LOS QUE HACEMOS DE ESTE BLOG UNA CASA DE LOCOS

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MORGANA

JOTAELE

AGÜELO COCINILLAS

Oficialmente, profesora

Escritora

Casada y madre de familia

Me gusta leer, escribir y el rock and roll

Toco la guitarra

Hago dameros

Me gusta Patán

Odio la política y los programas del corazón

Oficialmente, abogado

Seductor

No sabe, no contesta

Me gustan las mujeres

Toco lo que me dejan

Hago el amor

Me gusta Betty Boop

Odio a Belén Esteban y a María Antonia Iglesias

Oficialmente, jubilado

Naturalista

Viudito y disponible

Me gusta observar la naturaleza humana

Ya no toco nada

Hago disecciones

Me gusta doña Urraca

Odio la caza, la pesca y los toros.

LIBROS LEÍDOS INVIERNO 2013

J.K. ROWLING: Una vacante imprevista
NOELIA AMARILLO: "¿Suave como la seda?
LENA VALENTI: "Amos y mazmorras"

miércoles, 10 de diciembre de 2008

LA SANGILÍADA

El día doce de abril

conduciendo en la autovía

iba Carlitos Sangil.

Todavía era de día.

Había un carril cortado,

una señal lo decía

medio kilómetro al lado,

el carril se reducía.

Hizo un adelantamiento

a un camión que renqueaba;

como el carril se acababa,

tuvo mucho miramiento.

Mas al final le esperaba

ese infausto cuerpo vil

llamado Guardia Civil,

al loro a ver si cobraba.

Pensando hacer el agosto

pararon al conductor

y le escrutaron el rostro

deseando con ardor

no hubiese bebido mosto,

pues, como todos sabemos,

cuando hay que recaudar,

si te ponen a soplar

nuestra cartera va a menos

yendo la de ellos a más.

Pero éste no era el caso

por una vez en la vida

no había probado un vaso

de espirituosa bebida.

Dos motoristas eran:

uno joven, otro viejo;

uno con gafas de espejo

de ésas que son tan horteras.

Al otro, de nombre Antonio,

y además subordinado,

lo llevaban los demonios

en su papel de pringado.

Carlos no tenía el día:

trajeado, engominado

y oliendo a desodorante,

el vehículo no hacía

tal justicia a su ocupante.

El coche estaba hecho un asco:

todo lleno de colillas,

de papeles, ¿de ladillas?

Se ve que chupaba atascos.

En vehículo de empresa

puede pasar cualquier cosa

encontrarte una compresa,

un condón o una babosa.

Temiéndose lo peor

dando el cante en ese coche

Carlitos paró el motor

queriendo que fuera noche.

Le empezaron a pedir,

poniéndose en plan muy duro,

el carné de conducir,

los papeles, el seguro.

El otro empezó a sudar

recomiéndose las uñas

¿No se tuvo que olvidar

los papeles en Coruña?

“Enséñeme el DNI”

Insistía el picoleto

“Eso sí lo llevo, sí;

yo no soy ningún paleto”

Carlos se quedó aliviado,

pues de lo que le pedía

aunque se hubiese olvidado,

eso sí que lo tenía.

Le informaron de la multa:

adelantar a un camión

desde luego no se indulta.

No tendrían compasión.

“Se ha pasado por el forro

esa señal de noventa

¡Mire que tiene usted morro!

Hay que ir a marcha lenta”

Contestó Sangil, jodido,

defendiendo su argumento:

“¿Cómo es que había sabido

si iba más rápido o lento?”

Desconcertado el agente,

y frunciendo el entrecejo,

fue a buscar al repelente,

el de las gafas de espejo.

Informó mosqueado Carlos

que él no quería pringar:

si euros querían cobrar,

él no pensaba pagarlos.

Echó en cara al espejado

que estaba para ayudar

al conductor despistado

y no para recaudar.

Al picoleto, asfixiado,

le dio entonces por pensar

que quizá fuese abogado

ése al que hizo parar.

De repente el pobre agente

dijo que mucho curraba

que por parar a la gente

muy muy poco le pagaban;

siempre pasando calor,

siempre errante y vagabundo;

acechando al conductor

y odiado por todo el mundo.

Si esperaba compasión

por parte de don Sangil

equivocó la ocasión

aquella tarde de Abril.

Un carajo le importó

el discurso del lloroso

de sus botas se burló

y de su aspecto penoso.

El guardia empezó a dudar

de su dura decisión

¿era lícito multar

a aquel plasta del copón?

Lo que él quería hacer

era acabar su jornada

llegarse hasta su somier

y tirarse a no hacer nada,

en vez de ponerle multas

a aquel maldito elemento

que usaba palabras cultas

todo lleno de argumentos.

A todo esto pasaban

muchos coches por la vía;

todos se descojonaban

de Carlos y compañía.

Un camionero, con saña,

le pegó un grito a Sangil:

pedía que diese caña

a esa gentuza tan vil.

Le dijo Carlos al viejo:

“voy a recurrir la multa.

¿no ves que al de los espejos

los conductores lo insultan?”

El jovencito volvió

un catálogo llevaba

de repente decidió

que negociar le gustaba.

Al parecer le ofrecía

¡Ni que fuese el Corte Inglés!

de las multas que tenía

una de menor cuantía

a pagar dentro de un mes.

Además, lo tuteaba,

se le veía blandengue

¿por qué de repente estaba

más blandito que un merengue?

Al rato de pasar esto

los tres mucho se reían

lo que pudo ser funesto

a todos gracia le hacía.

¿dónde, si no en España

puede pasar algo así?

¿que acabes yendo de cañas

con la puta benemérita

ya sea en León o Lérida?

Sólo le pasa a Sangil.


2 comentarios:

  1. Moi agradecido, polas risas que botei lendo isto. Canto escribes!

    Ramón

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  2. Susi, pasate por mi blog, te he dejado un regalo, pero no le digas nada a Morgana, este es para ti, disfrutalo!

    Besos

    Puche

    ResponderEliminar