. No eran más que las nueve de la mañana y el sol de diciembre brillaba débilmente.
         "Qué latazo viajar en invierno" pensó Mercedes mientras observaba la pesada maleta. La ropa de abrigo ocupaba el triple, y teniendo en cuenta que iba a estar fuera unos diez días, había que llevar bastantes cosas. Como no conocía aún la naturaleza de la misión de aquel año, tenía que llevar un poco de todo, más algún vestidito mono por si salía a cenar algún día con Nicolás. Se estremeció pensando en que ya quedaban pocas horas para el encuentro. El Boss había sido claro en el mensaje que dos días antes había llegado a su teléfono móvil: plaza del Callao, Madrid, a las 15.00.
         Por un momento pensó en qué clase de misión se irían a meter aquel año, pero la curiosidad no le duró mucho tiempo. La alegría de volver a ver a Nicolás, aunque sólo fuera por diez días, le impedía centrarse en otra cosa.
         Entró Graciela en la habitación, interrumpiendo sus pensamientos.
         -Ya yo le cargo la valija, señora. Su mamá la está esperando abajo para desayunar.
         "Será para redesayunar" pensó Mercedes, que llevaba levantada desde las seis de la mañana. Había ido a dar las últimas órdenes a Emerson y a Juan sobre lo que había que hacer en su ausencia, y, de paso, a despedirse. Tampoco entendía a qué venía ahora esa necesidad de despedirse de todo el mundo, sólo iba a estar fuera diez días, pero el caso es que también había acudido el día anterior a casa de Marián y Lorenzo a despedirse de ellos, y, de paso, todo sea dicho, a ver al bebé.
         Mercedes no era persona dada al envanecimiento, pero no podía remediar sentirse orgullosa de la labor que había hecho aquel año. Había conseguido que dos buenas personas cambiaran de vida y fueran más felices. Marián le había comprado la granja a Lorenzo, lo había hecho su capataz y se había asociado con Mercedes. A pesar de la crisis, se las componían bastante bien para salir adelante. Como Mercedes se había figurado, el roce hizo el cariño y no tardó en surgir la chispa entre ellos. Marián se había quedado embarazada en febrero y en abril se casó con Lorenzo. Miel sobre hojuelas: Mercedes se había deshecho de un pretendiente bastante pesado y Marián, después de un infausto matrimonio plagado de malos tratos, había conseguido encontrar a alguien que la mereciera de verdad. El pequeño Lorenzo había nacido a finales de noviembre y todos estaban encantados.
         -Te echaremos de menos mientras estés fuera -había dicho Marián cogiéndole las manos -Vas a ver a Nicolás ¿verdad?
         Mercedes asintió. Esperaba que no le hicieran preguntas comprometedoras sobre el secretísimo trabajo que mantenía a su novio apartado de ella durante casi todo el año. Marián, por suerte, era discreta. Y más desde que el año anterior hubiera sufrido una experiencia de lo más extraña e inexplicable, un viaje por el lado oscuro, algo que no quería recordar y que había aprendido a apartar de sus pensamientos.
         -Dale muchos recuerdos de nuestra parte -intervino Lorenzo -Y no te preocupes, mientras estés fuera no llevaremos el negocio a la ruina.
         Mercedes se echó a reír y se abstuvo de decir que si eso no sucedía, sería más bien por la sagacidad que había mostrado Marián para los negocios, no por la de Lorenzo.
***
 Doña Dorinda estaba en la cocina, bien arrimada a la salamandra de hierro. Odiaba el frío con toda su alma.
-Buenos días, mamá -saludó Mercedes al entrar. -¿Hay café caliente?
-Pues claro -contestó doña Dorinda -Tómate un tazón bien grande, te espera un viaje largo. No sé por qué te tienes que marchar justo ahora...
         Mercedes dio un sorbo al café que su madre le había puesto delante y encendió un cigarrillo.
         -No seas pesada, madre. Te guste o no, me voy a ir unos días. Con todo el trabajo que hemos tenido este año, creo que me merezco unas vacaciones.
         Doña Dorinda se sentó también y robó un pitillo a su hija.
         -Ya... vacaciones con el novio. Vaya suerte la tuya, un novio al que sólo ves diez días al año. Menudo futuro que  te espera. Así nunca formarás una familia.
         Mercedes entrecerró los párpados. Qué aburrimiento de conversación. Era como un bucle del que no se podía salir. Se levantó a coger un trozo de bizcocho.
         -Tú eres mi familia, mamá. No me des la brasa. No me apetece hablar otra vez del mismo tema, sobre todo teniendo en cuenta que jamás nos pondremos de acuerdo.
         Doña Dorinda amagó un puchero.
         -La verdad es que te voy a echar de menos, Mercedes.
         Mercedes sintió un arrebato de ternura hacia su madre y le dio un abrazo.
         -No te preocupes, mujer, si estaré de vuelta mucho antes de que te des cuenta. Además, ahora tu partida de julepe te tiene bastante ocupada ¿no? –Doña Dorinda había retomado contacto con parte de las amigas que había tenido de joven en el pueblo.
         -Sí, ¿y quién me va a llevar? –lloriqueó la anciana.
         Mercedes encendió un cigarrillo.
         -Graciela o Emerson te llevarán, mujer. No seas agonías. Quién sabe, a lo mejor durante mi ausencia te echas un novio y todo…
         Doña Dorinda torció el morro, pero se le escapó media sonrisa. Durante ese año, en que había tenido verdadera vida social por primera vez en su vida, muchas cosas habían cambiado. Una mañana, Mercedes la llevó a la peluquería del pueblo y la obligó a despedirse de su moño canoso. Ahora Doña Dorinda llevaba una melenita rubia a la altura de la oreja que le había quitado diez años de encima.
         Mercedes también la había obligado a deshacerse de su anticuado guardarropa.
         -Nada de negro –había sentenciado en la elegante boutique de la ciudad a la que habían ido –Se acabó el negro. No te voy a pedir que te vistas de colorines, como las viejas cacatúas inglesas que vienen a hacer turismo, pero sí un poco de marrón, beige, verde, azul marino…
         También la apuntó al curso de gimnasia de mantenimiento para mayores que se impartía en el centro de día del pueblo, al que también asistía su amiga del julepe, doña Juana, artífice, junto con Mercedes, de la nueva vida de doña Dorinda. Doña Juana sí que sabía disfrutar de la vida, iba a los viajes del Imserso y se apuntaba a un bombardeo, así que a doña Dorinda aquel año se le había pasado volando.
         Mercedes se limpió cuidadosamente con la servilleta y apagó el cigarrillo.
         -Me voy, mamá –anunció –Quiero ir despacio y con tiempo sobrado, así que prefiero ir arrancando.
         -¿Despacio tú? –doña Dorinda amagó una carcajada -¿Con ese trasto infernal que te gastas? Anda ya…
         Las dos mujeres echaron a andar hacia el exterior. Emerson ya había traido el coche hasta la puerta. El audi TT plateado relucía como un diamante bajo el pálido sol de diciembre.
         -Llámame cuando llegues –rogó doña Dorinda.
         -Por supuesto –Mercedes la abrazó y le dio un beso en la arrugada mejilla –Pórtate bien durante mi ausencia.
         -Vete a la porra, niña –contestó la madre.
         Mercedes subió al coche y arrancó. Por el retrovisor vio cómo su madre, Emerson y Graciela le decían adiós con la mano.
***
Mercedes cruzó el pueblo cinco minutos después para tomar la carretera de Madrid. Sí era cierto que se quería tomar ese viaje con calma. Le gustaba mucho conducir rápido y era una experta, con unos reflejos excelentes y nervios de acero, pero estaba tan histérica pensando en el encuentro con Nicolás, que ese día no respondía de su pericia. Acarició el volante de cuero con cariño. Había estado a punto de cambiar de coche aquel año. Un día llevó a poner a punto el audi y el encargado del taller del concesionario la arrastró al expositor para enseñarle el audi A5. La crisis y el cariño que le tenía a su TT la frenaron. Ya se lo plantearía el año que viene.
         Le quedaban todavía unos cuantos kilómetros de carretera hasta acceder a la autovía. El día estaba limpio, fresco y claro. Conectó el reproductor de mp3 y puso música suave. Pensó un poco en cómo había pasado el año. Bastante bien, decidió. Sobre todo si lo comparaba con el anterior. Se había notado la crisis, por supuesto, pero el haberse asociado con Marián para diversificar los cultivos había sido una idea magnífica. Para empezar, se había descargado de no poco trabajo. El cultivo de kiwis había sido todo un acierto, era una fruta con excelente salida en el mercado, dadas sus propiedades saludables. Los huevos se seguían vendiendo muy bien. No había tenido que prescindir de ningún empleado, aunque parte de ellos se habían trasladado a la granja de Marián. Una suerte increíble, viendo como estaba el panorama en el país. Sí, Mercedes se sentía satisfecha.
         Pero en su fuero interno, lo que más satisfacía a Mercedes era cómo había llevado el tema de Marián y Lorenzo. El ex –alcalde no se distinguía por su timidez, la propia Mercedes había tenido ocasión de sufrirlo, pero con Marián se comportaba como un colegial y todo su desparpajo desaparecía. Mucho tuvo que mediar Mercedes, invitándolos a comer y cenar y dejándolos solos en la sobremesa, pretextando cualquier cosa. Un día organizó una cena en la ciudad y los invitó a dormir en su piso. Se abstuvo de comentar que se había deshecho del cuarto de invitados, así que ella acabó durmiendo en casa de Fernando y Juan, sus ex –compañeros de la biblioteca.
         -En el fondo eres una romántica incorregible –le había dicho Fernando, sin el menor asomo de enfado porque ella irrumpiera en la intimidad de su hogar a las dos de la madrugada.
         A partir de esa noche, todo había cambiado. Marián también se había tomado su tiempo. Acababa de enviudar en trágicas circunstancias y su vida matrimonial había sido un desastre, lo que, a priori, la hacía desconfiar de todos los hombres. Lorenzo había hecho una verdadera labor de zapa para convencerla de sus verdaderos sentimientos.
         A Mercedes le hacía gracia el asunto: Marián se comportaba con Lorenzo con una gazmoñería desesperante, sin embargo no había tenido el menor reparo en caer en brazos del seductor Héctor el año anterior, a las pocas horas de conocerlo. De hecho, la infidelidad de Marián con Héctor había sido el detonante de la muerte del marido.
         Levantó inconscientemente el pie del acelerador al acordarse de la bella encarnación del maligno, Héctor. Eso había sido lo único que le había causado inquietud aquel año. A veces le parecía notar su presencia rondándola, ya fuera en forma de brisa repentina, de súbito bajón de la luz, de extraña e inexplicable sensación de calor. Y sentía miedo, miedo de él y de sí misma. Alguna vez le había parecido sentir una mano invisible acariciándole los pechos, descendiendo por su columna vertebral, rodeándole los muslos. Y no era Nicolás, ni tampoco su imaginación. Los años anteriores nunca había tenido sensaciones tan reales. Se sentía vigilada por aquel sujeto en numerosas ocasiones, no podía remediarlo. Se reñía a sí misma diciéndose que sólo eran aprensiones suyas, pero a veces… la presencia era demasiado real.
         A las diez y media hizo la primera parada para tomar un café y fumar un cigarrillo, aparte de la obligada visita al baño. La dueña del bar la conocía, pues era parada obligada para todos los del pueblo cuando iban a Madrid, y se empeñó en que probara el delicioso roscón que había hecho aquella mañana.
         -Está buenísimo, Fina –farfulló Mercedes con la boca llena.
         -Ya puede, usé huevos de los tuyos para hacerlo –rió la mujer -¿Vas a la ciudad? Qué peripuesta vas, chica.
         -Me voy a Madrid, hija. Unos cuantos días. Tengo cosas que hacer.
         Fina sacó veinte euros de la caja registradora.
         -¿Me compras un décimo en doña Manolita? Si tienes tiempo, ¿eh? Si no, pues nada.
         Mercedes cogió el dinero.
         -¿Qué terminación quieres? Ya sabes que es difícil elegir allí.
         -Bah, la que tú quieras. Tampoco es cuestión de ponerse repelente.
         Mercedes cogió el bolso y rebuscó dentro.
         -Bueno, sigo viaje. ¿Qué te debo?
         -Nada, hermosa. Invita la casa. Que tengas buen viaje.
***
         Nicolás y el Boss se hallaban en la Plaza Mayor observando con curiosidad los puestos de belenes.
         -Fíjate, Nicolás. Lo que más gracia me hace de los humanos es toda la suerte de explicaciones que inventan para darme origen -Cogió un Niño Jesús del pesebre de uno de los belenes, pero ante la furibunda mirada del vendedor, lo volvió a dejar en  su sitio -Probablemente se llevarían una buena sorpresa cuando supieran la verdad, ¿no crees?
         Nicolás no contestó, estando como estaba absorto en sus pensamientos. Llevaba toda la mañana hecho un manojo de nervios pensando en ella. No paraba de mirar el reloj, y eso que no estaba acostumbrado a él. De donde él venía, el tiempo y el espacio no existían.
         -Nicolás... ¿Me estás escuchando?
         El Papá Noel volvió a la realidad.
         -Perdona, Boss. Estoy un poco nervioso.
         -Bien puedes decirlo -el Boss sonrió -¿Cuánto tiempo estuviste esta mañana en el cuarto de baño acicalándote? Quizá sea un error eso de que tengas envoltura mortal sólo unos días al año, no sirve para nada más que para hacer aflorar tu vanidad terrenal.
         Nicolás miró al Boss con desagrado.
         -Anda, me vas a decir tú que no te gusta tener un poco de envoltura mortal algunos días al año, Boss. Aunque sólo sea por las comilonas que te metes.
         -Touché -contestó el Boss -He de confesar que comer es algo muy... agradable.   Sobre todo teniendo en cuenta que paso tan pocos días aquí que no me da tiempo a engordar.
         Nicolás encendió un cigarrillo. Estaba muy nervioso y necesitaba fumar.
         -¿Cuál es el plan para hoy? -preguntó.
         -Bah. Toma de contacto. Cuando llegue Mercedes nos iremos a comer a ese sitio donde hacen los huevos fritos, ¿cómo se llama?
         -Casa Lucio -Contestó Nicolás. Y a continuación, espetó -¿No te da vergüenza irte a Lucio con la hambruna que están pasando en África?
         El Boss enrojeció, cosa que le resultó sumamente desagradable. Había sensaciones humanas a las que nunca se acostumbraría.
         -Bueno, hombre... alguien se está ocupando de eso ya. Pues eso, iremos a los huevos estrellados o como se llamen y después haré yo unas gestiones. Vosotros podéis ir al hotel a poneros al día, no empezaremos en serio hasta el día siguente.
         Nicolás se mostró sorprendido.
         -Qué generoso por tu parte -su voz sonó peligrosamente meliflua -¿A qué se debe tanta comprensión y amabilidad?
         El Boss se encogió de hombros.
         -Ya te he dicho alguna vez que simpatizo con las pasiones humanas bastante más de lo que crees. Será mejor que estéis juntos unas horas y después tengáis los cinco sentidos puestos en la misión. Aunque este año no está demasiado difícil, me gustaría tener otro éxito rotundo, a poder ser sin que muera nadie. Los dos últimos años siempre se han saldado con víctimas, no sé cómo os las arregláis.
         Nicolás apagó el cigarrillo con el zapato. Se estaba empezando a enfadar.
         -Oye, oye, que eso no es culpa nuestra. No podemos estar en todas partes a la vez. En todo caso, será culpa tuya por elegir misiones con gente tan malvada dispuesta a liquidar a sus semejantes.
         El Boss optó por ser conciliador, entendía que Nicolás estaba nervioso. En ese momento sonó su móvil y, viendo de dónde procedía la llamada, se hizo a un lado.
         -Nicolás, sigue tú, ahora te cojo. Tengo una llamada.
         Y Nicolás siguió andando, ajeno a todo lo que no fuese pensar en su querida Mercedes. Ay, qué poco quedaba ya para abrazar a su chica.
***
         Unos kilómetros más adelante, la niebla hizo su aparición. Mercedes encendió los faros antiniebla con un gesto de fastidio. Era lógico, por esa zona se formaban muchas en aquella época del año, sobre todo si habían pasado varios días sin llover.
         Aminoró la velocidad y, en un instante, quedó deslumbrada por los potentes faros de un coche que estaba detrás del suyo y que parecía haber salido de la nada.
         -¿Pero será gilipollas...? -bramó.
         Por el retrovisor hizo un gesto para advertir al conductor de que estaba demasiado pegado a ella, pero éste hizo caso omiso. Entonces encendió los cuatro intermitentes y aminoró la velocidad. La niebla era cada vez más espesa. Miró hacia la línea blanca que delimitaba el arcén para no perder la orientación.
         Súbitamente, el coche empezó a adelantarla a velocidad supersónica. Mercedes tocó el claxon en señal de protesta. Vaya, y después decían que ella conducía como una loca. ¿A qué descerebrado se le podía ocurrir adelantar en aquellas circunstancias, con visibilidad cero, en línea continua? Empezó a sentir terror. El coche se perdió entre la niebla, se esfumó del mismo modo en que había aparecido.
         Mercedes encendió un cigarrillo. No le gustaba fumar en el coche pero entendía que en este caso estaba totalmente justificado. ¡Menudo animal, como para provocar un accidente!
         -¿Me das fuego, nena?
         El coche se le fue de las manos, invadió el carril contrario y, gracias a sus reflejos, recuperó su trayectoria. En el asiento del copiloto, el bello Héctor sostenía un cigarrillo entre los dedos y la miraba con aquella sonrisa desarmante.
***
         Lorenzo fue el que salió a su encuentro al llegar al hospital. Sólo con verle la cara, Nicolás supo que las noticias no eran buenas: estaba totalmente desencajado.
         -Ya estáis aquí, menos mal –Abrazó al Boss y después a Nicolás. Las lágrimas rodaban por sus mejillas sin que pudiera remediarlo.
         -Está mal ¿verdad? –preguntó el Boss. Prefería que Nicolás supiera la verdad desde el principio.
         Lorenzo se sentó y escondió la cara entre las manos.
         -Muy mal, ya es un milagro que no se matara en el accidente. Casi habría sido mejor ¿sabéis? El coma es irreversible, eso ha dicho el médico. Pobre Mercedes, me he hartado de decirle durante todos estos años que conducía demasiado deprisa.
         Nicolás tomó asiento junto a Lorenzo, totalmente desfondado.
         -¿Cómo pueden saberlo tan pronto? –preguntó el Boss –Se supone que la cosa fue hace sólo unas seis horas ¿no?
         Lorenzo clavó sus ojos enrojecidos en los del Boss.
         -No hay actividad cerebral, no hay la menor actividad cerebral. Es un vegetal, maldita sea. Ayer estaba llena de vida, vino a despedirse, estuvo jugando con el niño, estaba feliz porque iba a verte –se dirigió a Nicolás, que seguía petrificado –Todo es una mierda, maldita sea… -dio un fuerte puñetazo en la pared.
         Llegó Marián con un vaso de café y pasó su pequeña mano por el hombro de su marido. Tenía los ojos inyectados en sangre e hinchadisimos de tanto llorar.
         -Tranquilízate, Lore. Rompiendo el hospital no vas a conseguir nada. Hola, chicos –saludó al Boss y a Nicolás.
         -Quiero verla –anunció este último, saliendo de su ensimismamiento.
         -Está bien –Lorenzo se levantó –Te acompaño. ¿Vosotros venís?
         Marián miró fijamente al Boss.
         -No, ya llevo allí demasiado tiempo. Cristóbal se quedará a hacerme compañía. ¿Verdad, Cristóbal?
         -Por supuesto –replicó el aludido.
         Cuando vio desaparecer a los otros dos, Marián comenzó a hablar con una voz sorprendentemente fuerte y serena.
         -No me voy a andar con rodeos. Mercedes no saldrá de ésta. Está muy mal.
         El Boss asintió con la cabeza.
         -Hace un año, Cristóbal, tuve una experiencia muy extraña en la que no he querido pensar hasta ahora. Tú estabas presente.
         -¿De veras? –contestó el Boss, dispuesto a negar todo.
         -Sí, recordarás la noche en que confesé mi desliz con aquel… aquel… Héctor o como se llamara. Sufrí un desmayo.
         El Boss se mesaba la barbita y fruncía el entrecejo, fingiendo que estaba intentando recordar.
         -Mmmm, sí, ahora que lo dices algo recuerdo… es lógico que te desmayaras, estabas sometida a una gran tensión.
         Marián sonrió con tristeza. Sólo había una explicación lógica para lo que había pasado y ella la iba a verbalizar por primera vez.
         -Fue algo curioso que no sé cómo explicar, pero no fue un desmayo, no lo fue. Salí de mi cuerpo. Hubo un momento en que pude veros a todos y a mí misma en aquella habitación. Mercedes te sujetaba por las solapas y decía nosequé sobre la alteración del orden natural de las cosas y te suplicaba que me salvaras. Tú me pusiste una mano en la cabeza y, de repente, una fuerza sobrenatural me arrastró nuevamente dentro de mi cuerpo. Tú lo hiciste.
         Se quedó callada esperando la reacción del otro. El Boss habló por fin.
         -No sé de qué me hablas –contestó, intentando que no le temblara la voz –Probablemente tuviste una alucinación durante tu desmayo, no creo que sea infrecuente.
         Marián hizo caso omiso y le cogió una mano.
         -Bueno, yo te lo pido ahora, te lo estoy pidiendo ahora –lo miró a los ojos. Al Boss le costó sostenerle la mirada sin pestañear –Sálvala, Cristóbal. Sálvala como hiciste conmigo. Por lo que más quieras, haré lo que sea a cambio.
         El Boss suspiró.
         -Lo que tú pides es un milagro y yo no soy la persona apropiada. Lo siento, no puedo ayudarte.
         Se levantó y se dirigió a la habitación de Mercedes. Cuando abría la puerta escuchó el llanto de Marián.
***
         Nicolás abrió la puerta quedamente y asustado por lo que se iba a encontrar. Durante su larga vida había visto muchos enfermos, muertos y moribundos, pero ahora era distinto. La mujer que amaba estaba en aquella cama, llena de tubos, conectada a espantosas máquinas cuyo funcionamiento no comprendía. Entró muerto de miedo y se acercó a la cama. Lorenzo permaneció fuera, esperando. No quería romper el momento de intimidad de Nicolás.
         -Dios mío, Mercedes –musitó al tiempo que le cogía la mano inerte y la besaba con suavidad -¿Qué te ha pasado?
         -Nada de esto habría sucedido si no hubiera ido a encontrarse con usted –la voz de doña Dorinda salió de las profundidades de la butaca que estaba a la izquierda de la cama. Nicolás ni siquiera se había fijado. Se acercó a la anciana, se agachó frente a ella y le cogió las manos.
         -Lo siento, lo siento muchísmo. No sé lo que ha pasado, pero no me culpe, por favor. ¿Cree que yo deseo verla en este estado?
         Doña Dorinda lloraba mansamente, sin hacer ruido. Simplemente dejaba que las lágrimas resabalaran por su arrugado rostro.
         -Venga conmigo –dijo Nicolás cariñosamente, cogiéndola por los hombros –Necesita usted descansar un poco y comer algo.
         -Gracias, pero no podría. No quiero dejarla sola.
         En aquel momento entró el Boss, acompañado de Lorenzo.
         -Nicolás, tengo que hablar contigo –dijo a su subalterno –Doña Dorinda, lo siento terriblemente, créame –El Boss abrazó a la anciana, que se sintió inmediatamente confortada –Debería usted descansar un poco y comer algo.
         -Yo me encargo –intervino Lorenzo –La llevaré al piso de Mercedes. Marián se volverá al pueblo y yo dormiré con ella.
         -No, no… -protestó doña Dorinda –Mercedes no puede quedarse sola.
         -No se preocupe, nosotros nos quedaremos –dijo el Boss –Descanse esta noche.
         -Está bien –doña Dorinda se puso en pie –Necesitaré fuerzas, porque no me pienso mover de aquí hasta que ella no salga por esa puerta conmigo –sentenció.

martes, 13 de diciembre de 2011

COMIENDO POR LA CORUÑA: O CABO**

CLASIFICACIÓN:

*****Pásate todo el mes ahorrando para ir
****  Espera a que te invite tu churri
***    No está mal, pero cocina mejor tu madre
**     Píllate algo en el kebab de debajo de casa
*       Coge fama y échate a dormir: aprende a cocinar, coño

Plaza Orense, 2, 15004 A Coruña
881 92 74 71 ‎

No es que cocinen mal, no. Todo lo contrario. El problema que tiene O Cabo, al que debo calificar como tapería a falta de clasificaciones, es que su relación calidad-precio me parece francamente abusiva. Que por un plato de carpaccio, un calamar (grande, eso sí) y cuatro vinos me cobren 50 euros me parece una tomadura de pelo. Todo muy rico, eso sí. La materia prima es excelente y cuanto menos la manipulen, mejor. Es preferible pedir platos poco elaborados, como mariscos al vapor o pescados a la plancha, que tostas, pongo por caso. Cada copa de Ribera del Duero cuesta la friolera de 3 eurazos y, además, las llenan poco. El personal es muy amable, pero o no dan abasto o gestionan mal su tiempo, pues como el recinto (pequeño) esté un poco lleno tardan en atender más de lo recomendable. Tampoco tienen carta, cosa que a algún tiquismiquis pondrá los nervios de punta. Cantan los platos a viva voz y tienen una pizarra complementaria. En resumen: no te preparan para el clavazo. Y como colofón, si no cenas allí no te sirven café. Creo que bajar un poco los precios de los vinos ayudaría. A mí no me van a volver a ver el pelo en mucho tiempo, desde luego.


CINCO MESES. SEIS KILÓMETROS. UN CAMBIO DE CASA

Bueno, pues tenía que ser. Después de cinco meses creo que esta pequeña y sana afición merece un espacio propio, aunque este sea un blog multitemático. Lo que no quiero es que se vuelva monotemático, precisamente. Si os queréis seguir partiendo el culo de risa con mis patéticos avances, a partir de ahora podéis hacerlo aquí. Seréis bienvenidos.

domingo, 13 de noviembre de 2011

CUATRO MESES. EMPIEZAN LOS PROBLEMAS

Algún iluminado de las muchas páginas de atletismo que consulto en la red dijo que pasados los tres primeros meses eso del running se volvía algo guay y maravilloso. Bien, era mentira. Es mentira. Cochinísima, vamos. Me había quedado yo hace cuatro semanas pensando que todo el monte era orégano o, incluso, orgasmo, y de repente, plof. La desilusión.
Porque estaba yo muy contenta porque no tenía agujetas más que en algunas partes del tronco y al día siguiente se me pasaban, así que nunca pensé que de repente podían empezar a dolerme las piernas de una forma espantosa. Concretamente, las espinillas. Un dolor horroroso y lacerante que comenzaba a los cinco o diez minutos de empezar a correr y que me obligaba a ceder hasta la caminata. ¡Un horror! Justo ahora que me disponía a ir ya cinco días a la semana, tres de carrera y dos de series para mejorar un poco la velocidad. Entré en pánico. ¿Por qué ese dolor? ¿Por qué ahora? ¿No se supone que a estas alturas mis músculos tienen que estar ya acostumbrados al ejercicio? 
En las mismas páginas donde el alumbrao anunciaba que a partir de los tres meses eso de correr es la hostia, encontré que una lesión frecuente en el corredor de fondo es la periostitis tibial, que no es más que la inflamación de toda la musculatura que rodea la tibia. Y se puede cronificar si se sigue entrenando sin hacerle caso. Imposible obviarla, el dolor es bastante insoportable.
Menos mal que tengo recursos, porque lo último que me apetecía era arribar en el puerto del traumatólogo y salir de allí con una receta para un par de cajas de antiinflamatorios de última generación que me horadaran el estómago. Pregunté a un amigo profe de Educación Fisica y me dijo que probablemente era de las zapatillas, sí, de esas que me autorregalé hace dos meses y que, aunque no fueron carísimas, tampoco me salieron baratas. Como no es plan comprarse unas nuevas, me aconsejó ponerles unas plantillas de descarga (taloneras) y unos ejercicios específicos de calentamiento y estiramiento al empezar y acabar. Mano de santo. Por fin he podido correr esta semana 35 minutos seguidos sin el menor dolor por primera vez en este mes. Además, me dijo que probablemente sea pronadora (piso con la parte interior del pie) y que lo tuviera en cuenta al comprar las siguientes zapas, dentro de unos seis o siete meses.
Más desgracias. ¿Han oído hablar del test de Cooper? Cooper era un alumbrao que inventó una prueba para los aviadores norteamericanos, para poder hacer grupos de entrenamiento según su resistencia. La idea se basa en correr durante doce minutos seguidos y medir la distancia recorrida. Hay unas tablas en las que, según la edad y el sexo, te dice qué tal es tu forma física. Ya sabía que la mía no era de echar cohetes precisamente. En los doce putos minutos sólo soy capaz de recorrer kilómetro y medio. Hombre, estoy en el límite entre lo normal y lo penoso. Podía ser peor. Lo ideal es hacerlo en una pista cubierta y no al aire libre con el viento en contra (o a favor). Porque esa es otra: hemos enlazado un temporal con otro y yo, como buena mula que soy, he seguido saliendo a correr. Uno de los días llegué calada hasta los huesos, me pilló lluvia torrencial con viento racheado. La parte buena es que tenía todo el paseo para mí sola.
Total, que a sólo seis semanas de la maldita San Silvestre (7,700 km) estoy haciendo cuatro kilómetros y poco en treinta y cinco minutos. A ver qué diantre hago este mes. Los sabrán dentro de cuatro semanas. Hasta la próxima.

jueves, 27 de octubre de 2011

TOKIO BLUES*** Y OTRAS LECTURAS DE OCTUBRE

Afortunadamente, voy retomando poco a poco mi afición a la lectura. Tenía Tokio Blues apalancado en el fondo de mi ipad desde hace un año. Me hice con él picada por la curiosidad, puesto que estaba siendo todo un boom y, por qué no decirlo, con bastantes suspicacias, como siempre que algo es un gran éxito. Además, acababa de leer "De qué hablo cuando hablo de correr", del mismo autor, y me pareció que una persona que corre ultramaratones (100 km) no podía estar muy bien de la azotea. Así que lo empecé cogiéndolo con pinzas, como se suele decir.
Si me preguntan si me ha gustado, mi respuesta es no. Si me preguntan si aconsejo su lectura, decididamente contesto que sí. ¿Contradicción? En absoluto. Que no me haya gustado no quiere decir que no valore su calidad. Precisamente la valoro por lo deprimente de la historia en un mundo editorial en el que parece que todo son aventuras, espías, conjuraciones y finales felices. Tokio Blues desarrolla la historia de un joven universitario en sus primeros años de estudiante en Tokio con el suicidio como hilo conductor. Es una novela de sentimientos. Sin cursilerías. ¿Por qué no me ha gustado? Porque no sabía a dónde quería ir a para Murakami, en algunos momentos me aburrió soberanamente, pero por lo menos se nos muestra cómo el protagonista aprende de sus experiencias de la vida y tiene un ritmo cadencioso que se agradece dentro de tanta trepidación. Es posible que si lo releo dentro de un tiempo mi opinión sea mucho más positiva. Desde luego, de los cuatro libros de esta reseña es el de mayor calidad literaria.


Leí El jardín olvidado**** , de la australiana Kate Morton, por encargo. Sí, leo por encargo, fíjense. En este caso, mi jefa de biblioteca, que estaba entusiasmada con "La casa de Riverton", de la misma autora y me pidió si podía leer El jardín... por si el contenido no era adecuado para los chicos del instituto. Me enganchó enseguida. Una niña inglesa aparece abandonada en un trasatlántico en un puerto de Australia y es adoptada por una familia de allí. Años después se intentará resolver el misterio de su identidad. Para ello, la autora maneja dos escenarios: Australia e Inglaterra, y varios ejes temporales que van desde finales del siglo XIX hasta la actualidad. ¡Y sin hacerse un lío! El libro desprende un tufillo a lo Jane Austen o Charles Dickens en los episodios correspondientes a la Inglaterra victoriana y tiene la intriga asegurada, aunque muchos de los elementos del desenlace son previsibles. Literariamente no es gran cosa, pero entretiene con creces (algún día se me quemó la cena). "La casa de Riverton" queda pendiente para Noviembre.

Con El contrato *** les ruego encarecidamente que no hagan lo que hice yo. Forma parte de una saga protagonizada por el mismo poli y nuevo héroe nórdico: el finlandés Jonna Linna. Y es el segundo. Lean primero El Hipnotista.  En este caso, leí El Contrato por consejo de mi hermana. Mejor dicho, lo devoré. Una mujer aparece muerta en un barco. Está totalmente seca, pero sus pulmones demuestran que ha muerto ahogada. A partir de ahí, toda una maraña de corruptelas e intrigas al más puro estilo sueco que, por lo menos, no deja indiferente. Mucha acción, mucha sangre y muchos muertos. ¡Me rechifló!

Volviendo a Lars Kepler, seudónimo bajo el que se esconde un matrimonio de escritores sueco, no necesité más de tres segundos para empezar El hipnotista *** nada más haber acabado "El Contrato". Me dejó un poco perpleja: un niño de quince años mata a toda su familia y hay que recurrir a un hipnotista para descubrir la verdad. Me dejó perpleja, digo, porque sabiendo ya a las pocas páginas quién era el asesino me intrigaba qué carajo iba a hacer Kepler para mantener entretenido al personal durante el resto de la novela. Como pueden imaginar, los avatares del hipnotista son la clave de la historia. Mucha acción, pero no tanta como en "El contrato", lo cual hace que en algún momento canse. Y también muertos a gogó, como buena novela nórdica. Espero que disfruten con estas recomendaciones. Hasta el mes que viene.


lunes, 10 de octubre de 2011

TRES MESES. CINCO KILÓMETROS. UN OBJETIVO.

Como cada cuatro semanas, posteo mis logros en el mundo del running. El día que haya fracasos espero postear también. Lo bueno de estar iniciándose es que nunca se va para atrás. Al contrario, estoy mejorando tanto que a veces me paso y al día siguiente lo pago.

Cuando empecé en esta historia, hace ya doce semanas, me marqué un objetivo: correr media hora seguida tres días por semana. Y un plazo: diciembre. Tengo muchos amigos que corren y todos me dijeron lo mismo: "harás la media hora antes de lo que crees, y después querrás algo más fuerte y te marcarás otro objetivo. Ya te veremos en la carrera tal o cual". "Ni de coña", contestaba yo. Pues miren por dónde, ellos tenían razón. Hace ya quince días que corro veinte minutos seguidos, y casi podría correr la media hora si me lo propusiera. De hecho, esta última semana he corrido entre cuarenta y sesenta minutos en series de veinte. Repito lo que digo siempre: si me lo dicen hace tres meses, no me lo creo. El sábado me envalentoné y me tiré una sesión de una hora, pero lo pagué con creces: por la noche estaba totalmente agotada.

Como veo que en medio mes el objetivo inicial estará cumplido, hace ya algún tiempo que me marqué otro más ambicioso: correr los ocho kilómetros de la San Silvestre de La Coruña el día 31 de diciembre. Sé que podré hacerlo si nada se tuerce (un esguince, un infarto...) pero también soy consciente de que llegaré de las últimas: soy incapaz de hacer un kilómetro en menos de nueve minutos y no quiero obsesionarme con la velocidad, puesto que todavía estoy haciendo fondo. Lo cual quiere decir que esos ocho kilómetros me llevarán casi hora y media y me moriré de vergüenza. Por otro lado pienso que hace dos meses y medio me moría de vergüenza cada vez que salía a correr y que ahora me la trae al pairo, así que... me quedan otras doce semanas para prepararme, a ver qué pasa. Tiene tela la cosa: hace un tiempo no era capaz de correr más de un minuto seguido y ahora me ando preocupando por las marcas.

Por lo demás, todo sigue siendo perfecto: mis músculos siguen endureciéndose; mi ansiedad, bajando; mi apetito, de lobo; no engordo, duermo como un bebé y (casi) siempre estoy de buen humor. Lo único que me pone de malas es pensar por qué coño no me dediqué a esto antes.

Una cosa que me hace el ejercicio todavía más placentero es la compañía de mi ipod y la lista de reproducción que uso para correr. Como se imaginarán, el rock and roll es mi principal apoyo. A veces tengo que tener cuidado: me sale una air guitar en mitad de la sesión, o me dejo llevar por el ritmo, acelero y se me dispara el pulsómetro. Entre las joyas que uso para entrenarme, están las siguientes:

AC/DC: shoot to thrill
QUEEN: Tie your mother down
JOE SARTRIANI: Surfin´with the alien
BRIAN ADAMS: you gonna win
JET: Cold hard bitch
AEROSMITH: Rag doll
BLUR: Boys and girls
METALLICA: Whiskey in the jar
BEATLES: Bad boy
TOTO: White sister.


En fin, dentro de cuatro semanas les sigo contando. Desde aquí animo a todo el mundo a dedicar un tiempo a la semana al running. Si yo pude, puede cualquiera. Hasta dentro de cuatro semanas, amigos.

jueves, 6 de octubre de 2011

STEVE JOBS: IN MEMORIAM

Foto propiedad de Fata Morgana
Escribo esta entrada-homenaje, como no podía ser de otra manera, desde mi Macbook de 14 pulgadas. Al final, Jobs no pudo ganar la batalla final contra el cáncer de páncreas que padecía desde hacía años. Se va un revolucionario de la tecnología, y me gustaría recordar, desde este humilde blog, cuándo empezó mi romance con la manzana.

Como casi todo el mundo que nunca ha tenido un producto Mac, en su momento no le di la menor importancia: sí, muy monos, pero carísimos. No entendía esa diferencia de precio. Como tampoco controlaba ni jota de informática (ni controlo, cada vez menos desde que uso Mac), tampoco comprendía aquellas entusiastas explicaciones de los que manejaban autocad en un Macintosh a principios de los años 90. Me parecía una cosa así como tener un Mercedes: sería la hostia, sí, pero los seat Ibiza cumplían el mismo cometido.

Así las cosas, desde que en 1991 tuve mi primer PC hasta que el primer producto manzanil entró en mi humilde morada pasaron 10 años. Lo primero fue un ipod de 20 gigas al que no hice mucho caso, puesto que no era para mí. Lo heredé cuatro años después y poco más duró el pobre. Para entonces, ya tenía un powerbook G4 de 13 pulgadas al que todavía doy uso. Sus 80 gigas de capacidad se me quedaron pequeños. ¡Y pensar que empecé con un 286 que tenía 30 megas de capacidad! El bueno del G4 petó el disco duro y en apple fueron capaces de recuperarlo entero y verdadero. No sé si habrían sido capaces de hacer lo mismo con un PC.

Eso es una de las cosas que diferencia a Mac de los demás. A veces la gente me llama: ¿Me compro un Mac? Yo contesto: ¿Tienes la pasta? Sí. Ni lo dudes, respondo. Mac tiene sólo un pequeño problema: después de seis meses usándolo, no sabrás usar un pc. Su unión de intuición, diseño, versatilidad y minimalismo harán que no quieras ya otra cosa. Mientras el resto del mundo tenía que instalar drivers en sus periféricos, los macinteros ya funcionábamos sin ellos. Mientras los pecés usaban el Nero para grabar un cd, nosotros arrastrábamos los archivos directamente al disco y pulsábamos "grabar". Gracias, Steve Jobs.

También tiene otros inconvenientes: los respuestos son caros, las baterías no bajan de 90 pavos (y se vician, pero no tanto como un pc), otro tanto cuesta un cable de alimentación. Los gadgets, ipods y similares, vienen pelados. La ipad trae un cable de alimentación que no llega ni al metro de largo, a la mínima le pegas tirones. El mando a distancia de la segunda generación de ipods no sirve para la tercera, el cargador del ipod no sirve para la ipad, el cargador del iphone del coche no sirve para la ipad tampoco, y unas cuantas pequeñeces más. Pero todos sus productos son tan cómodos y versátiles que te acabas olvidando. El catálogo es para volverse loco, pero, como pueden ver en la foto, yo sigo con mi ipod de toda la vida, que compré hace seis años, y he despreciado touchs y shuffles porque la capacidad para almacenar la música que yo quiero es escasa. Y puedo salir de viaje olvidándome las bragas (con perdón) pero el ipod siempre va en la maleta.

En fin, que nada de esto habría tenido lugar si Steve Jobs no hubiera tenido la deferencia de compartir con el resto del mundo su sabiduría imaginativa. Recuerdo la presentación de la ipad1 en Estados Unidos, que descargué de youtube. Cuando acabé de visualizarla me recorrían el cuerpo sudores fríos. Ya no era sólo el producto, sino la manera de venderlo. No veía llegar el mes de mayo para hacerme con una. Está superamortizada, menos a la playa la llevo a todas partes. Hace un año que no compro un libro.   He regalado todos mis libros entre mis amigos, cosa que les ha hecho muy felices. Tengo sitio en las estanterías para mi colección de libros de rock and roll y mis cómics, para eso sí que no admito la versión electrónica. Y es lo único que llevo al trabajo: ni libros, ni apuntes, ni nada.  Todos mis cuentos, relatos y novelas los he escrito desde un Mac. Desde un Mac abrí este blog. Te echaré de menos, Steve Jobs.

martes, 4 de octubre de 2011

COMIENDO POR LA CORUÑA: EL MONO PACO ***

Foto por gentileza de "El Mono Paco"


CLASIFICACIÓN:

*****Pásate todo el mes ahorrando para ir
****  Espera a que te invite tu churri
***    No está mal, pero cocina mejor tu madre
**     Píllate algo en el kebab de debajo de casa
*       Coge fama y échate a dormir: aprende a cocinar, coño
Rúa Mercado, 4, 15001 La Coruña 

PRECIO POR PERSONA: Salmorejo, Carpaccio de buey, Tosta de jamón de guijuelo y tomate. Coulant con helado. Vino. 15 euros.



El mono Paco es una pequeña vinoteca situada a las puertas del casco viejo de La Coruña, en una zona donde predomina una clientela juvenil, y juvenil es su propuesta gastronómica, aunque no exenta de cierta sofisticación: ensaladas, tostas y bocadillos (no en el sentido literal y prosaico de la palabra) conforman el grueso de una carta que se completa con unos cuantos platos y raciones de cocina, como el solomillo ibérico, las croquetas o el pulpo a la plancha. Tiene una excelente relación calidad-precio. El carpaccio es de los mejores que he probado, a pesar de que lleva apio (lo odio, pero no se le nota). Lo conozco porque entré por casualidad un día para tomar una caña y hacer tiempo, pues cenaba en el local de al lado (ya lo reseñaré también) y llegaba un poco pronto. Me fijé en la carta y me llevé una tarjeta con intención de reservar la próxima vez. He cenado allí dos veces y me ha gustado. Me parece una opción de lo más correcta para una cena informal, en plan tapeo. Tiene una pequeña terraza para las pocas veces que las noches coruñesas invitan a disfrutar del aire libre (y para los fumadores). Además, hacen mojitos y otros cócteles bastante ricos. Si pasáis por La Coruña y queréis cenar bien y por poco precio, no olvidéis este simpático local.