LOS QUE HACEMOS DE ESTE BLOG UNA CASA DE LOCOS

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MORGANA

JOTAELE

AGÜELO COCINILLAS

Oficialmente, profesora

Escritora

Casada y madre de familia

Me gusta leer, escribir y el rock and roll

Toco la guitarra

Hago dameros

Me gusta Patán

Odio la política y los programas del corazón

Oficialmente, abogado

Seductor

No sabe, no contesta

Me gustan las mujeres

Toco lo que me dejan

Hago el amor

Me gusta Betty Boop

Odio a Belén Esteban y a María Antonia Iglesias

Oficialmente, jubilado

Naturalista

Viudito y disponible

Me gusta observar la naturaleza humana

Ya no toco nada

Hago disecciones

Me gusta doña Urraca

Odio la caza, la pesca y los toros.

LIBROS LEÍDOS INVIERNO 2013

J.K. ROWLING: Una vacante imprevista
NOELIA AMARILLO: "¿Suave como la seda?
LENA VALENTI: "Amos y mazmorras"

lunes, 10 de mayo de 2010

LA MUJER QUE TENÍA FRÍO

Foto: http://bandarabas.files.wordpress.com/2009/03/705231234145309.jpg

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Hace un año que tengo este cuento semioculto, puesto que estuvo concursando sin éxito. Se me ocurrió una tarde de un friísimo viernes de febrero. Me pregunté qué se sentiría teniendo frío siempre. Esta es la respuesta:


1

Tengo frío. Siempre tengo frío. Es una sensación horrible. Mi madre dice que es porque nací en mitad de la nieve. Se puso de parto en la calle en pleno mes de enero y fue todo tan rápido que no dio tiempo a que llegara la ambulancia. No sé si será por eso, yo sólo tengo claro que siempre he tenido frío, desde que puedo recordar.

No conocí a mi padre; se largó cuando mi madre se quedó embarazada. Ella siempre se ha portado muy bien conmigo, incluso me llevó al médico para tratar de averiguar la causa de este frío intenso y perpetuo. Como nunca lo supimos, pintó mi cuarto de color rojo y forró toda mi ropa con borreguillo para que nadie notase que iba más abrigada de lo habitual.

Mi paso por el colegio lo recuerdo como una pesadilla. Siempre tenía frío, lo que me impedía hacer amistades porque nunca salía al patio en el recreo, ni iba a patinar en invierno, ni a la piscina en verano, tampoco a tomar un refresco, ya que nunca tomo alimentos que no estén calientes. Yo sólo deseaba que acabase la jornada escolar para volverme a mi adorada habitación roja y estudiar, estudiar mucho. Me encantaba estudiar, sobre todo ciencias. El estudio decidió mi futuro: gané una beca para la Universidad de Columbia.

Soy programadora informática, quizá la mejor del país, y, desde luego, una de las mejores pagadas. Hace ocho años la multinacional McAllister & Levison me fichó, lo cual me permitió mudarme de Queens a Manhattan a un apartamento con chimenea.

Me gusta Nueva York más que nada en el mundo, a pesar del frío que hace. Trabajo mucho en casa, fue la primera condición que puse y fue aceptada. Además, viajo bastante por motivos laborales, he estado en Florida, California y el Caribe. He pensado en la posibilidad de irme a vivir allí, aunque también tengo frío

En cuanto empecé a ganar dinero, retomé el tema de los médicos. Recorrí la consulta de unas cuantas eminencias que no me resolvieron nada. Hipotermia congénita, decían. Que me abrigase, decían. Que no tenía remedio, decían.

A pesar de todo, mi aspecto es saludable. Todos los días voy al solarium, pues allí hay un calorcillo agradable que me relaja mucho. Estoy perpetuamente bronceada. Supongo que soy guapa, pues tengo éxito entre el sexo contrario, pero yo no les correspondo. Sí tengo mis necesidades de vez en cuando, por suerte mi frigidez no se ha extendido hasta ese campo, y las satisfago bajo ciertas condiciones, siendo la principal que no me gusta desnudarme, por razones obvias.

No es sólo el cuerpo lo que tengo congelado, mi alma también lo está. El frío desplaza a las demás sensaciones. No soy capaz de amar ni odiar. No siento nada, salvo el frío.

Solamente hay dos personas en el mundo que me comprenden: mi madre y Jill. Jill fue mi compañera de habitación en la universidad y sufre un trastorno bipolar. Se preocupa mucho por mí. Un día llegó a mi apartamento un poco nerviosa e inquieta, se notaba que estaba en la fase eufórica, a pesar de la medicación, y empezó a decirme que aquello que llevaba yo no era vida, que no salía, que no me relacionaba, y que me había concertado una cita a ciegas con su amigo Jonas, pues estaba convencida de que estábamos hechos el uno para el otro. Visto que cuando estaba así no atendía a razones, le prometí que saldría con su amigo una noche.

2

Resultó que Jonas era divertido, guapo y simpático, todo lo divertido, guapo y simpático que le podía resultar a un corazón de palo como el mío. Estábamos en un local del Village tomando un café y la tiritona me impedía disfrutar de la cita, como siempre. Él. en cambio, no daba la menor muestra de estar incómodo con la temperatura, a pesar de que sólo llevaba una camiseta blanca de manga corta muy ceñida, que marcaba sus bíceps de gimnasio. Tenía una sonrisa muy atractiva.

-¿Tienes frío? –Me preguntó con amabilidad, al ver que no cesaba de abrazarme a mí misma.

-Sí. –Le contesté yo. –Es que padezco hipotermia ¿sabes?

El sonrió como si ya lo supiera.

-Algo me comentó Jill. Pues si quieres podemos ir a mi apartamento, vivo sólo a dos manzanas de aquí, es muy caliente y te haré un ponche delicioso. ¿Te hace?

Sí, me hacía. Me daba igual, en realidad, pero le había prometido a Jill que le daría una oportunidad, y salimos del local, yo con mi plumífero forrado de piel, él con su ligerísimo jersey de algodón sobre los hombros. Estábamos a finales de abril, y calculé que habría unos trece grados.

Vivía en el típico apartamento de ladrillos del Soho, diminuto y lleno de banderines de diversos equipos de fútbol y béisbol. Hacía frío. Él lo notó y arrimó una estufa de aire caliente al sofá en el que me había sentado.

Tomamos un ponche delicioso, realmente. Y por fin conseguí sacarme el plumífero. Jonas se debió sentir animado por ello, pues decidió pasar a la acción enseguida y comenzó a besarme. Intenté corresponderle, sobre todo por Jill. Además, era una sensación agradable y hasta le permití que me tocara un poco por encima de la ropa.

Es hoy el día que no puedo recordar cómo el sofá se convirtió en cama ni cómo fue capaz de desnudarme de cintura para abajo sin yo enterarme, ell caso es que fue así, pero me negué en redondo a sus intentos de sacarme la parte de arriba cuando tiró, con impaciencia, de mi jersey, camisa, camiseta de manga larga y camiseta de tirantes a la vez.

Él me miró casi horrorizado.

-Pero… ¿cómo que no? No pretenderás que lo hagamos así ¿No?

-Pues sí. –Constesté yo, enfadada. –Tengo frío. ¿No recuerdas que tengo hipotermia?

-Mira, te lo juro, te lo prometo… no pasarás ni pizca de frío. De verdad te lo digo. Confía en mí.

Me dio un poco de lástima y, acordándome de Jill y de toda su parentela, me dejé desnudar por fin. Me acosté de espaldas y procuré relajarme y olvidarme de que ninguna prenda me cubría.

Estuvo bien, para qué decir lo contrario. Pero fue distinto a otras veces. De repente sentí una sensación vagamente conocida, la misma que tenía cuando estaba tumbada en el solarium, pero multiplicada por cien, por mil. Era calor. Era calor por fin, no me lo podía creer. Y a continuación un orgasmo brutal me dejó fuera de combate. Creo que por eso me quedé dormida, pues normalmente me marcho nada más acabar. Cuando desperté eran las diez de la noche. Jonas estaba durmiendo profundamente de espaldas a mí. Me vestí sin hacer ruido y me pareció grosero no decirle ni siquiera adiós, así que me acerqué para despedirme. Le sacudí un hombro para despertarle, pero no se movió. Yo tampoco lo hice. Necesité unos segundos para darme cuenta de que la rigidez, la frialdad de su cuerpo, el color azulado, todo, en suma, indicaba que estaba muerto.

3

Salí a la calle con la mayor rapidez que me permitieron mis piernas sin saber qué dirección tomar. Por suerte, pasó un taxi en aquel momento. Me acomodé en el asiento de atrás intentando aclarar mis ideas. El pánico me había dominado hasta tal punto que había cogido las sábanas y me las había metido en el bolso para quemarlas al llegar a casa. También había lavado las partes más comprometidas de Jonas por si había restos míos. Nadie nos había visto entrar, ni salir a mí después, por tanto me dije a mí misma que aquello nunca había ocurrido.

Una vez en mi apartamento, quemé las sábanas en la chimenea. Y fue entonces, mientras contemplaba pensativamente el vaivén de las llamas, cuando me di cuenta.

Ya no tenía frío.

Obvié por primera vez en años el ritual de antes de dormir y me acosté sólo con una camiseta de manga larga. Aún así tuve que retirar dos de las tres fundas nórdicas durante la noche porque tenía calor, calor, calor, bendita palabra. Calor. Estaba curada.

4

Necesité una semana para hacerme a la idea en toda su plenitud. No sabía por qué ni hasta cuando duraría, pero no estaba dispuesta a quedarme quieta esperando. El lunes llamé a mis jefes para decirles que quería tomarme las primeras vacaciones en ocho años. No hubo problema. Reservé una estancia de quince días en un resort de las Islas Caimán, dispuesta a recuperar el tiempo perdido.

Ese mismo lunes, Jill me telefoneó para decirme lo que yo ya sabía: Jonas había muerto. Fiel al plan inicial, le expliqué que me había dejado en un taxi a las ocho y media del viernes, al salir del café, pues aquello de que estábamos hechos el uno para el otro no había funcionado. Me atreví a preguntarle tímidamente si sabía la causa de la muerte. Me quedé horrorizada cuando me dijo que había muerto congelado.

–La poli dice que murió congelado en su propia cama, probablemente después de estar con alguna tía. Por eso te llamo, por si tú sabías algo, pero si lo dejaste antes… imposible que sepas nada ¿no?

-Ya te he dicho que ni idea, Jill. Pobre chico, lo siento mucho. No era mi tipo, pero me pareció simpático.

En cuanto colgué, las ideas empezaron a agolparse en mi cabeza a la vez. ¿Congelado? Sólo había una explicación. Y pensar en ella me daba terror, un terror ciego que se escapaba a mi control.

5

Me comí a bocados aquellos quince días de vacaciones, disfrutando cada milésima de segundo, haciendo cosas de las que había oído hablar pero que nunca había experimentado por mí misma, cosas tan simples como bañarme en el mar, aunque no sabía nadar, tomar helados y cócteles fríos, y usar biquini, vestidos y sandalias.

Hice amistades entre los americanos que estaban en el hotel. Mi carácter había pasado de taciturno y gris a alegre y espontáneo. Iba con ellos a cenar, a bailar, a las excursiones. Me sentía como si hubiese vuelto a nacer. Estaba feliz. Era feliz.

Las vacaciones terminaron, pero ese sentimiento de haber renacido no me abandonó. Tuve que dar explicaciones al cambio tan radical, claro. Le dije a mi madre y a Jill que estaba siguiendo un tratamiento novedoso y experimental, y que, a la vista estaba, me daba magníficos resultados. Se lo tragaron sin problemas; úsense unos cuantos términos médicos alambicados, y la gente estará dispuesta a creerse cualquier cosa.

Por supuesto que sabía a qué se debía mi curación. Pobre Jonás, había muerto para salvarme. Pensaba mucho en él. Lo que no sabía era por qué era él y no otro el que me había curado, ni cómo había sido el mecanismo que había permitido que su energía calorífica hubiese pasado de su cuerpo al mío. Y, lo peor, si esa energía sería ilimitada o tendría fecha de caducidad.

Mientras durara, yo estaba dispuesta a vivir la vida en toda su plenitud. Dejé de trabajar en casa para ir a la oficina, relacionándome con los compañeros después de ocho años sin hacerlo. Decidí aprender a nadar de una vez, así que me apunté a un curso de natación impartido por un monitor joven, guapo y simpático. Colaboraba con un par de oenegés, pues con el cuerpo se me habían descongelado los sentimientos y quería repartir alegría a todo y a todos. Salía, entraba, iba a fiestas y cócteles, al teatro, a museos. Asistía a congresos y reuniones de trabajo. Tenía amigas que me hacían confidencias y novios esporádicos y encantadores. Llevaba ropa preciosa y liviana. La vida era maravillosa.

A finales de agosto empecé a notarlo de nuevo. Era él, el frío. Venía otra vez. Al principio pensé que se debía a la inminente llegada del otoño, pero sabía que era engañarme a mí misma. Esa sensación de escalofrío interior era demasiado conocida para mí. No había duda. Decidí hacer caso omiso a los síntomas hasta que no pudiese más, y en septiembre mi maldito enemigo se instaló definitivamente en mis huesos y tuve que volver a mi asquerosa existencia anterior. Había sido hermoso mientras duró.

Una mañana de octubre llamaron a la puerta. Cuál no fue mi sorpresa cuando, al mirar por la mirilla, descubrí la imponente anatomía de Gavin, mi monitor de natación. Abrí la puerta a medias.

-Hola –Me dijo exhibiendo una sonrisa espléndida. -¿Te encuentras bien? Como llevas días sin venir, estaba preocupado. Perdona por haber mirado la dirección en tu ficha. –Continuó avergonzado.

Pero yo ya no oía lo que me decía, sólo veía su ceñida camiseta azul de manga corta desafiando al frío otoñal, y le permití paso franco.

6

Regla número uno: si sabes que alguien va a morir, que no sea en tu casa.

Regla número dos: leer la regla número uno.

Pensar en cómo me iba a deshacer del cadáver de Gavin me llevó un par de horas, aunque me había compensado dejarle entrar, desde luego. La sensación de frío me había abandonado en cuanto Gavin me transifirió su energía, y además ya me había hecho una idea de qué tipo de donante necesitaba.

Pero ahora tenía un problema, y de los gordos, en mi cama, que era el cuerpo azulado y congelado de mi ex- monitor de natación. No iba a ser tan fácil como la otra vez. Por suerte, soy mujer de recursos, y con un potentísimo equipo de música. Puse el siguiente anuncio en el portal:

“Hola, soy la vecina del 10º F. Mañana tendré una audición para tocar la batería en un disco de Bruce Springsteen, por lo que tengo que practicar durante el día de hoy. Si sale bien, les obsequiaré con un ejemplar del CD cuando sea grabado”.

A continuación cogí el coche y me dirigí hasta Stamford, Conneticut, a comprar una motosierra. Fue el primer sitio que se me ocurrió. Me puse una gorra y gafas, y pagué en efectivo.

De vuelta al apartamento, extendí un plástico en el suelo y coloqué en él a mi querido Gavin. Después puse el CD de prácticas de batería que había comprado en “Virgin” a todo volumen, hasta ahogar el rugido de la motosierra. Metí al querido Gavin troceado en bolsas de la basura que a su vez acomodé en tres o cuatro maletas. Ahora sólo me restaba deshacerme de las pruebas.

7

Una vez que fui consciente de cómo y por qué motivos se hacía la transferencia de energía calorífica, decidí establecer un modus operandi. Ya que no me quedaba más remedio que ser una depredadora, al menos serlo haciendo el mínimo daño.

No me resultó difícil en absoluto entrar ilegalmente en las bases de datos de todos los gimnasios de Manhattan sin dejar rastro, buscando lo que necesitaba: varón, soltero y, a poder ser, con desarraigo familiar. La transferencia debía ser en su casa, de la forma más aséptica posible y destruyendo todas las pruebas. Si era caluroso o no, tendría que verlo por mí misma, preferiblemente siguiendo al sujeto en cuestión.

Mientras disfrutaba de los beneficios de la donación de Gavin, fui concentrándome en contactar con Charlie, mi próximo donante, cuando fuese necesario. Gracias a ellos pasé el invierno más maravilloso de mi vida: fin de año en Times Square, esquí en las Montañas Rocosas, patinaje en el Rockefeller Center… nunca les estaré lo suficientemente agradecida.

Si el efecto de Jonas me duró unos cinco meses, el de Gavin fue más corto, unos cuatro, al igual que el de Charlie. Así que empezaba a nutrirme en cuanto notaba el primer síntoma de que mi mal volvía, y después ya ni siquiera esperaba al primer escalofrío, me curaba en salud antes de sentirlo.

Me había convertido en una adicta.

En dos años, veinticinco encantadores donantes me cedieron su energía desinteresadamente. Yo lo sentía con toda mi alma, pero, al igual que un tigre tiene que matar para comer, yo tenía que usar su calor. Era una cuestión de supervivencia, no tenía nada que ver con la crueldad, el vampirismo o el sadismo. Me sentí mejor cuando, mediante nombre falso, contraté un servicio funerario que se encargase de que nunca faltasen flores frescas en sus tumbas, diseminadas a lo largo y ancho del país. Me costaba mucho dinero, pero no me importaba. Era lo menos que podía hacer por ellos, después de lo que ellos habían hecho por mí.

Los periódicos citaban un caso de cadáver congelado en su propia cama de vez en cuando, pero yo estaba tranquila, sabía que era muy difícil establecer una causa de la muerte que no fuera el paro cardíaco.

8

Nunca pensé que la persona que me había proporcionado la mayor felicidad del mundo fuese la misma que me la iba a quitar de un plumazo.

Es cierto que casi no veía a Jill desde que me había curado. También es verdad que ella tenía cada vez más brotes depresivos combinados con eufóricos y no estaba para mucha relación social. Su familia incluso estaba pensando seriamente en ingresarla indefinidamente, previa inhabilitación, claro. Ella se resistía contra viento y marea.

Así que me quedé bastante sorprendida cuando un domingo de febrero, a las nueve de la mañana, la vi franquear la puerta de mi apartamento vestida de una forma absurda y, a todas luces, en fase eufórica.

Jill llevaba una ridícula capita de cuadros sobre los hombros y pantalones de montar con botas. cubría su melena rubia con una gorrita y ¡Dios mío, me parece estar viéndola! llevaba una lupa en la mano. No tuve más remedio que dejarla pasar.

Entró haciendo el ganso, mirando todo a través de la lupa, y ocupó su sitio habitual junto a la chimenea, esta vez encendida más por hacer bonito que por necesidad. Me senté en el suelo enfrente de ella.

-Querida, qué cara te vendes –Comenzó histriónicamente. –No te veo nunca, por lo que he venido a decirte que lo sé todo.

Intenté reírme, pero no lo conseguí.

-Jill, qué peliculera eres, chica. –Le contesté. -¿Qué es todo? ¿El misterio de la existencia humana?

-Noooooo. –Replicó ella mirándome dramáticamente a través de la lupa. -El misterio de tu curación. ¿O es que te crees que me he tragado el rollo ése del tratamiento? Mentira, mentira y mentira.

-Ah ¿Sí? –Empecé a remover las brasas para ocultar mi nerviosismo. -¿Y cómo, según tú, Sherlock, me he curado?

Ella tenía una expresión triunfal.

-Elemental, querido Watson. Eres un vampiro, querida. Atrapas el calor de otras personas y te lo apropias. Succionas su energía, Nosferatu.

Durante los siguientes veinte minutos, Jill, la loca, la estúpida, la inteligentísima Jill, desgranó su teoría, completamente acertada, sobre mi sorprendente y milagrosa curación. Se había quedado perpleja con la coincidencia entre la extraña muerte de Jonas y mi repentina mejoría, así que cuando tuvo noticias por el periódico del segundo caso de muerte por congelación, me espió, me siguió, trasteó por la red buscando datos… tenía mucho tiempo libre, era rica y estaba enferma. Y ahí estaba, sentada en mi salón exponiendo los hechos desnudos y espeluznantes, satisfechísima de sí misma y de su sagacidad.

Fue todo muy rápido, cogí el atizador de la chimenea y lo descargué sobre su cabeza una vez, dos, tres, cuatro… Ni siquiera vi salir volando el transmisor de su gorra. Cuando la policía entró arrasando en mi apartamento, fui por fin consciente de que había matado a mi, probablemente, única amiga.

-Siempre llegan ustedes tarde a todas partes –Refunfuñé mientras me esposaban con indiferencia.

9

La suma de una loca desesperada por no ingresar en un manicomio y un inspector de policía ansioso por promocionar resolviendo un caso imposible, da como resultado mis huesos en la cárcel. Porque eso era lo que había sucedido. Jill expuso su teoría en todas las comisarías de policía que había en Manhattan, hasta que encontró a alguien que sí estuvo dispuesto a escucharla. Pactó su libertad, no sé cómo, a cambio de forzar una confesión. El inspector le prometió que, si me hacía confesar, jamás ingresaría en una institución mental por mucho que su familia se empeñase. La policía nunca pensó que yo sería capaz de matarla, llevada por el pánico, sin decir ni una palabra sobre los asesinatos.

Durante los interrogatorios sí conté, de la forma más extensa posible, cómo habían muerto aquellos veinticuatro hombres, pues el cuerpo de Gavin nunca había aparecido y no me podían achacar su asesinato, pero nadie me creyó. Me preguntaron durante días y días, y yo siempre respondía lo mismo: la verdad. Así que el fiscal no consiguió una orden de procesamiento por eso, pero sí por el asesinato de Jill, evidentemente. El ensañamiento fue un agravante, le había dejado su pobre y loco cerebro hecho mermelada de neuronas.

Pasé el test psiquiátrico sin problemas, por lo que no pudieron alegar locura. Mejor. No tenía, ni tengo, la menor intención de pasar el resto de mi vida en un manicomio o entre rejas. Tampoco he luchado para evitar lo que se me viene encima: ya antes de empezar el juicio volvió el frío como eterno acompañante, disipado ya el efecto de mi último donante, y sé que esto es lo mejor, no padeceré más los caprichos de este odioso compañero de viaje, porque aquí, además, no puedo abrigarme a mi gusto. Me declaré culpable ante la desesperación de mi abogado defensor, y renuncié a todas las apelaciones.

Lo que más me disgusta de este asunto es que la inyección letal, según he oído decir, da sensación de frío. Uno de mis carceleros me decía que lo que tenía que haber hecho era despachar a mi amiguita en un estado donde tuvieran silla eléctrica, si lo que quiero es pasar calor.

Por supuesto, he pedido que me incineren, aunque tengo que correr yo con los gastos, o mi madre, en este caso. La pobre está deshecha, aunque entendió perfectamente mis motivos.

No he aceptado la ayuda espiritual del sacerdote de la prisión. Me ha dicho que iré al infierno por mis pecados si no me arrepiento, a lo cual yo he contestado que no podría estar en un sitio más acorde con mis gustos.

Para mi última cena he pedido sopa de tomate hirviendo, guiso de carne con patatas y zanahorias y chocolate caliente de postre. Estarán a punto de traerlo, supongo.

Tengo frío, siempre tengo frío. Es una sensación horrible.

FIN



viernes, 23 de abril de 2010

LA MUÑECA ROTA



Como todos los años, he organizado en el foro de cocina un "amigo invisible" en el que nos regalamos libros y flores. El cuento que os presento lo escribí ex profeso para regalar a mi amiga invisible, aunque a ciegas, porque lo empecé bastante antes de saber quién era. Al final, me tocó enviárselo a Cantabrona y creo que le ha gustado mucho.
En fin, que como lo escribí para el día del libro lo comparto con vosotros, y como es muy largo, os pongo aquí un extracto y el resto lo podéis descargar gratis en este enlace:


Espero que os guste. Feliz día del libro a todos.


LA MUÑECA ROTA

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1

-Desde luego, cada día estás más suspirón, cari.

Rubén alzó la vista del crucigrama y miró a su mujer, que sonreía con condescendencia. Y pensó: “Tú que sabrás, alma cándida”.

Rubén Furelos López. Cuarenta años. Metro ochenta; ochenta kilos. Todo el pelo, afortunadamente, aunque con entradas ya más que evidentes y algunas canas entreverando el castaño. Ojos marrones. Guapo en su juventud, interesante en la madurez. Licenciado en Historia del Arte. Funcionario del Museo de Arte Provincial, sección de arte clásico. Casado. Cuatro hijos.

Ni se había dado cuenta de lo mucho que suspiraba últimamente. No se autoanalizaba porque le daba miedo. Sabía que estaba enfermo, sabía el nombre de la enfermedad. Sabía que tenía hastío y nostalgia. Lo sabía porque hacía más crucigramas que nunca y porque todas las noches, antes de dormirse, lo único que le hacía sentirse bien era recordar el mejor verano de su vida, el verano de 1987.

-Estoy cansado, Teté. Hay mucho trabajo últimamente. Ando negro con el tema de la serie de Tauromaquia de Goya…

Teté se encogió de hombros y salió de la sala diciendo que se le quemaba la cena. No soportaba a su marido cuando hablaba de trabajo, se aburría muchísimo.

Teresa Martínez Fontán. Cuarenta años. Metro sesenta y cinco. Cincuenta kilos a base de pasar hambre. Media melena rubia artificial. Ojos marrones. Bronceado de cabina. Pechos de silicona. Maquillaje impecable. Estudios interrumpidos en cuarto de Medicina, cuando un preservativo defectuoso cambió su vida. Ama de casa. Casada. Cuatro hijos.

En cuanto su mujer salió de la estancia, Rubén soltó el crucigrama que usaba de parapeto y se entregó a sus pensamientos acomodándose en la butaca. Él nunca había sido un nostálgico ni un romántico, así que no era capaz de comprender lo que le estaba pasando. Tras dieciocho años de matrimonio, la vida familiar se le hacía insoportable y aborrecible. No sabía cuándo había empezado este sentimiento hostil. Se había ido infiltrando de forma insidiosa, probablemente. Y la revelación final se había producido a raíz de la operación.

-Cari, no puedo más… regálamela por mi cumpleaños, anda –Había rogado Teté con tono ronroneante.

-Pero a mí me gustan así, Teté –había farfullado él.

-Cari, hombre, si ahora todo el mundo se lo hace…

No, Rubén no era lo suficientemente comprensivo como para entender que su mujer quisiera arreglarse los pechos después de cuatro hijos. Y sí, era cierto que su delantera dejaba bastante que desear, no tenía demasiado y tanta lactancia había hecho estragos. Al final se puso tan pesada que pidió un crédito y le regaló la maldita operación. Pero la muy puñetera le había mentido, había dicho que sólo sería un arreglo y lo que había hecho era ponerse un par de melones espeluznantes que se daban de bofetadas con el resto de su minúsculo cuerpo. Todos sus amigos se habían dado cuenta del “arreglito”, la mayoría ni siquiera disimulaba para mirárselas. A Rubén le daba vergüenza y evitaba tocarlas. En realidad, evitaba tocar a su mujer desde hacía tiempo.

En honor a la verdad, Rubén se merecía un premio por haber sido fiel durante tantos años, teniendo en cuenta que se había casado por obligación. Llevaba seis meses saliendo con Teté cuando se quedó embarazada. Lógicamente, cumplió y se casó con ella. Por aquella época era como ahora: mona, delgadita y aburrida. Se habían conocido en el colegio mayor y Rubén no tenía muy claro cómo se había ido dejando enredar. Salía con ella porque no tenía nada mejor que hacer y siempre estaba dispuesta a acostarse con él. El embarazo había sentado como un mazazo en la familia, sobre todo en la de Teté, que era cursi hasta decir basta. Los padres de Rubén se lo habían tomado mejor. Sabían que esas cosas sucedían de vez en cuando. De hecho, habían sido sus padres los que más los habían ayudado mientras Rubén acababa la carrera, y eso que no les sobraba el dinero. Para rematarla, a poco de nacer Sofía una increíblemente fértil Teté quedó embarazada de nuevo. Ni soñar con retomar la carrera de Medicina, desde luego.

No es que no la quisiera, reflexionó Rubén. Cuando se casó con ella le gustaba mucho, era una compañera tranquila y discreta, una buena madre y llevaba la casa con habilidad. Le había dado dos hijos más y era lógico que, tras dieciocho años de entrega maternal, se la recompensara con unas tetas nuevas si era lo que quería.

-Cari, está la cena –una impecable Teté avisó desde el quicio de la puerta.

Rubén observó a su camada mientras cenaba con parsimonia. No tenía apetito. Una chica y tres chicos. Sofía, dieciocho años, un encanto. Estudiosa y responsable. David, diecisiete años, menos estudioso y menos responsable. Los gemelos Sergio y Rubén, doce años. Insoportables. Cinco bocas para alimentar con un solo sueldo. Cinco para vestir. Afortunadamente, la herencia del abuelo hacía un año había aflojado bastante el dogal. El anciano le había legado su piso, y una discreta cantidad de dinero que había sido empleado en hacer la reforma y en dar la entrada para pagar los dos espantos que colgaban desafiantemente del tórax de Teté. Observó que Sofía tampoco era capaz de mirar directamente los pechos de su madre.

-David ¿Al final estás saliendo con La Gamba o no estás saliendo con La Gamba? –preguntó el descarado Sergio al hermano mayor, que le soltó una colleja con toda naturalidad.

-Cállate, esqueje. ¿A ti qué te importa? –contestó el aludido airadamente.

-David, no pegues a tu hermano –intervino la madre –Cari… ¿Estás bien?

Rubén había palidecido de repente. Obvió a su mujer y se dirigió al descarado.

-¿Cómo has dicho?

El pequeño tragó saliva.

-Llllla ggggamba –balbuceó.

-¿Cómo que La Gamba? –insistió el padre.

-Es una de primero de bachillerato, papá –explicó la sensata Sofía –Le llaman La Gamba –fulminó a David con la mirada –porque dicen que de ella se aprovecha todo menos la cabeza. Sois unos machistas asquerosos…

Rubén se levantó.

-No quiero cenar más. Tengo que ir al baño… es urgente.

Y salió del comedor, dejando a la familia absolutamente perpleja.

2

-¿Me quieres decir qué te pasa, Rubén? –interrogó Teté metiéndose en la cama –David ya está en edad de salir con chicas, no sé por qué te pones así, levantándote de la mesa en mitad de la cena…

-Nada, me repatean ciertas cosas, nada más -Rubén no sabía cómo dar una explicación lógica –Además, me pegó un apretón, mujer. Tenía que levantarme.

-Estás muy raro últimamente, Rubén –Teté apagó la luz.

Rubén besó a su mujer en la mejilla y se dio la vuelta en la cama.

-Tengo mucho sueño. Hasta mañana.

Por supuesto, no podía dormir. La Gamba… hacía tanto tiempo que no se acordaba de ella… el molesto recuerdo acudía de vez en cuando a incordiar. Ni siquiera era capaz de recordar su nombre… ¿Lucía? ¿Elena?

Si de algo no podía estar orgulloso en esta vida, desde luego era de su bochornoso comportamiento con La Gamba. Rubén se excusaba a sí mismo frecuentemente pensando que eran “cosas de chavales”, pero con los años, el asunto había adquirido una dimensión exagerada: cada vez se acordaba más de ello, sobre todo desde que Sofía había entrado en la adolescencia. Sólo de pensar que su hija pudiera toparse con alguien capaz de hacerle algo así, se le revolvían las tripas, y además, cuando lo recordaba, su complejo de culpabilidad aumentaba de forma alarmante y cada vez encontraba menos argumentos para excusar su proceder. Hasta que llegó un momento que no encontró ninguno.

A los dieciocho años, Rubén tenía bastante éxito con las chicas, para qué decir lo contrario. Y era fanfarrón. Le gustaba alardear delante de sus amigos. En dos años había tenido sus más y sus menos con casi todas las deseadas del instituto. Los amigos lo envidiaban. Entonces, un día le propusieron un reto.

-¿A que no tienes huevos de montártelo con La Gamba? –preguntó uno carcajeándose. Los amigos corearon la idea.

Rubén sintió escalofríos. La Gamba era la cerebrito de la clase, tan inteligente como fea. Quizá no exactamente fea, no tenía nariz de bruja u ojos de besugo, pero sí vulgar, tímida, cohibida y nada deseable. La típica de gafas de culo de vaso, aparato en los dientes, hortera vistiendo y desprovista de todo atractivo y éxito social. La chica gris en la que nadie se fijaba nunca. La llamaban La Gamba porque en clase de Educación Física el primer año habían descubierto que tenía un cuerpazo, quizá el mejor del instituto. Pero como siempre lo llevaba escondido bajo prendas informes y horrorosas…

Rubén se envalentonó.

-¿Qué te juegas? –desafió.

-Cinco talegos, tío –contestó el otro. Pero hasta el final ¿eh? Nada de cuatro morreos mal dados y media mano.

Y así quedó la apuesta concertada. El resto de los amigos también apostó, e incluso varias de las chicas. Si perdían, al menos se harían unas risas viendo cómo Rubén seducía a la infeliz chica.

Utilizó la tan manida excusa de necesitar ayuda urgente en los estudios para acercarse a ella. Estaban a mediados de mayo y los exámenes finales de COU, y después la tan temida selectividad, acechaban. Ella se quedó desconcertada al principio: no entendía cómo alguien como él podía querer algo de alguien como ella. Sin embargo, prometió ayudarle y empezaron a estudiar juntos todas las tardes.

Rubén se volvió a girar en la cama. Teté ya se había dormido. ¡Qué fácil había sido, Dios mío! Pobre chica: hija única y huérfana de madre desde los ocho años, el padre se había vuelto a casar recientemente. Así era tan fea y desgarbada, no tenía una mujer en casa para asesorarla. Tampoco tenía muchas amigas, y las que tenía eran todas tan feas y vulgares como ella. Había sido facilísimo: cuatro halagos, un “me gustaría salir contigo”, tres semanas dando paseos cogidos de la mano ante el choteo de todo el instituto, invitación a la verbena de San Juan en la playa y último acto detrás de una duna. Después, telón: rehuír sus llamadas, escaparle, no estar nunca en casa, volvérsela a encontrar el día de las notas de la selectividad y ver cómo la pobre se enteraba de todo al verle cobrar el dinero de la apuesta entre el cachondeo generalizado de sus amigos. Cien mil pesetas en total, una fortuna. Fue tan cobarde que ni siquiera fue capaz de girarse para ver cómo ella se alejaba llorando y muerta de vergüenza, entre las risas y los comentarios jocosos y humillantes de todos los compañeros. La Gamba había sacado un nueve en la selectividad, por lo menos le quedaba ese consuelo, había sacado bastante mejor nota que él. Por su parte, él se había comprado un Seat Panda de tercera mano hecho polvo y se había sacado el carné de conducir con el dinero de la apuesta. Verano del 87, el mejor de su vida.

Rubén se levantó al baño con cierta ansiedad. ¿Otra vez ganas de mear? ¿Empezaría a estar mal de la próstata? Evitó mirarse al espejo mientras se lavaba las manos, porque en ese instante estaba sintiendo mucho asco hacia sí mismo, y se volvió a acostar.

Nunca había vuelto a saber de ella, jamás. Y eso que vivían en una ciudad pequeña. Ni una mención a su nombre. Tampoco durante la carrera. Probablemente se había ido a estudiar fuera. Fue como si se la hubiera tragado la tierra. Y a veces, el recuerdo llegaba como un fogonazo incómodo a su cerebro, haciéndole chiribitas. Y esa noche su hijo se lo había actualizado como si una bala de cañón le hubiera atravesado de un plumazo la masa encefálica.

A las dos de la mañana volvió a levantarse para tomarse un Lexatín, en vista de que no cogía el sueño naturalmente. Y se durmió, con un sueño agitado y culpable, pensando que si ella alguna vez se acordaba de él, sería para llamarle de todo menos bonito.

jueves, 22 de abril de 2010

EL PLACER DE LEER, EL PLACER DE ESCRIBIR


Mañana se celebra el día del libro, una de las pocas celebraciones que me gusta festejar a lo largo del año, y lo hago por todo lo alto. Hoy ya me ha caído un libro de regalo de mi amiga invisible internetera y mañana me caerá otro en el trabajo.

Porque la que suscribe, antaño lectora empedernida, ya no lee. O, por lo menos, lo hace mucho menos que antes. He pasado de leer unos 30 libros de media al año a leer como mucho 10 a trancas y barrancas. ¿Y eso por qué? Porque escribo, y si escribo, no puedo leer.

Parece un sinsentido ¿verdad? Que yo sepa, los pintores no dejan de ver otros cuadros porque pintan, ni los músicos dejan de escuchar la música de otros. Pues yo no puedo leer, tengo un miedo cerval a que algo de lo que lea se filtre insidiosamente en algo que esté escribiendo. De hecho, tengo pendiente la revisión de las obras de Luis Landero, uno de mis escritores favoritos, y no me atrevo a empezar, porque sé que, inevitablemente, me quedaré con algo. En este caso, me temo que con lo relativo a sus personajes. Es magistral caracterizándolos.

Y, sin embargo, no puedo vivir sin leer. Cuando era niña y ya no tan niña me encantaba estar enferma, eso significaba pasar una semana entera en la cama leyendo a mis anchas, a libro por día. De los cuentos de hadas pasé a Enid Blyton, de ella pasé a Agatha Christie, y de ahí a todo un universo literario que me ha acompañado en los últimos 39 años y que me ha permitido viajar en el tiempo y en el espacio, enamorarme, desenamorarme, asesinar, ser asesinada, ser espía, ama de casa, oficinista, templario, poli bueno, poli malo, narcotraficante, cardenal camarlengo, periodista, condenado a muerte, soldado confederado, huerfanito, monja e incluso puta sin moverme de mi sillón.

Creo que a partir de ahora haré un esfuerzo por combinar ambas actividades, porque si no, mi vida no va a estar completa. Leer sólo lo que uno mismo escribe es muy aburrido, siempre sabe lo que va a suceder y el final de las historias.

Feliz día del libro, blogueros.

jueves, 15 de abril de 2010

EL GIGOLÓ, clase de Historia Natural del Abuelo Cocinillas


Queridísimos amigos, tengo que anunciar la enorme satisfacción que tengo al verme de nuevo entre vosotros para daros una nueva clase de Historia Natural después de tanto tiempo. Ya tengo una edad, y no puedo prodigarme todo lo que me gustaría.

Se avecinan cambios en este pequeño rincón cibernético donde habita mi nieta y, aunque ella me obliga a guardar silencio al respecto bajo amenaza de no dejarme ir a los bailes del IMSERSO, quiero adelantarme, como buen científico, para ir acostumbrándome y hoy hablaré de EL GIGOLÓ.

EL gigoló, conocido también en el ámbito científico como IOSELUIS FORNICATUS COMPULSIVUS fue un espécimen frecuentísimo en otros tiempos. Ahora no es que esté en peligro de extinción, es sólo que ejerce su ministerio de forma más sibilina e imperceptible. Ergo: es más peligroso.

Sus atributos físicos suelen ser notables, especialmente de cintura para abajo. Presentan una tendencia natural a la coquetería y cierta compulsión por mantener la belleza y la juventud, manifestada en forma de suscripciones al gimnasio y presencia de potingues varios en sus cuartos de baño.

Tienden a vivir más tiempo si se les restringe la salida al exterior, ya que, aunque éste es su hábitat de caza, con los años suelen recurrir a la ingesta de la pastilla azul para poder culminar dicho ejercicio con éxito. Ergo: cuanto menos cace, más vivirá pero probablemente con peor calidad de vida al no poder practicar su afición favorita.

Su dieta es poco variada en cuanto al género y mucho en cuanto a la forma, al estar constituida esencialmente por féminas de todas las condiciones. Presentan una fuerte tendencia a comer fuera del hogar en cenas y diversos festejos en los que cercan y dan caza a su víctima. No suelen tener problemas de metabolización: todo cuanto ingieren va encaminado a la producción de esperma.

El olfato y el oído del gigoló son excelentes, pero no tanto como su vista, acostumbrada a distinguir en las situaciones más difíciles e inverosímiles glándulas mamarias, nalgas y piernas femeninas que respondan a sus diversos gustos.

En cuanto a la madurez sexual, el gigoló no la alcanza jamás, aunque he de decir que es de las especies que lo intenta con más denuedo. De hecho, su versatilidad y habilidad en este campo son proverbiales y supera con creces en número de coitos a otros individuos de especies similares.

El hábitat del gigoló es diverso aunque previsible: pueden encontrarse en abundancia en bares, pubs, discotecas y restaurantes, así como en gimnasios, playas, piscinas, oficinas e incluso en la red. Especialmente peligrosos son los oficinistas, ya que la víctima tiene harto difícil escapar de su acoso sin que peligre su puesto de trabajo. Suele marcar el territorio ante otros congéneres cuando está en compañía de una o varias hembras, pero dado su indiscutible encanto personal, los posibles rivales renuncian a la lucha la mayoría de las veces.

El gigoló es un caso increíble en la naturaleza, llegando a aprovechar sus características en su propio beneficio para lucrarse económicamente. En cualquier caso, todos las aprovechan para sus ratos de ocio.

Tras largos años de investigación, la comunidad científica está claramente dividida: los investigadores creen que se debería proceder a su exterminio total o, por lo menos, a su reclusión perpetua, mientras que las investigadoras opinan que cada mujer debería tener uno en casa a su disposición para sus ratos de esparcimiento.

martes, 13 de abril de 2010

PAPÁ: UN RECUERDO, UN HOMENAJE



No soy muy llorona en la vida real, lo cual no me gusta porque creo que el llanto cumple una función de desahogo importante, pero sí lo soy cuando escribo. Lloro cuando me enfrento a escenas emotivas o cuando tengo que matar a algún personaje al que tengo cariño. También lloro cuando acabo una obra, sobre todo al poner la palabra “Fin”. Pero hay que hacerlo.

Hoy sé que voy a llorar al escribir esto. Ya estoy notando un nudo de congoja en el tórax. Pero hay que hacerlo.

14 de abril. Pocos pestañearán siquiera ante la fecha. Alguno dirá: “Sí, es el día que se instauró la II República en España”. Y poco más. Para mí el 14 de abril es una fecha para recordar. Este año, hará veintisiete que murió mi padre.

Fíjense en que he dicho una fecha para recordar, no una fecha triste. Hace mucho tiempo que decidí borrar de mi memoria los últimos horribles seis meses de la vida de mi padre para centrarme sólo en los recuerdos buenos. Yo tenía 17 años, él, 65. Nunca pudo disfrutar de su ansiada jubilación, tres paquetes de tabaco al día y una mierda de enfermedad se lo impidieron.

Mi padre me enseñó muchas cosas, entre ellas, a tocar la guitarra. Aún recuerdo aquellas interminables tardes ensayando horrorosas canciones de tuna. Yo hacía el acompañamiento, y he acabado tocando mejor que él. Creo que eso me inclinó hacia el rock and roll definitivamente. Otras, simplemente, las heredé, como su peculiar sentido del humor, la necesidad de comerme la vida a bocados y a disfrutarla hasta el límite y ciertas inclinaciones artísticas. Él escribía un poco, sentencias y pensamientos sueltos en sus recetas médicas. Las guardo como oro en paño en una caja y jamás se las enseñaré a nadie. Pero en lo que era realmente un fiera era en el modelado de esculturas y en hacer maquetas de barcos. Tenía hábiles manos de cirujano que yo, por desgracia, no he heredado. Era capaz de tirarse cinco horas seguidas trebejando en sus bustos o en su barcos y apuntaba cuántas horas le había llevado cada obra. Porque mi padre era metódico y ordenado, cosa que tampoco he heredado. Me enseñó también a divertirme haciendo crucigramas y dameros, a amar el campo y a respetar la naturaleza, a apreciar los paseos interminables de las tardes de verano y las tertulias al aire libre en las cálidas noches del mes de Julio, a las reuniones en invierno frente a la chimenea asando castañas, a cazar grillos para después devolverles la libertad, a cien mil pequeñas cosas que conforman la tela de araña de los recuerdos de la infancia. Y todas ellas son aficiones que mantengo a día de hoy.












A veces me pregunto si estaría orgulloso de mí hoy en día. Puesto que me dejó a medio hacer, si no puede verme no sabrá en qué se ha convertido la adolescente rebelde y desafiante con la que discutía a todas horas. Por mi parte, sólo puedo decir que lo eché terriblemente de menos el día que acabé la carrera, el día que me convertí en funcionaria, el día que me casé y el día que nació mi hijo. Supongo que sí he conseguido colmar todas sus expectativas sobre mí en la vida: tengo un trabajo, tengo una familia y soy todo lo feliz que puedo ser.

Y esto es todo, sólo quería dejar un recuerdo por escrito, un homenaje. Me sigo acordando de él todos los días, de lo bueno, de los buenos ratos, de las risas que nos hacíamos. A veces, me acuerdo hasta el dolor.

Por cierto, papá, si puedes leer esto, ya te vale con tu maldito humor negro: sólo a un monárquico convencido como tú se le podía ocurrir ir a morirse el día de la República. Te quiero.

lunes, 12 de abril de 2010

Dame veneno, que quiero morir


Leo esta semana, en uno de esos suplementos dominicales que reparten con el periódico, una entrevista con la gurú de las maquilladoras, Bobbi Brown. En ella, la neoyorquina desvelaba alguno de los secretos de su estupendo aspecto a los cincuenta años, entre ellos no comer azúcares ni harina porque son “como un veneno para el cutis y el cuerpo”, para, a continuación, incurrir en espantosa contradicción diciendo que se inyecta bótox cada dos años. Y yo me pregunto: ¿pero el bótox no es toxina botulínica, ergo, veneno? Es decir, deduzco que el veneno que se ahorra no tomando azúcares (que hasta hoy no se ha demostrado que sean tóxicos) lo gasta a placer en esas horrorosas inyecciones que convierten la cara en bidimensional (que sí se ha demostrado que son un veneno).

¿Hasta dónde vamos a llegar en nuestra carrera de fondo contra el envejecimiento? Cada día salen más productos prometiendo la eterna juventud aparente (por dentro se sigue envejeciendo y cumpliendo años) y mucha gente en contra de las inyecciones aplanadoras los usa, sin saber que se está metiendo el mismo veneno que el bótox. Me refiero, en concreto, a dos engendros llamados baba de caracol y veneno de serpiente. Ambos prometen alisar las arrugas como por arte de magia. Y que no se me mosquee nadie en el patio, estoy hablando del principio activo, no de ninguna marca cosmética.

Intrigada con el tema, pregunté a los profesionales médicos que tengo a mi alrededor, que son unos cuantos. Todos contestaron lo mismo: tanto la baba de caracol (sólo el nombre me da ganas de vomitar) como el veneno de serpiente actúan paralizando los músculos, dando así la sensación de alisamiento, porque es como el organismo reacciona a la introducción de una toxina en el cuerpo. Sanísimo ¿no?

Eso es lo que más gracia me hace: la convivencia de lo natural y lo antinatural en nuestra sociedad. Por un lado, la gente se rasga las vestiduras ante todo lo que sea procesado, procedente de cultivo intensivo o manipulado. “Oh, no” oyes decir a menudo “Yo sólo como productos de cultivo biológico, huevos de corral, pescado de bajura, fruta de temporada…” Lo cual está muy bien, si puedes pagarlo. Y después esas mismas personas cometen la aberración de inyectarse bótox, meterse silicona que revienta y se desparrama por el cuerpo o productos que estimulan el tiroides para adelgazar. ¿Por qué? Porque están buscando lo antinatural, lo que no tiene sentido, lo que no puede ser… porque es antinatural cumplir años y que no se note. En este caso, queridas mías, envejecer es lo natural. Como también lo es hacerlo con dignidad y no acabar pareciendo un payaso bidimensional y envenenado.

martes, 6 de abril de 2010

PREMIOS Y RECUERDOS

Recojo premios esta semana encantada de la vida. Uno de ellos me lo ha dado mi amiga Isita desde su blog Cocinando con Isita. A pesar de que no nos conocemos ni telefónicamente, le tengo un cariño especial a Isita por ser la primera persona que compró un libro mío, aparte de ser una cocinera estupenda y una mujer excepcional. Éste es su premio:



Según las reglas, tendría que otorgárselo a otros doce blogs, pero sólo voy a dárselo a las nuevas adquisiciones, que tienen unos blogs preciosos y tienen que ir llenando las vitrinas:



Pero este premio trae deberes aparejados: hablar sobre los olores que me traen buenos recuerdos. Me hace gracia, porque siempre he creído muchísimo en el poder evocador del olfato. Tanto, que hace unos años volví a usar la colonia Azur de Puig durante una mala época de mi vida porque sólo con olerla me transmitía el estupendo estado de ánimo que tenía cuando la usaba de adolescente. También los olores de los guisos de mi madre, del timbal de atún de mi suegra, o cómo huele La Coruña los días en que la humedad del mar lo inunda todo o los asadores castellanos donde hacen ese cordero tan rico. El olfato es un sentido que a veces despreciamos, pero yo les invito a que hagan la prueba: cojan un aroma que les recuerde a tiempos felices, huélanlo, cierren los ojos y relájense: infalible.

miércoles, 10 de marzo de 2010

EL TRIÁNGULO INVERTIDO, novela crucero

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"El triángulo invertido" es mi segunda novela. La considero una “novela crucero”, es decir, una novela escrita a ratos perdidos en el interín de otras cosas más importantes, una especie de pasatiempo relajante. Sin embargo, le tengo un cariño especial, ya que nació a partir de un cuento de San Valentín titulado “La Cita”.

En julio del año pasado, y todavía con el cansancio y la resaca de “Marea negra”, me apetecía muchísimo empezar a explorar el campo de la literatura erótica, de una forma lúdica, sin intentar nada de demasiada enjundia. Ya tenía pensada la historia, así que seguí el ritual que tengo siempre cuando empiezo una obra nueva: releer todo lo anterior. Y en esto que releí “La cita” y me pareció pecado mortal dejar esa historia y esos personajes tan apropiados para lo erótico sin desarrollar, y, así, todos mis planes se truncaron.

Partí entonces de dos retos: intentar escribir un relato erótico sin citar ni un solo órgano sexual, ya fuese con su nombre científico o con el vulgar, y meterme, sexualmente hablando, en la mente de un hombre. Estoy más que aburrida de historias plagadas de penes, vaginas, pollas y coños, y de que siempre se describan los actos sexuales desde el punto de vista femenino e incluso con un puntillo de misticismo. Quería un punto de vista masculino para variar, un punto de vista que abarcase todas las fases de un acto sexual con un narrador en primera persona. Ha sido difícil meterse en la piel de un hombre sin serlo, y tampoco tengo claro que el resultado vaya a convencer. Lo que sí puedo afirmar es que ha sido divertidísimo, pocas veces me he reído tanto escribiendo como cuando me sumergí en el proceso creativo de “Antagonismo”, la segunda parte de la novela.

A partir de ahí dejé que la historia volara sola y la continué en tres entregas más. Introduje un personaje nuevo, más por equilibrar el triángulo que por otra cosa, y resulta que el bueno de Konrad resultó dar mucho más juego de lo que yo hubiera imaginado jamás, convirtiéndose en un mito erótico digno de competir con el protagonista, José Luis.

A pesar de su tono frívolo y su escasa profundidad, la novela no está exenta de cierta sofisticación, sobre todo en técnicas narrativas, en cuanto a la elección de los narradores. Así, la segunda parte experimenta con el narrador masculino en primera persona, mientras que la tercera y la cuarta lo hacen con el narrador múltiple, para dar a todos los personajes la oportunidad de explicarse. Hablando de personajes, son frikis hasta decir basta, pero ahí radica precisamente su encanto. Aún así, no me gustaría conocer personalmente a ninguno de ellos, aunque mucho me temo que mi patético seductor se ha convertido en el hombre que nunca quise ser y, consecuentemente, en mi alter ego.

En cuanto a la estructura, al partir de una historia ya con final cerrado opté por organizarla en partes más o menos cerradas, que puedan leerse independientemente, excepto las dos últimas, que necesitan ser leídas juntas para entender el argumento. Después de unas cuantas relecturas, sigo teniendo la desagradable sensación de que se nota el “pegado con loctite”, pero me parece secundario ante una historia que aúna a partes iguales lo erótico y lo humorístico.

El título tiene una doble, e incluso triple, lectura. Me pareció el más adecuado dada la naturaleza del “triángulo”, figura que a lo largo de la novela se convertirá en cuadrado y, finalmente, en círculo. Tendréis que leerla para entender este galimatías.

Ah, y, además, esta vez no he matado a nadie. En fin, si queréis echar unas risas, leedla. Si queréis echar otra cosa, leedla también. Podéis encontrarla, como siempre, en http://www.bubok.es/libro/detalles/170864/El-triangulo-invertido. Esta vez no he fotografiado la portada, nadie se prestó voluntaria a posar para recrear la composición que yo había pensado.

Se preguntarán qué ocurrió con el relato erótico original que yo tenía en mi cabeza y que quedó aparcado temporalmente... Ya tendrán noticias mías.

viernes, 26 de febrero de 2010

Tarta de manzana en Thermomix





Mi amiga Marta se alegrará al ver una receta colgada aquí después de tanto tiempo. Va por ti, guapa.

INGREDIENTES:

Para la masa quebrada:

175 gr de harina
60 gr de mantequilla
35 gr de agua
1 pellizco de sal
1 pellizco de azúcar

Para el relleno:
2 manzanas
azúcar
mermelada de albaricoque

Elaboración:

Colocar en el vaso todos los ingredientes en el orden indicado más arriba y programar 15 segundos en vel. 6. Sacar la masa del vaso, dejar si acaso reposar unos minutos y forrar con ella un molde desmontable de unos 18 cm. Pinchar el fondo del molde con un tenedor. Hornear 15 m a 180 grados.

Mientras, pelar y cortar las manzanas a rodajas. Rellenar la masa con las manzanas, espolvorear con azúcar y pincelar con mermelada de albaricoque. Introducir nuevamente en el horno a 180 gr unos 15-20 m o hasta que esté bien dorada.

miércoles, 3 de febrero de 2010

MAREA NEGRA, mi primera novela

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Qué raro se me hace reseñar algo que he escrito yo, sobre todo intentando no perder la objetividad. Haré un esfuerzo. No pongo estrellas ni recomendaciones, obviamente.
"Marea Negra" es mi primera novela y, desde luego, no será la última. Quizá no haya ganado nada, pero no me ha producido más que satisfacciones, tanto durante el proceso creativo como después, cuando empecé a moverla entre familia y amigos íntimos. Ahora, liberada de la tiranía de los concursos literarios, está disponible para todo el que quiera leerla en http://www.bubok.es/libro/detalles/22273/Marea-Negra

Tras unos meses escribiendo cuentos, en marzo del año pasado decidí lanzarme a algo más serio, y así surgió "Marea Negra". Partí de tres premisas: homenajear a un gran hombre, recrear una catástrofe que espero no vuelva a suceder y utilizar un protagonista masculino por primera vez.

La novela cuenta la historia de Alejandro, un profesor destinado en la Costa da Morte gallega el mismo año en que se produce el horrible accidente del petrolero Prestige. Alejandro llega allí en un momento crucial de su vida, y tanto la catástrofe como la propia idiosincrasia de la zona operarán en él un cambio radical.

Los elementos de la historia giran en torno a un narrador en primera persona que da una visión subjetiva, aunque no caprichosa, de las cosas. Los rasgos de identidad literaria de la autora están presentes en toda la novela: pocos personajes presentados sin amontonamiento, información aportada a través del diálogo, ritmo narrativo rápido, manejo del tiempo con introducción del flashback en la acción lineal, giros argumentales inesperados y una buena dosis de intriga. Y, cómo no, final apoteósico. Es una novela optimista aunque tiene muchos momentos dramáticos, con algunos toques de humor aportados sobre todo por un personaje que va adquiriendo peso a medida que la historia avanza. Porque lo más importante de "Marea Negra" son sus personajes y las relaciones que establecen entre ellos, configurando una tela de araña que se superpone al accidente que da título a la obra. El espíritu gallego está presente sobre todo en la primera parte de la novela, esa extraña superstición que nos caracteriza y que nos hace decir: "yo no creo en las meigas, pero haberlas, haylas".

La novela es, además, una suerte de guía turística de la Costa da Morte, zona maravillosa bien conocida por la autora, castigada por un clima adverso que es parte de su encanto, pues precisamente por eso aún se sigue librando de la avalancha turística y la construcción masiva que sufren otros lugares de la costa gallega de clima más privilegiado.

Evidentemente, y por la parte que me toca, he de aconsejar su lectura. Un apunte: la mayoría de los que la leyeron lo hicieron de un tirón. Espero que disfruten de su lectura tanto como yo lo hice de su creación.


miércoles, 27 de enero de 2010

MANIFIESTO PARA EL DÍA DE LA PAZ 2010


“Hay que buscar la paz en el interior de cada uno”. Marvin Gaye.

Dicen que la caridad empieza por uno mismo. Quizá esto también sería aplicable para la paz. Nos hacemos cruces y nos echamos las manos a la cabeza ante los terribles conflictos armados que nos rodean, sin darnos cuenta de que, en la mayoría de las ocasiones, nacen de las mismas pasiones que los conflictos a pequeña escala: el ambicionar lo que otros tienen, el no acatar órdenes y reglas, el no respetar las opiniones ajenas, el querer imponer nuestra voluntad por encima de todo.

Es fácil censurar la guerra cuando se hace con armas y la vemos por la televisión, pero cuando nuestra actitud en casa es objeto de conflicto familiar con nuestros padres, cuando intentamos tiranizar a nuestra propia familia, cuando acosamos a nuestros propios compañeros de clase porque no son como nosotros, nos cargamos de razón y damos la vuelta a los argumentos para justificar nuestro comportamiento. ¿Cómo podemos acusar de irracionales a los líderes mundiales cuando nosotros hacemos lo mismo? Eso supone una actitud cínica. Oh, sí, censuremos, pero siempre y cuando no nos afecte a nosotros.

Jamás habrá paz en el mundo si nosotros mismos no la potenciamos a nivel individual, si no aprendemos a resolver los conflictos mediante el diálogo y no mediante la bofetada, si no aceptamos otras opiniones porque no coinciden con la nuestra, si no dejamos de abusar de nuestro poder, si no frenamos las situaciones de acoso con las que nos podemos encontrar todos los días.

En esto de la guerra, como en todo, todos tenemos nuestra parte de culpa. Es un gran paso reconocerlo.


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sábado, 16 de enero de 2010

PUBLICO MI PRIMER LIBRO


Feliz año a todos, blogueros. Tras el paréntesis navideño me he decidido a autopublicarme en Bubok, que, como sabréis, es una página de autopublicación para autores noveles. Simplemente he hecho una selección de los cuentos que he escrito este último año y he estrenado mi cuenta, abierta desde octubre. La descarga del libro es gratuita y podéis hacerla en este link:

http://www.bubok.com/libros/21498/Mis-cuentos



Espero que os guste, aunque la mayoría ya están en este blog. Lo he considerado una especie de toma de contacto, y espero autopublicar más cosas, a la vez que empezaré mi triste ronda por las editoriales. Seguiremos informando.