LOS QUE HACEMOS DE ESTE BLOG UNA CASA DE LOCOS

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MORGANA

JOTAELE

AGÜELO COCINILLAS

Oficialmente, profesora

Escritora

Casada y madre de familia

Me gusta leer, escribir y el rock and roll

Toco la guitarra

Hago dameros

Me gusta Patán

Odio la política y los programas del corazón

Oficialmente, abogado

Seductor

No sabe, no contesta

Me gustan las mujeres

Toco lo que me dejan

Hago el amor

Me gusta Betty Boop

Odio a Belén Esteban y a María Antonia Iglesias

Oficialmente, jubilado

Naturalista

Viudito y disponible

Me gusta observar la naturaleza humana

Ya no toco nada

Hago disecciones

Me gusta doña Urraca

Odio la caza, la pesca y los toros.

LIBROS LEÍDOS INVIERNO 2013

J.K. ROWLING: Una vacante imprevista
NOELIA AMARILLO: "¿Suave como la seda?
LENA VALENTI: "Amos y mazmorras"

viernes, 23 de abril de 2010

LA MUÑECA ROTA



Como todos los años, he organizado en el foro de cocina un "amigo invisible" en el que nos regalamos libros y flores. El cuento que os presento lo escribí ex profeso para regalar a mi amiga invisible, aunque a ciegas, porque lo empecé bastante antes de saber quién era. Al final, me tocó enviárselo a Cantabrona y creo que le ha gustado mucho.
En fin, que como lo escribí para el día del libro lo comparto con vosotros, y como es muy largo, os pongo aquí un extracto y el resto lo podéis descargar gratis en este enlace:


Espero que os guste. Feliz día del libro a todos.


LA MUÑECA ROTA

Safe Creative #1004186045021

1

-Desde luego, cada día estás más suspirón, cari.

Rubén alzó la vista del crucigrama y miró a su mujer, que sonreía con condescendencia. Y pensó: “Tú que sabrás, alma cándida”.

Rubén Furelos López. Cuarenta años. Metro ochenta; ochenta kilos. Todo el pelo, afortunadamente, aunque con entradas ya más que evidentes y algunas canas entreverando el castaño. Ojos marrones. Guapo en su juventud, interesante en la madurez. Licenciado en Historia del Arte. Funcionario del Museo de Arte Provincial, sección de arte clásico. Casado. Cuatro hijos.

Ni se había dado cuenta de lo mucho que suspiraba últimamente. No se autoanalizaba porque le daba miedo. Sabía que estaba enfermo, sabía el nombre de la enfermedad. Sabía que tenía hastío y nostalgia. Lo sabía porque hacía más crucigramas que nunca y porque todas las noches, antes de dormirse, lo único que le hacía sentirse bien era recordar el mejor verano de su vida, el verano de 1987.

-Estoy cansado, Teté. Hay mucho trabajo últimamente. Ando negro con el tema de la serie de Tauromaquia de Goya…

Teté se encogió de hombros y salió de la sala diciendo que se le quemaba la cena. No soportaba a su marido cuando hablaba de trabajo, se aburría muchísimo.

Teresa Martínez Fontán. Cuarenta años. Metro sesenta y cinco. Cincuenta kilos a base de pasar hambre. Media melena rubia artificial. Ojos marrones. Bronceado de cabina. Pechos de silicona. Maquillaje impecable. Estudios interrumpidos en cuarto de Medicina, cuando un preservativo defectuoso cambió su vida. Ama de casa. Casada. Cuatro hijos.

En cuanto su mujer salió de la estancia, Rubén soltó el crucigrama que usaba de parapeto y se entregó a sus pensamientos acomodándose en la butaca. Él nunca había sido un nostálgico ni un romántico, así que no era capaz de comprender lo que le estaba pasando. Tras dieciocho años de matrimonio, la vida familiar se le hacía insoportable y aborrecible. No sabía cuándo había empezado este sentimiento hostil. Se había ido infiltrando de forma insidiosa, probablemente. Y la revelación final se había producido a raíz de la operación.

-Cari, no puedo más… regálamela por mi cumpleaños, anda –Había rogado Teté con tono ronroneante.

-Pero a mí me gustan así, Teté –había farfullado él.

-Cari, hombre, si ahora todo el mundo se lo hace…

No, Rubén no era lo suficientemente comprensivo como para entender que su mujer quisiera arreglarse los pechos después de cuatro hijos. Y sí, era cierto que su delantera dejaba bastante que desear, no tenía demasiado y tanta lactancia había hecho estragos. Al final se puso tan pesada que pidió un crédito y le regaló la maldita operación. Pero la muy puñetera le había mentido, había dicho que sólo sería un arreglo y lo que había hecho era ponerse un par de melones espeluznantes que se daban de bofetadas con el resto de su minúsculo cuerpo. Todos sus amigos se habían dado cuenta del “arreglito”, la mayoría ni siquiera disimulaba para mirárselas. A Rubén le daba vergüenza y evitaba tocarlas. En realidad, evitaba tocar a su mujer desde hacía tiempo.

En honor a la verdad, Rubén se merecía un premio por haber sido fiel durante tantos años, teniendo en cuenta que se había casado por obligación. Llevaba seis meses saliendo con Teté cuando se quedó embarazada. Lógicamente, cumplió y se casó con ella. Por aquella época era como ahora: mona, delgadita y aburrida. Se habían conocido en el colegio mayor y Rubén no tenía muy claro cómo se había ido dejando enredar. Salía con ella porque no tenía nada mejor que hacer y siempre estaba dispuesta a acostarse con él. El embarazo había sentado como un mazazo en la familia, sobre todo en la de Teté, que era cursi hasta decir basta. Los padres de Rubén se lo habían tomado mejor. Sabían que esas cosas sucedían de vez en cuando. De hecho, habían sido sus padres los que más los habían ayudado mientras Rubén acababa la carrera, y eso que no les sobraba el dinero. Para rematarla, a poco de nacer Sofía una increíblemente fértil Teté quedó embarazada de nuevo. Ni soñar con retomar la carrera de Medicina, desde luego.

No es que no la quisiera, reflexionó Rubén. Cuando se casó con ella le gustaba mucho, era una compañera tranquila y discreta, una buena madre y llevaba la casa con habilidad. Le había dado dos hijos más y era lógico que, tras dieciocho años de entrega maternal, se la recompensara con unas tetas nuevas si era lo que quería.

-Cari, está la cena –una impecable Teté avisó desde el quicio de la puerta.

Rubén observó a su camada mientras cenaba con parsimonia. No tenía apetito. Una chica y tres chicos. Sofía, dieciocho años, un encanto. Estudiosa y responsable. David, diecisiete años, menos estudioso y menos responsable. Los gemelos Sergio y Rubén, doce años. Insoportables. Cinco bocas para alimentar con un solo sueldo. Cinco para vestir. Afortunadamente, la herencia del abuelo hacía un año había aflojado bastante el dogal. El anciano le había legado su piso, y una discreta cantidad de dinero que había sido empleado en hacer la reforma y en dar la entrada para pagar los dos espantos que colgaban desafiantemente del tórax de Teté. Observó que Sofía tampoco era capaz de mirar directamente los pechos de su madre.

-David ¿Al final estás saliendo con La Gamba o no estás saliendo con La Gamba? –preguntó el descarado Sergio al hermano mayor, que le soltó una colleja con toda naturalidad.

-Cállate, esqueje. ¿A ti qué te importa? –contestó el aludido airadamente.

-David, no pegues a tu hermano –intervino la madre –Cari… ¿Estás bien?

Rubén había palidecido de repente. Obvió a su mujer y se dirigió al descarado.

-¿Cómo has dicho?

El pequeño tragó saliva.

-Llllla ggggamba –balbuceó.

-¿Cómo que La Gamba? –insistió el padre.

-Es una de primero de bachillerato, papá –explicó la sensata Sofía –Le llaman La Gamba –fulminó a David con la mirada –porque dicen que de ella se aprovecha todo menos la cabeza. Sois unos machistas asquerosos…

Rubén se levantó.

-No quiero cenar más. Tengo que ir al baño… es urgente.

Y salió del comedor, dejando a la familia absolutamente perpleja.

2

-¿Me quieres decir qué te pasa, Rubén? –interrogó Teté metiéndose en la cama –David ya está en edad de salir con chicas, no sé por qué te pones así, levantándote de la mesa en mitad de la cena…

-Nada, me repatean ciertas cosas, nada más -Rubén no sabía cómo dar una explicación lógica –Además, me pegó un apretón, mujer. Tenía que levantarme.

-Estás muy raro últimamente, Rubén –Teté apagó la luz.

Rubén besó a su mujer en la mejilla y se dio la vuelta en la cama.

-Tengo mucho sueño. Hasta mañana.

Por supuesto, no podía dormir. La Gamba… hacía tanto tiempo que no se acordaba de ella… el molesto recuerdo acudía de vez en cuando a incordiar. Ni siquiera era capaz de recordar su nombre… ¿Lucía? ¿Elena?

Si de algo no podía estar orgulloso en esta vida, desde luego era de su bochornoso comportamiento con La Gamba. Rubén se excusaba a sí mismo frecuentemente pensando que eran “cosas de chavales”, pero con los años, el asunto había adquirido una dimensión exagerada: cada vez se acordaba más de ello, sobre todo desde que Sofía había entrado en la adolescencia. Sólo de pensar que su hija pudiera toparse con alguien capaz de hacerle algo así, se le revolvían las tripas, y además, cuando lo recordaba, su complejo de culpabilidad aumentaba de forma alarmante y cada vez encontraba menos argumentos para excusar su proceder. Hasta que llegó un momento que no encontró ninguno.

A los dieciocho años, Rubén tenía bastante éxito con las chicas, para qué decir lo contrario. Y era fanfarrón. Le gustaba alardear delante de sus amigos. En dos años había tenido sus más y sus menos con casi todas las deseadas del instituto. Los amigos lo envidiaban. Entonces, un día le propusieron un reto.

-¿A que no tienes huevos de montártelo con La Gamba? –preguntó uno carcajeándose. Los amigos corearon la idea.

Rubén sintió escalofríos. La Gamba era la cerebrito de la clase, tan inteligente como fea. Quizá no exactamente fea, no tenía nariz de bruja u ojos de besugo, pero sí vulgar, tímida, cohibida y nada deseable. La típica de gafas de culo de vaso, aparato en los dientes, hortera vistiendo y desprovista de todo atractivo y éxito social. La chica gris en la que nadie se fijaba nunca. La llamaban La Gamba porque en clase de Educación Física el primer año habían descubierto que tenía un cuerpazo, quizá el mejor del instituto. Pero como siempre lo llevaba escondido bajo prendas informes y horrorosas…

Rubén se envalentonó.

-¿Qué te juegas? –desafió.

-Cinco talegos, tío –contestó el otro. Pero hasta el final ¿eh? Nada de cuatro morreos mal dados y media mano.

Y así quedó la apuesta concertada. El resto de los amigos también apostó, e incluso varias de las chicas. Si perdían, al menos se harían unas risas viendo cómo Rubén seducía a la infeliz chica.

Utilizó la tan manida excusa de necesitar ayuda urgente en los estudios para acercarse a ella. Estaban a mediados de mayo y los exámenes finales de COU, y después la tan temida selectividad, acechaban. Ella se quedó desconcertada al principio: no entendía cómo alguien como él podía querer algo de alguien como ella. Sin embargo, prometió ayudarle y empezaron a estudiar juntos todas las tardes.

Rubén se volvió a girar en la cama. Teté ya se había dormido. ¡Qué fácil había sido, Dios mío! Pobre chica: hija única y huérfana de madre desde los ocho años, el padre se había vuelto a casar recientemente. Así era tan fea y desgarbada, no tenía una mujer en casa para asesorarla. Tampoco tenía muchas amigas, y las que tenía eran todas tan feas y vulgares como ella. Había sido facilísimo: cuatro halagos, un “me gustaría salir contigo”, tres semanas dando paseos cogidos de la mano ante el choteo de todo el instituto, invitación a la verbena de San Juan en la playa y último acto detrás de una duna. Después, telón: rehuír sus llamadas, escaparle, no estar nunca en casa, volvérsela a encontrar el día de las notas de la selectividad y ver cómo la pobre se enteraba de todo al verle cobrar el dinero de la apuesta entre el cachondeo generalizado de sus amigos. Cien mil pesetas en total, una fortuna. Fue tan cobarde que ni siquiera fue capaz de girarse para ver cómo ella se alejaba llorando y muerta de vergüenza, entre las risas y los comentarios jocosos y humillantes de todos los compañeros. La Gamba había sacado un nueve en la selectividad, por lo menos le quedaba ese consuelo, había sacado bastante mejor nota que él. Por su parte, él se había comprado un Seat Panda de tercera mano hecho polvo y se había sacado el carné de conducir con el dinero de la apuesta. Verano del 87, el mejor de su vida.

Rubén se levantó al baño con cierta ansiedad. ¿Otra vez ganas de mear? ¿Empezaría a estar mal de la próstata? Evitó mirarse al espejo mientras se lavaba las manos, porque en ese instante estaba sintiendo mucho asco hacia sí mismo, y se volvió a acostar.

Nunca había vuelto a saber de ella, jamás. Y eso que vivían en una ciudad pequeña. Ni una mención a su nombre. Tampoco durante la carrera. Probablemente se había ido a estudiar fuera. Fue como si se la hubiera tragado la tierra. Y a veces, el recuerdo llegaba como un fogonazo incómodo a su cerebro, haciéndole chiribitas. Y esa noche su hijo se lo había actualizado como si una bala de cañón le hubiera atravesado de un plumazo la masa encefálica.

A las dos de la mañana volvió a levantarse para tomarse un Lexatín, en vista de que no cogía el sueño naturalmente. Y se durmió, con un sueño agitado y culpable, pensando que si ella alguna vez se acordaba de él, sería para llamarle de todo menos bonito.

8 comentarios:

  1. es un relato que engancha, me ha gustado mucho. esas cosas, desgraciadamente ocurren en la realidad. la operación de pechos y las burlas que sufría esa chica tienen en común una valoración del aspecto físico por encima de otras cosas más importantes...

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  2. Soy profesora de secundaria, Chema. Y los horrores que estoy viendo este año me han inspirado para escribir este cuento. Un besazo

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  3. Lo he leído entero por fin, Morgana. Me ha gustado mucho. Cuántas emociones... Te dedico una entradita en mi blog. Besicos.

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  4. Muchísimas gracias, Haya. Voy a leerla.

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  5. Otra vez muchas gracias por regalarnos este libro. Me ha gustado mucho. Besitos

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  6. De nada, guapa. Ya sabes que me gusta hacer regalitos literarios de vez en cuando. Bss

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  7. hola, me paso para darte las gracias por seguirme y para decirte que esto de escribir se te da muy bien. ademas siendo profesora tienes una buena forma de evadirte del stress acumulado :)

    un saludo

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  8. Gracias, majete. Bienvenido al universo bloguero y gracias por seguirme.

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